Polis buenos
E l interrogatorio que le hacen Morcillo y Pleite tiene su miga.
El tipo confiesa que no fueron solo dos semanas las que llevaba siguiendo a Porta, sino que fue casi un mes.
Y en ese mes había visto todo tipo de personas subiendo por el mismo camino que llevaba al cerro donde Porta había desaparecido: ciclistas, corredores, abuelos en buen estado de forma y gente con sus mascotas.
—Pero hubo un tío al que vi al menos tres veces corriendo con su perro. Es decir, los había paseando perros o corredores sin perro. Pero a ese lo recuerdo porque corría con el perro e incluso lo animaba a correr más rápido con él. Era un animal enorme.
Olga y yo descubrimos, el uno en el otro, el brillar de nuestros ojos. Pleite y Morcillo también miran en dirección al espejo.
—¿Recuerdas si llamaba al animal por su nombre? —Pleite retoma el interrogatorio.
—Pues puede ser, pero no me acuerdo ahora.
—¿Y algún dato más sobre el perro o sobre el dueño?
Berto se queda callado unos segundos. Se inclina hacia adelante y sonríe.
—Así que ese tío es el asesino.
—Es solo una pista —contesta Morcillo, porque Pleite no sabe qué decir.
—¿Me estáis diciendo que vi al asesino? —A Berto se le llena la boca con la palabra «asesino». Y su sonrisa lo hace aún más inquietante.
—Berto. —Pleite lo llama por el nombre desde el primer momento, por aquello del poli bueno—. Como te decía el inspector, es solo una pista. ¿Nos puedes contar algo más?
—Pues no lo sé, la verdad.
Berto Cáceres se echa hacia atrás en su silla y se pone las manos sobre sus piernas. Sigue sonriendo.
Morcillo, todo un subinspector jefe, no sabe cómo seguir el interrogatorio. Olga, sin pedir permiso a nadie, abre el micrófono y les pide que salgan. Pleite se levanta sin rechistar, y a Morcillo le cuesta un poco más.
Cuando se reúnen con nosotros, Morcillo intenta decir algo, pero lo atajo.
—Inspector Jefe Morcillo, a partir de ahora, nosotros retomamos el interrogatorio.
El comisario asiente con sus ojos, y Morcillo calla, así que Olga y yo entramos de nuevo a la sala de interrogatorios. Pero no lo hacemos solos: nos acompañan Toribio, Solís e Insausti. A Berto Cáceres le cambia la cara al ver al oficial.
—Muy bien, señor Roberto Cáceres. Lo vamos a poner en libertad. —Él no me mira, se centra en Olga y en Sergio—. Mañana mismo tiene que venir a declarar de nuevo.
—¿Por qué?
—Porque necesitamos que nos responda a otras preguntas que le va a hacer un compañero que hoy no ha podido asistir.
—¿Y mi abogado? Pretenden interrogarme de nuevo, pero me dejan marchar. Eso significa que no tienen nada contra mí y un nuevo interrogatorio…
—Escucha bien, baboso —lo interrumpe Olga—, aunque lo de la asociación fuera un truco, admiro tu causa ecologista, pero no eres de fiar.
Los dos sabemos muy bien qué era lo que buscabas conmigo el día que me invitaste a cenar.
—Roberto deja de sonreír por completo—. Te vas a ir a casa, a dormir calentito y mañana vas a venir como un buen ciudadano a testificar de nuevo.
Con abogado o no, eso da igual. Ya te hemos dicho que no eres investigado, sino testigo.
Como no te presentes, te busco las cosquillas y te reporto por acoso.
—¿Por acoso? Si no te he tocado siquiera.
—A mí, no, hijo de mi vida: a Porta. Tenemos tu confesión de que lo seguiste y está todo confirmado por evidencias, así que mañana no vengas con esa sonrisa de alegría por la muerte de una persona.
Por muy supuestamente mala que fuera esa persona, por muy en desacuerdo que estuvieras con ella. ¿Entiendes, adalid de la naturaleza?
Berto Cáceres baja la mirada.
Olga suspira y volvemos a la sala de control; tenemos que debatir las nuevas estrategias a seguir.