El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Berto llama
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Berto llama

E n el teléfono de Olga se pueden poner dos tarjetas SIM, y tener así dos líneas de teléfono distintas.

De esta forma, la subinspectora —y el grupo de homicidios— tiene también un número culebra, número que facilitó a los contactos de ecologistas que hace en su investigación.

Se pone nerviosa, y el móvil se le cae al suelo y se descuelga.

Se lleva el dedo a la boca pidiendo silencio y mirándonos con los ojos más abiertos que si mirara una escena de una película de miedo.

—¡Olga, Olga! ¿Me oyes? —Se escucha en el teléfono móvil.

Recoge el aparato del suelo, pone el altavoz y contesta.

—Sí, disculpa, Berto, que se me ha caído el teléfono.

—Espero que no se haya roto.

—No te preocupes, está bien. ¿Has visto mi mensaje?

—Sí, y tu llamada. Claro, nos vemos cuando quieras.

—Mira, mi amigo no puede, pero yo tengo ganas de visitar vuestra asociación. ¿Esta misma tarde puedes?

—Esta tarde Mariela no llega hasta las nueve de la noche; ella es la que abre y cierra. Si te viene bien…

Olga me mira; está pensando, y yo sincronizo mis pensamientos con los suyos.

—Salgo de trabajar a las siete. ¿Nos tomamos algo antes por allí cerca?

—Claro, faltaría más.

—Genial, tengo la dirección, ¿alguna cafetería?

—Hay una terraza donde ponen unos aperitivos del copón. Se llama El Aura. Está a cincuenta metros. Si quieres, te paso ubicación cuando llegue.

—No te preocupes; me busco la vida. ¿A las siete y media?

—A las ocho. Tengo cosas que hacer.

—Muy bien, allí nos vemos. Gracias, Berto, hasta luego.

—Olga…

La subinspectora iba a colgar, pero en el último segundo no le da a la tecla roja.

—Dime.

—Si te apetece, después podemos ir a cenar.

Olga duda, aunque yo muevo mi cabeza arriba y abajo, y cierro los ojos muy despacio.

—No sé, Berto, mañana madrugo. A ver a qué hora terminamos.

—Pronto; la asociación no es más que un local pequeño. Lo importante está en las personas que la formamos. ¿No viene entonces tu amigo?, ¿cómo se llamaba?, ¿Sergio?

Insausti, que estaba expectante, parece encogerse en su silla.

—No, ya te digo que está liado. Venga, vale, cenamos un tapeo rápido.

—Vale, vale, cenicienta —intenta hacerse el gracioso soltando una broma típica, y ríe.

— Ciao , Berto.

El tal Berto cuelga. Interrogo a Olga con la mirada, y ella no me la aguanta.

El comisario sale de mi despacho sonriente.

—Del Olmo, ve preparando el operativo de escucha. Subinspectora, ¿está segura de esto?

—He estado pocas veces más segura de algo en mi carrera, señor comisario.

—Bien, lo quiero todo listo en dos horas. Inspector, mándame gente de tu equipo para el bar ese, ya mismo.

—A la orden.

Dejo atrás mis celos estúpidos. El caso está en manos de la subinspectora Saavedra, y mi confianza en ella es absoluta.