El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El operativo
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El operativo

I nsausti y yo esperamos en una furgoneta a diez metros del bar El Aura. Olga ya está sentada y enfrascada en su teléfono móvil. A pesar de que podemos oír cualquier cosa que hable en el micro que lleva, escribe al chat del grupo de Homicidios.

«Sergio, no se te ocurra salir del coche».

«Tranquila, subinspectora, el jefe me tiene aquí atado con cuerda corta».

Sonrío y me dan ganas de ponerle la mano en el hombro.

Insausti no puede aparecer por el bar porque el sospechoso lo reconocería.

Pleite y Amaya comparten mesa a escasos metros de la subinspectora.

En otra mesa está Listín con su portátil y con el oficial de policía Larraondo del grupo de Secuestros, que hemos tenido que reclutar en caso de que tengamos que actuar.

No es necesario montar un operativo con los GOES, como decía Insausti.

Toribio espera en otro coche junto al comisario.

—¿Qué tal, Olga?  —Berto Cáceres llega, y saluda.

La subinspectora le ofrece la mano, aunque él le da dos besos. Yo, desde el coche, tengo visual de los dos. El tipo se sienta inclinado hacia ella. Se puede decir que su lenguaje corporal muestra interés.

—¿Qué tomas? —pregunta Olga.

—Una sin alcohol.

Olga llama a una camarera, y le pide una cerveza sin alcohol y otra con.

—El vino para las comidas —dice él—. Bueno, y en las cenas .

Deja claras sus segundas intenciones de la noche. Se produce un silencio, que Olga rompe con un mensaje directo al grano.

—Bueno, cuéntame. ¿Tenéis alguna agenda de actuación mensual, anual o algo así?

—Más o menos; ten en cuenta que ahora estamos en proceso de reestructuración. Como te conté el otro día, las cosas han sido un poco difíciles los últimos meses

—Sí, que mucha gente se ha ido…

Olga calla con la esperanza de que él continúe. Un camarero los interrumpe, y les sirve las cervezas. Ella le da un sorbo a la suya, y le mira a los ojos. Él cambia de postura en la silla, descruzando las piernas y echándose un poco más hacia delante.

—Ahora, si tú y tus amigos os unís, podemos empezar nuevos proyectos.

—¿Cuál ha sido el último que habéis llevado a cabo?

Berto es ahora el que toma un largo trago de su cerveza. Inspira fuerte; mira a Olga antes de hablar.

—Los viajes a Glasgow y a Egipto a las cumbres del clima.

—Pero eso no es ningún proyecto. Eso es apuntarse a una manifa .

—Bueno, fuimos bastante activos. Había que organizar el viaje, las pancartas…

—A ver, Berto, no te ofendas, pero llevo tiempo planteándome asociarme a algún grupo ecologista. Estuve hace años en Greenpeace. Pero te confieso que me gusta la marcha. Para hacer acciones en una organización así, hay que tener galones.

—¿Y te piensas que, en una asociación pequeña como la nuestra, ya vas a salir en lancha a hostigar petroleros?

—No es eso, Berto —responde Olga después de sopesar sus palabras—.

Considero que, en tu organización, precisamente por ser más pequeña, podría estar en primera línea antes que en una grande.

No tengo aspiraciones de salir en lancha, o descolgarme por un décimo piso de un hotel ilegal.

Tan solo me gustaría hacer algo de lo que sentirme orgullosa .

—Entiendo. ¿Y qué crees que te haría sentirte orgullosa?

La conversación se está enredando demasiado, así que Olga toma un atajo.

—Los escraches a personas relevantes funcionan. Son fáciles de organizar; no tienes por qué meterte en ningún lío grave con los polis… No sé; lo he visto siempre como una forma fácil y rápida de coger visibilidad.

Berto apura lo que le queda de cerveza y pregunta a Olga si quiere otra. Ella rehúsa.

—Hacer un escrache, hostigar a un personaje público es relativamente fácil, como bien dices. Pero al final no sirve para nada. Si se queda el mero escrache, claro.

—¿A qué te refieres?

Berto toma aire.

—Que quizá hay que ir más allá del escrache.

—Disculpa, pero no te entiendo bien.

Berto se acerca a su oído, y al estar tan cerca del micro, parece que está dentro del coche de vigilancia.

—Que quizá hay que coger a uno de esos hijos de puta que ensucian nuestros ríos, nuestros mares y queman nuestros bosques, y darle una buena lección.

Olga le mira a los ojos.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

—No sé qué crees que estoy diciendo.

—Berto, joder. Vamos a ser claros. Bueno, voy a serlo yo. Lo que me contaste de tus seguimientos a Porta.

—Joder, ya lo hablamos la otra noche y todavía me tiemblan las carnes con lo que me dijiste de los pinchazos en los teléfonos.

—Tu lección se refiere a hacer daño personal.

Berto se remueve incómodo. Mira para los lados y, cuando gira su cabeza hacia el coche, da la impresión de que nos hubiera descubierto. Vuelve a mirar a Olga; suspira de nuevo.

—Sí, claro, que sí.

Olga sonríe.

—Parece que nos vamos entendiendo, querido Berto. —Él abre los ojos. Le devuelve la sonrisa y se remueve inquieto—. ¿Tú serías capaz…?

—¿Capaz de…?

—Ya sabes —Olga hace el gesto de cortarse el cuello con el dedo pulgar.

—Mucha tela, ¿no?

—¿Por qué?

—Pues por la manera de asesinarlos, no sé —responde Berto—. Yo haría algo que pareciera un accidente. La forma en la que los han matado es más propia de un psicópata.

—Ah ¿qué estás hablando de los tres peces gordos estos?

—Claro, ¿de quién si no?

—A ver, que los psicópatas son ellos.

—Sí, eso sí, es verdad. No sé. —Berto mira a los ojos a la subinspectora—. Te voy a confesar una cosa que no puede salir de aquí.

—Ahora me vas a decir que los mataste tú, ¿no? —Olga sonríe.

Berto suelta una leve carcajada, toma un trago de cerveza sin quitar los ojos de la subinspectora.