El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Principal investigado
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Principal investigado

R oberto Cano.

Natural de Logrosán, Cáceres. Licenciado en Periodismo… puta casualidad. Activista ecológico.

¿Triple asesino?

De momento, está esposado y aguarda en la sala de interrogatorios de nuestra Brigada.

Hay serios motivos para haberlo detenido. Olga y yo coincidimos en algunos de estos. En otros no.

Vamos a interrogarlo y a sacar la verdad. O a intentarlo al menos.

Toribio nos abre la puerta; entramos y cierra.

Detrás del espejo están el comisario Alamillos, la jueza Luz Torres y el resto del equipo.

También está César Morcillo, inspector jefe de mi unidad, mi inmediato superior, que ha vuelto de su baja laboral justo en el instante en el que hemos detenido al mayor sospechoso hasta el momento.

La primera confesión de Berto a Olga es lo del alcalde de su pueblo.

El edil había concedido a dedo la gestión de la depuradora municipal.

Nada nuevo bajo el sol. El problema era que la empresa concesionaria era un desastre.

Durante el primer año de gestión, se produjeron varios vertidos fecales, que arruinaron huertos cercanos.

Uno de estos era de Berto. Sí, le movieron motivos ecológicos, nadie lo duda. Y también personales.

—¿Por qué le prendiste fuego al coche del alcalde, Berto? —pregunto.

Poco antes le había explicado todo el procedimiento legal.

Rehusó esperar a un abogado. El tipo quería hablar, y eso no era un buen síntoma.

Aunque me he encontrado de todo en mi carrera laboral.

«De todo» quiere decir: inocentes que no dicen nada sin la presencia de un abogado; culpables que se ponen a rajar en solitario.

Esto sucede porque se creen más listos que la policía.

Y, como reza el dicho: la policía no es tonta.

Puede ser que ciertos inspectores o comisarios sí lo seamos.

El conjunto, los grupos de Homicidios con experiencia, no.

—Ya lo sabes, inspector. Se lo conté aquí a su compañera. Y se lo he contado hace tres horas al otro agente que me tomó la primera declaración. He leído mucho sobre investigación policial. Sé lo que están haciendo en este momento.

—¿Y qué estamos haciendo?

—Pretenden que me derrumbe.

Olga toma la iniciativa.

—Roberto, una cosa son las películas o novelas que hayas podido leer, y otra muy distinta es estar aquí metido con nosotros. ¿No te das cuenta de que creerse más listo que la policía puede ser perjudicial para ti?

Qué maravilla de profesional es esta Olga Saavedra. En un párrafo lo conduce donde el investigado no quiere. Berto no puede aguantar la mirada a la subinspectora. Baja los ojos primero, y la cabeza después.

—Roberto, ¿por qué prendiste fuego al coche del alcalde de tu pueblo?

—Porque es un hijo de puta que se piensa que puede hacer lo que le dé la gana.

—¿Y tú tienes derecho a hacer lo que quieres también, no? Porque ya me dirás qué es prenderle fuego a un coche a veinte metros de dos adolescentes.

—No sabía que los hijos estaban en su finca. Eso ya lo declaré en su momento .

—¿Te gustó darle su merecido, Berto? —pregunta Olga.

—Ya sabes que sí.

—¿Qué hiciste el viernes veinticuatro de marzo por la mañana? —pregunto.

—Pasear por el lago de la Casa de Campo y alrededores. Inspector, no me haga preguntas que ya sabe.

—Mira, Berto. Yo estoy siendo cortés contigo.

La próxima vez que me vuelvas a decir lo que puedo preguntarte y lo que no, voy a llamar al oficial Insausti y te va a hacer él el interrogatorio.

Ya sabes: el tipo grandote que conociste la primera vez que se hizo pasar por gay.

Es vasco; interrogó a unos cuantos etarras en su época de prácticas. Por culpa de eso, se quedó en oficial.

Berto vuelve a agachar la cabeza. Es una mentira que he usado con Sergio en más de una ocasión. Suele funcionar. Le tiendo el informe de sus posiciones del móvil durante las dos semanas previas a la desaparición de Porta.

—Si quieres, puedes leerlo, pero te lo resumo —interviene Olga—. Coincidiste con Porta durante cuatro días en esas dos últimas semanas en la Casa de Campo.

—Repito lo mismo que he dicho antes: Sí, había rumores de que paseaba por allí.

Mi intención era hostigarlo como también te he contado varias veces.

Lo busqué dos días por el Cerro Garabitas.

No lo encontré. El último día, vi a sus dos guardaespaldas en el suelo y me fui con el rabo entre las piernas.

Ese día supongo que fue el que lo mataron, ¿verdad?

—Olga no dice nada, pero nuestro lenguaje contesta a su pregunta—.

Ese día se me cayó el móvil al lago. Fui allí a intentar relajarme.

Estaba muy nervioso y, escribiendo a un amigo de la asociación, se me fue al charco.

—En tus mensajes de ese día no hay nada para ningún amigo —miento (ya que no dispongo de esa información) con la esperanza de que él caiga en contradicciones.

—Se me cayó justo cuando le estaba escribiendo.

Por eso me acojoné cuando dijisteis lo del seguimiento que hacéis en la policía a los móviles.

Es sospechoso que mi móvil estuviera cerca de Porta el día que lo mataron y justo ese mismo día desapareciera.

Os puedo mostrar las facturas del teléfono nuevo que me compré al día siguiente y, si también podéis seguir mis posiciones, veréis que estuve en casita con más miedo que vergüenza.

A Olga le cambia el gesto al escuchar el testimonio de Cáceres. Es una historia demasiado rocambolesca; sin embargo, es sólida, sin contradicciones y fácil de comprobar.

Le mando un mensaje a Listín para que haga las comprobaciones pertinentes.

—¿Le contaste a tu amigo tu «hazaña» después?

—No, en caliente me sentía animado. Como creyéndome que había hecho algo importante. En frío me di cuenta de que había sido una gilipollez. Y de que encima no había tenido huevos ni de llamarlo hijo de puta a gritos. Y me acojoné por lo de sus guardaespaldas.

Berto hunde su cabeza entre sus manos y murmura:

—Puto cobarde, puto cobarde.

—La vida no va de testosterona, Berto.

Él hace el amago de levantar su cabeza, aunque recula.

—Cuéntame más sobre los guardaespaldas.