El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Prismáticos
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Prismáticos

—Tenga; son unos Celestron Skymaster. Los usaba para ver la ciudad y las estrellas de noche cuando se quedaba hasta tarde. Yo tengo un pequeño telescopio terrestre en mi despacho y a veces echábamos el rato juntos.

—¿Puede contarme exactamente qué pasó el día que intentaron atentar contra su padre ahí abajo mismo?

—¿A qué se refiere?

—A la excavadora que se abalanzó sobre el blindado en el que viajaban su padre y sus dos escoltas.

—Ah, eso —dice Martín, que se lo piensa unos segundos antes de proseguir—. Yo estaba en mi despacho aquel día, y mi padre me lo contó.

—Él dijo que lo había presenciado todo desde su despacho. Por eso mi compañero le ha preguntado lo de los prismáticos, porque desde aquí es imposible presenciarlo. No se divisa el parking.

Martín duda. No sabe qué decir. Tras unos segundos, me pide los prismáticos.

Se los entrego, y él los utiliza para realizar la misma operación que acabamos de hacer mi compañero y yo.

Cuando termina, baja los brazos, vuelve al escritorio de su malogrado padre, los guarda y se sienta abatido en la gran silla giratoria. Me acerco hasta él, y pregunto:

—Martín, ¿hay algo que deberíamos saber sobre su padre que no sepamos y que pueda ayudarnos a esclarecer las circunstancias de su asesinato?

Martín vuelve a dudar, como si quisiera decir algo. Pero no lo hace.

—Martín —digo—, ¿qué opina de las declaraciones de su hermana acerca de los Papeles del Atlas?

El mediano de los Porta levanta la mirada que tenía perdida en el escritorio.

—Mi hermana es la que se encarga de todo eso; deberían hablar con ella.

—Lo hemos intentado, y usted ya nos ha dicho que está fuera. Tiempo no es lo que nos sobra, precisamente, Martín.

—No quiero matarlo dos veces.

—¿Cómo?

Suspira, se levanta; se nota que tiembla. Sospecho que el yugo de su hermana mayor lo aplasta.

—No puedo hablar más, inspector; solo puedo decirle que esa investigación periodística no va mal encaminada.

Busque ahí. Y busque también en lo que acabamos de descubrir aquí hoy mismo.

Y busque en el amigo de mi hermana, el de los perros.

Estoy seguro de que el culpable de la muerte de mi padre no puede andar muy lejos.

Su tono y sus palabras indican que sabe algo más de los negocios turbios de su progenitor y que prefiere guardarse esos secretos por si arruinan la reputación de la familia. Por eso dice lo de matarlo dos veces.

Cruzamos la mirada y es incapaz de aguantármela.

—Si me disculpan, tengo mucho trabajo.

—Una última cosa —le pido—. Su hermana nos dijo que su padre guardaba aquí un teléfono móvil distinto al que usaba habitualmente.

Martín se dirige hasta el escritorio, y busca en los cajones. Abre algunos con llaves y me mira negando con la cabeza.

Me desespera este hombre.

Nos acompaña hasta la puerta con una sensación agridulce. No sé si lo que acabamos de descubrir complica o avanza nuestra investigación.

Cuando bajamos al aparcamiento, mi mujer me escribe preguntando si he hablado con la UFAM. Le miento y le digo que están en un operativo complicado. Que les he mandado un mensaje, que me responderán en cuanto puedan. La conmino a que me informe sobre los niños cuando lleguen del colegio.