El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) ¿Sospechoso?
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¿Sospechoso?

Y a en la brigada hablo con Listín.

—Hemos cribado muchísimos números y seguimientos de las posiciones de las víctimas, pero no encuentro ningún otro patrón aparte de los dos que te comenté.

Si no sale nada de aquí a cuarenta y ocho horas, tendremos que poner en cuarentena esta línea de investigación —dice apesadumbrado —.

Priorizo lo del nuevo número de Porta, ¿verdad?

—Exacto, subinspector. Y los de la Sostres y su amante.

A pesar de no haber encontrado el terminal del teléfono —supuestamente culebra— de Armando Porta, tenemos el número que Georgina nos facilitó y que a Olga se le olvidó de trasladar a Luis.

También los que nos ha facilitado Catalina.

Listín me hace un saludo escueto, se va a su mesa, abre su portátil y clava sus ojos en la pantalla.

Yo me voy a mi despacho y, antes de entrar, me fijo, una vez más, en el panel guía de la investigación. En esto, también las películas y series de ficción imitan muy bien a la realidad. ¿Quién sería el que permitió entrar a un periodista en una sala de investigación policial por primera vez?

Al hilo de esto, mi mente se distrae y vuelvo a pensar en Matilde. Esta mañana me asaltó la intención de llamarla de nuevo, pero se me quitaron las ganas porque no quiero que vuelva a pasar de mí. Ya habrá tiempo de hacer las paces.

Entran Toribio, Solís e Insausti, que dicen venir de comer en la cantina. Los saludo con parquedad. Necesito unos minutos para mí. En mi móvil busco la música dream que tanto me relaja y ayuda a concentrarme. Observo con atención la pizarra.

Porta está en el centro porque fue la primera víctima y porque estamos convencidos de que él arrastró a las otras dos. Es el empresario más grande de los tres y el que, con alta probabilidad, llevara la voz cantante en esos negocios dudosos.

Por debajo y hacia la izquierda de Porta y unido por una línea roja, está la foto de Sebastián Suchowolski, el adiestrador canino. No lo hemos descartado del todo aunque, después de pincharle la línea y de estudiar sus movimientos no hay nada sospechoso, a pesar de que los hermanos Porta lo acusen.

Debajo de Porta y en el centro, hay otra serie de fotos: los Ortiz-Melgar, también en seguimiento y hasta hoy descartados por la fuerte coartada, porque sus móviles no aparecen cerca de la víctima y porque el testimonio de los tres no tiene fisuras ni contradicciones.

Lo que pasa es que acabamos de descubrir que lo sucedido en ese supuesto atentado contra Porta no está tan claro como nos contaron. Hay que investigar esta nueva vía.

Me fijo en la foto de Pereira. Debajo y a la izquierda, tiene a su hermano. Tampoco tendría mucho sentido que matara a los otros dos empresarios; pero lo que nos ha contado la viuda acerca de su relación y de ese segundo teléfono culebra, lo ponen en el radar.

Por último, está la foto de Roger, en la que ya hemos colgado debajo los nombres de Lacroix y de la maderera de la Costa del Sol, con Enrique Gallardo a la cabeza.

También está la empresa de mantenimiento, en la que hemos interrogado a los trabajadores que pasaron por su casa: todos tienen coartada.

Tampoco tenemos más líneas de investigación aquí porque Listín confirma posiciones de móviles lejanas a la casa de Roger de los posibles investigados.

A un lado, en otra pizarra adjunta, está la foto del robo de las cajas de seguridad en Gibraltar.

¿Estamos seguros de que este robo tiene relación con nuestro caso?

Solo tenemos un email como indicio claro, aunque la firma y la pelota suponen otro punto a tener en cuenta.

Como sospechoso colocamos la foto del testaferro, el tal Lukas Pulido, el del disfraz de El solitario.

Por ahora es el principal sospechoso. Necesitamos el email para investigarlo a fondo y, sobre todo, necesitamos las imágenes de las cámaras de vigilancia del peñón.

Me alejo en busca de una perspectiva más amplia del caso.

Quiero verlo todo sin tener que girar la cabeza de lado a lado.

Me pongo detrás de las mesas de los agentes en la sala de investigación, y miro las pizarras.

Intento hacer un poco de Sherlock Holmes.

Aunque todos sabemos que eso es ficción, el juego deductivo es una parte muy importante de la investigación policial.

Estas panorámicas globales de los casos a veces son inspiradoras.

Justo cuando consigo concentrarme, la subinspectora irrumpe en la estancia.

—Buenas tardes, inspector Del Olmo —saluda Olga. Apago la música del móvil y la interrogo con la mirada. No consigo que me corresponda—. Voy a ponerme un café largo, ¿alguien quiere?

Todos levantan la mano.

—Vamos a mi despacho, subinspectora.

Ella se toma su tiempo para servirse el café y pide disculpas al resto del equipo.

Me señala con la cabeza echándome toda la culpa.

Abre la puerta de mi despacho, y entramos.

A pesar de dárselas de dura, noto su agotamiento porque se sienta enseguida y lo hace de una forma que solo puede indicar cansancio: apoyada en el respaldo y con los hombros bajos.

—Bueno, ¿qué tal anoche? ¿Lo pasaste bien?

—Jefe, no me vaciles.

—Cuéntame, subinspectora.

Me enseña una fotografía en su móvil.

Es una imagen de ella sonriente junto a un tipo con barba, que también sonríe a la cámara. Están tan cerca que parece que sus orejas escucharan lo que sale de la otra.

—¿Es el tal Cáceres?

Ella afirma con la cabeza.

—Y sobre todo es un sospechoso.