Novecientos metros
—No es una prueba concluyente, Del Olmo, y lo sabes.
—No, pero como el tipo se escape, a tomar por culo.
—No se va a escapar; me va a devolver la llamada en menos de una hora.
—Si en una hora no te ha llamado…
—Una hora, subinspectora; si no hay contacto, procederemos a su detención —sentencia el comisario Alamillos—. Ya le hemos mandado dos zetas a su casa
El comisario ha insistido en ponerle seguimiento; lo tenemos localizado por las posiciones de su teléfono.
Olga lo acepta sin rechistar. El resto del equipo calla. No es que la tensión se pueda cortar con un cuchillo, cosa que me parece una expresión estúpida y un cliché; la tensión que hay en esta sala de policía de Homicidios es de tal calibre que podría electrocutarnos a todos.
Se produce un silencio de los llamados incómodos. Solo el sonido de las teclas de Listín lo rompe. Él sigue indagando en el resto de los teléfonos. Tiene mucho trabajo acumulado.
—Comisario, ¿me encargo de llamar al GOES? —pregunta Insausti.
Lo miro con ganas de hacerle pasar a él mismo las pruebas físicas a las que se someten esas fuerzas especiales para ver si entiende algo acerca de la cadena de mando, y menos con un asunto tan delicado.
Olga también suspira. Él se encoge de hombros. Parece que han cogido confianza estos dos y la verdad es que sigue sin hacerme gracia la idea de que pueda pasar algo entre ellos.
—Equipo, una hora es mucho tiempo parados —digo para acabar con ese nuevo silencio —. Insausti, te veo con ganas de currar. Llámame a McGuinness y a ver si adelantas algo.
—¿Dónde quiere usted llamar, inspector? —intercede Alamillos.
—A McGuiness. Me dijo que podríamos estar en contacto, señor comisario. Es solo una llamada para pedir información.
No protesta, así que insto a Sergio a que cumpla la tarea. Insausti se retira a su mesa. Él sabe que es una especie de castigo pero, con el comisario delante, no va a protestar.
—El resto, vamos a repasar en voz alta lo que tenemos.
Volvemos a repasar cada una de las líneas de investigación para cada uno de los tres casos. Olga teclea en su móvil y, aunque yo sé que está pendiente de lo que hablamos, me molesta que no esté con los cinco sentidos.
El comisario se va a mi despacho; se sienta en mi mesa y realiza una llamada de teléfono. Me levanta la mano a modo de permiso o de perdón o de «Quieto ahí, que aquí mando yo, y me da igual que sea tu mesa».
—Subinspectora, ¿alguna idea? —No responde, sigue tecleando a ritmo de pianista loco en su maldito teléfono móvil—. ¿Olga? —insisto.
Ella también me levanta la mano pidiendo tiempo. Su cara está iluminada por la pantalla del móvil y, por primera vez desde que la conozco siento una punzada de deseo.
—Sí, tengo una idea.
En ese momento suena su teléfono móvil.