El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El activista
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El activista

«B erto Cáceres» se hace llamar.

No es su nombre real, sino un apodo: un homenaje a la fallecida activista medioambiental Berta Cáceres. Su nombre real es Roberto Cano y es natural de un pueblo cacereño: Logrosán.

El tipo tiene carisma. Siempre con una sonrisa, un gesto amable y un aspecto físico que podría calificarse como resultón: barba y pelo canosos, y unos ojos marrones claros de esos que te pueden hacer temblar si se prolonga el cruce de miradas más de cinco segundos.

—Reconoció haber seguido a Porta.

—¿Fechas?

—Dos meses previos a su muerte. Le bailé un poco el agua para no dar mucho el cante; le dije que era un tío atrevido y otros cumplidos —responde Olga.

—¿Y qué lo convierte en sospechoso, entonces?

—Que al final, después de la tercera o la cuarta cerveza, le pregunté si no le daba miedo que le pudiera llamar «la madera» por ese seguimiento. Se rio y me dijo que cómo iba a saber la policía que lo estaba siguiendo.

—Y le hablaste de los seguimientos de las posiciones del móvil.

—Se lo dijo Insausti. Le cambió la cara; creo que se le pasó el contentillo que llevaba, y hasta se le quitaron las ganas de ligar conmigo .

Así que había intentado ligar con ella… Bueno, supongo que es lo habitual con una «camarada» atractiva en un ambiente distendido.

—¿Que no quisiera ligar contigo le convierte en sospechoso?

—No digas tonterías, Del Olmo.

Casi le llamo la atención por dirigirse así a un superior, pero la verdad es que me lo he ganado. ¿A qué coño vienen estos celos estúpidos? Yo tengo claro que mi relación con Olga es profesional, y nada más.

Lo tengo claro.

De momento.

—El tipo se preocupó demasiado. Me hizo preguntas sobre si yo sabía si era posible que hubieran geolocalizado su móvil. Sergio dijo que lo había visto en documentales, que no era cosa de películas.

—¿Y qué más? Me tienes en vilo.

—Acabó confesándome que había seguido a Porta a la Casa de Campo, que fingía hacer deporte. Que lo siguió varios días y que a punto estuvo de sacarle una pancarta e increparlo, pero que por los escoltas no se atrevió.

—¿Y el tipo que iba con él?

—Uno de la asociación que se le había unido. Se fue al cabo de dos horas.

—¿Lo tienes controlado?

—Le puedo pedir el número a Berto, pero no se me ocurre con qué excusa.

—Lo podían haber seguido Toribio y Amaya; joder…

—No me pareció un tipo sospechoso; tan solo estaba con él en la asociación y le dijo de unirse a la quedada. Apenas habló.

—¿Le preguntaste a Cáceres qué hizo el día que raptaron a Porta?

—Sí, dijo que menos mal que no estuvo allí esa semana.

—Supongo que ya has pasado el teléfono a Listín , ¿no?

—El permiso ya está tramitado a la jueza.

—¿Te ha dado plazo?

—En cuanto tenga la autorización… es cuestión de horas. La s telefónicas ya ni se molestan en protestar; la verdad es que la jueza se los ha camelado bien.

—¿Has vuelto a quedar con él?

—Sí; cuando se calmó, me preguntó que si nos apetecía pasar por la sede de su asociación, y le dijimos que sí, obvio.

—¿Le ponemos «rabo»?

—Vamos a esperar a ver qué dice Listín antes de ponerle seguimiento. De momento he pasado sus datos a aduanas por si intenta salir del país.

—De acuerdo, subinspectora. Buen trabajo.

—¿Y tú? ¿Qué hiciste ayer, inspector?

Echarla de menos, pero no se lo digo.

—Tenemos algo; lo más novedoso es una línea de investigación abierta con un tío llamado Gervasio Lacroix.

—Vaya nombre, ¿quién es?

—Un amante de Pereira.

—¿Era homosexual?

—Yo creo que le gustaban las dos aceras.

—Eso me suena —dice Olga sonriendo.

—El caso es que es una línea poco convincente, aunque no la descarto.

También le cuento lo de Maderas del Sol, lo de Atilio Pereira y lo de la oficina de Porta.

—Te ha cundido a ti más que a nosotros.

Sonrío, y Olga me corresponde; sin embargo, en esta ocasión me suena a falsa cordialidad, como si le molestara que yo hubiera hecho esas averiguaciones solo. Se levanta y con sus gestos me está pidiendo permiso para irse, sin llegar a decirlo.

—Por hoy nos vamos todos a casa.

—Pero tenemos trabajo…

—Anoche os fuisteis tarde, y has madrugado, ¿no? —pregunto.Ella asiente—. Mejor todos frescos mañana, ¿ok?

Lo acepta, y se retira. Lo que no le cuento es que yo sigo con una especie de «post-resaca». Miro sus piernas, y ella se gira antes de salir. Me pilla de lleno. Cierra la puerta justo después de decir un correcto «Hasta luego, jefe».