El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Polis malos
79%

Polis malos

B erto nos cuenta, de nuevo, que vio a los guardaespaldas de Porta tirados en el suelo.

—¿Por qué no llamaste a la policía?

—Porque estaba cagado de miedo.

Paro un poco; le doy una pausa. Miro a Olga. Afirmo, y lo animo a seguir.

—¿Lo del móvil es verdad, Berto? Piensa bien la respuesta.

Berto calla unos segundos.

—Puedo mostraros las facturas —insiste—. Y creo que debería llamar a un abogado.

—En seguida lo llamamos; ahora mira esto —le digo extendiendo la fotografía del círculo en el pecho de Porta.

Solo se ve el círculo, pero se aprecia parte del torso de Porta y es tan desagradable que aparta la mirada.

—Por favor…

—Avisamos a tu abogado en cuanto nos digas lo que sabes de esto.

Berto lo sopesa.

—Es uno de los símbolos de nuestra lucha.

—¿Y sabes cómo podría acabar en los cuerpos de Roger, Porta y Pereira?

—Pues no, pero me gustaría saberlo, la verdad. Repito: yo no los maté, aunque me alegre de que estén muertos. Y, si con esta foto quieren decir que el símbolo del planeta acabó tatuado en sus cuerpos, pues mejor .

Siento los ojos de Olga en mi cara; dudo sobre cómo seguir.

—¿Quieres impresionar a alguien, Berto? —pregunto, al fin.

—Quería. Quería impresionar a una supuesta activista ecológica con ganas de hacer daño a los poderosos que destruyen nuestro planeta. —Mira a Olga por un instante.

Touché . Algo así piensa Olga ante la respuesta del investigado, porque no dice nada y baja la cabeza a tomar notas en su móvil.

Le enseño las fotos de los tres cadáveres y le señalo otra vez los círculos que simbolizan nuestro planeta. A Berto le cambia aún más el semblante. Se tapa la cara y se lleva la mano al estómago.

—Esto es muy fuerte —protesta—. Quiero que llamen ya a un abogado. Me estoy mareando.

—Sí, enseguida —promete Olga—. Un par de cositas más, y terminamos. ¿Dónde estabas entre el día veinticuatro y veintiséis de marzo?

—Ya os lo he dicho: en casa y en la oficina de la asociación.

Me enteré de lo de Porta, até cabos y me di cuenta de que los guardaespaldas estaban realmente muertos.

No paré de consumir información por internet.

La verdad es que me entró mucho miedo porque estaba convencido de que ese día que lo vi fue el que lo mataron.

Les pido, por favor, que investiguen mi móvil y mi ordenador.

La conversación se mantiene durante casi una hora más. Berto sigue explicándose y maldiciendo su cobardía.

—Vamos a parar unos minutos, Berto —dice ella— ¿Tienes abogado o te llamamos uno de oficio?

Él gesticula con la mano con un gesto que indica que le da igual. La miro y, antes de que vuelva a hablar, pregunto.

—¿Tienes alguien que confirme tu estancia en casa y en la asociación estos últimos días que te he mencionado?

—Sí, cualquiera de los compañeros. Os repito, por enésima vez, que podéis rastrear mi nuevo móvil, mi portátil y mi casa sin problemas.

—Danos los datos de las personas de la asociación cuando volvamos —ordena Olga.

Salimos de la sala y dejamos allí a nuestro investigado con la cara de perdedor que se le puso cuando le arrestamos. La de Olga no es mucho mejor; algo la perturba, y no le aparto la mirada hasta que habla.

—Si te digo que este señor debería ser interrogado como testigo en lugar de como culpable, ¿me llamarías loca? —dice la subinspectora—. Ni en la declaración, ni en la actitud, ni en los gestos de Berto Cáceres, veo a un asesino. Tenemos que entrevistar a sus conocidos e investigar sus dispositivos.

—Yo no te llamaría nunca loca. Sin embargo, el comisario te va a pegar algo más que un tirón de orejas. Le dijiste que pocas veces has estado tan segura de algo en tu carrera como policía.

Ella baja la cabeza, y nos dirigimos a la sala de escuchas; allí, César Morcillo suelta su primera lindeza.

—Se muestra tan colaborador y con esa apariencia de tan poco culpable porque apenas lo estáis apretando.

—Inspector Morcillo, ¿ha escuchado lo que ha dicho sobre su móvil?

—El tipo te está camelando, subinspectora.

—Hay que interrogarlo como testigo —pide Olga ignorando al inspector jefe—, no como acusado.

Alamillos se levanta de golpe de su silla. Se planta delante de Olga, resopla. Luz Torres mantiene su gesto seco y permanece expectante.

—Subinspectora, ¿después del operativo que hemos montado, y de poner a este hombre al borde del vómito, dice que es un testigo y no un culpable? —protesta.

—Señor comisario, ya ha visto el interrogatorio. Sí, puede que parecer tan colaborador sea sospechoso, pero ya le digo yo que es el mejor testigo que tenemos. He cometido un error, sí, pero un error que nos ha dado a la última persona que vio con vida a Porta y a sus dos guardaespaldas.

Se produce un silencio en la sala de escuchas que otorga la razón total a la subinspectora.

—¿Y cómo piensas enfocarlo ahora, Olga? —pregunto antes de que se abalancen sobre ella.

—Ahora —duda—… van a entrar Pleite y el inspector jefe Morcillo, y van a hacer de polis buenos.

Los dos nombrados abren bien los ojos, sobre todo el inspector jefe.

—Vais a decirle que le creéis, que nos hemos reunido y nos habéis montado un buen pollo, que ya estamos investigando su teléfono móvil y que puede estar tranquilo.

Y poco a poco le vais a sacar información de ese día.

Sobre todo, por lo que más queráis, le tenéis que sacar si vio a alguien que le llamara la atención.

Si contesta algo sobre un perro, lo dejáis libre y mañana lo citamos con los de la unidad canina.

Pero tiene que salir de él. Ni se os ocurra mencionar lo del perro.

Es una delicia ver a la subinspectora Saavedra dando órdenes a todo un inspector jefe, incluso más después de haber metido la pata.

Pero lo es más que César Morcillo las acate sin rechistar, con la media sonrisa del comisario  y de la jueza sobre sus espaldas.

Solo falta saber si esta noche Berto Cáceres dormirá en casa o no.