El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Vistas de pájaro
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Vistas de pájaro

N os subimos al coche y le digo a Pleite que enfile hacia la Castellana. No pregunta, ya que sabe adónde nos dirigimos. Aunque por el camino vuelvo a llamar, Georgina Porta no me responde.

La Sostres nos ha contado que usaban dos teléfonos distintos a sus habituales para comunicarse.

Lógico y eficaz: números culebra para infieles.

La mujer también nos indica que no cree a Atilio capaz de acabar así con la vida de su propio hermano, que no es un hombre violento, pero que hay algo que la tiene mosqueada.

Nos facilita los números de teléfono y se los pasamos a Listín de inmediato.

Llegamos a la Torre Spazio. Pleite se identifica, y el vigilante nos permite la entrada al parking.

Una vez en el ascensor, subimos a la planta cero.

Allí, Pleite se dirige a una recepcionista, a la que pregunta dónde podemos encontrar a Georgina.

Ella nos indica que no lo sabe, pero que las oficinas de Sacesa están en la última planta.

—Para subir necesitan una autorización. —Pleite se identifica—. Siguen necesitando la autorización.

Me acerco a mediar.

—¿Cómo la conseguimos?

—Tienen que solicitarla por correo electrónico…

—Señorita, no tenemos tiempo.

—Lo entiendo, agente, pero no puedo hacer nada. El guardia de seguridad no les dejará subir sin la autorización.

Sonrío. Cojo el móvil y marco de nuevo el número de la jueza Torres; antes del segundo tono escucho que alguien pronuncia mi apellido a mi espalda.

—Del Olmo, Del olmo.

Me giro, y Martín Porta camina junto a dos mujeres bastante más jóvenes que él, una a cada lado. Los tres hacen un conjunto heterogéneo: ropa de Armani, o de Versace, o vete tú a saber, pero de firma. Me pregunto qué papel tendrán tanto Martín como sus dos acompañantes en la empresa del padre.

—Buenos días, Martín.

—¿Qué hace usted aquí?

—He venido a hablar con su hermana.

—No está; está de viaje.

No sé si creérmelo.

—Y… ¿podríamos conversar con usted? —dice Pleite y sorprende tanto a Martín Porta como a mí. Julio Pleite, el hombre casi sin sangre, rumia cosas en su cabecita.

—No sé, ¿tienen una orden o algo así?

Resoplo.

—No, Martín, esto sería una conversación, no una toma de declaración o un interrogatorio —aclaro—. Aquí el compañero tiene algo que preguntarle. Usted decide si quiere ayudarnos con la investigación de la muerte de su padre o no.

Martín se lo piensa. No lo tiene claro.

—Yo dije todo lo que tenía que decir en comisaría. Además, después de lo que le hicieron a mi hermano, no me apetece tratar con ustedes.

—Con el debido respeto, a su hermano no le hicimos nada. Se lo hizo él solo.

Martín tensa el gesto. Su lenguaje corporal habla por él; no le importaría darme un puñetazo. Aunque no entendería el motivo. Es como si nos culpara de sus problemas.

—Señor Porta —interviene de nuevo Pleite—. Si no quiere hablar con nosotros, ¿podría dejarnos ver el despacho de su padre?

Me doy cuenta del gran policía que hay bajo el aspecto tímido y huraño del subinspector.

Un equipo de inspecciones oculares de la Científica ya investigó el despacho del señor Porta sin nada relevante que aportar.

Pero Julio tiene algo que le gustaría comprobar, y creo que sé lo que es.

Martín acepta no sin antes protestar. Enseña su autorización a los vigilantes de seguridad, y nosotros mostramos las placas.

Subimos en un ascensor transparente en el que, a medida que ascendemos, vamos descubriendo los tejados de los edificios cercanos, primero, y los de los más lejanos después.

Madrid es una ciudad grande, quizá no tanto como otras capitales europeas pero, vista desde allí, se me antoja más imponente que desde el suelo, lo cual resulta una obviedad, aunque ¡qué carajo!

, aunque yo no haya nacido aquí, es mi ciudad, y la de muchos que nos vinimos a estudiar o a ganarnos el pan.

Durante todo el trayecto de subida, Martín no dice ni una palabra.

Llegamos arriba; el despacho de Armando Porta es una llamada al mal gusto.

Se lo podía haber decorado algún especialista pero, por los muebles pasados de moda en un marrón oscuro, también pasado de moda, es obvio que él mismo lo encargó todo.

Eso sí, es inmenso y con las mejores vistas de toda la torre: hacia el sur, te topas con el otro rascacielos donde está un hotel de ocho o nueve estrellas por lo menos.

Hacia la izquierda la Castellana y la zona este de Madrid, desde donde se divisa hasta Guadalajara.

—Disculpe, Martín, ¿eso de ahí es la entrada al aparcamiento?

Ahora entiendo lo que Pleite quería comprobar. Está buscando el lugar desde el que Porta pudo presenciar la paliza a los Ortiz-Melgar.

Martín se acerca y se encoge de hombros.

—No lo tengo claro, pero puede ser que sí.

—Apenas se ven puntos.

—Por eso le digo que no lo tengo claro.

—Dígame, ¿su padre tiene aquí alguna clase de prismáticos?

—¿Cómo lo sabe?