Catalina Sostres
«N os vemos después de comer en la brigada, tengo que ponerlo todo en orden»
Reza el final de su mensaje.
No puedo esperar hasta la tarde; siento la tentación de llamarla.
Sin embargo, me aguanto porque la conozco, y no le va a gustar.
Tampoco me apetece llamar a Insausti. Toribio me escribió la noche anterior diciendo que la subinspectora les había pedido por mensaje que se fueran a casa.
Insausti también confirmó que no existía peligro.
Pleite me recoge, y vamos juntos donde la Sostres.
Vive en la zona de Conde Orgaz. Un lugar atípico en el que se intercalan lujosas casas y edificios de bloques, digamos de clases más humildes (aunque el precio por metro cuadrado supere con amplitud el precio medio nacional).
Quizá por eso se encontrara a gusto Pereira, porque, según su perfil, venía de familia trabajadora, y él se seguía sintiendo un trabajador.
Yo sospecho que quien lo haya matado no piensa igual.
En la entrada de la casa, hay una cámara de seguridad, que me dan ganas de revisar.
Se lo hago saber a Pleite para que lo solicite a la empresa correspondiente por si hubiera captado alguna imagen sospechosa de alguien que estuviera analizando sus movimientos.
Se abre la puerta, y nos recibe una persona del servicio.
Nos invita a pasar. Se trata de un chalé de dos plantas.
Grande, pero de ladrillo visto, básico, sin excesivos lujos.
Al menos en apariencia. Una piscina cubierta donde chapotean los que deben ser los hijos de Pereira.
Otra persona está con ellos. Catalina Sostres nos espera en el porche de la casa y, con un gesto de la cabeza, nos invita a pasar.
Por fortuna, hay una rampa de acceso, lo cual facilita mucho las cosas.
Una vez dentro, nos sentamos en un salón, en el que se nota que la aparente humildad del chalé no es como parecía. Dos sillones tapizados en cuero, mesa de diseño blanca, minibar con barra y una pantalla gigante de tela sobre la que un proyector hace las veces de televisión.
—¿Cómo se encuentra, Catalina? —pregunto.
—Todo lo bien que los antidepresivos me permiten —responde.
—Entiendo. No quiero molestarla demasiado.
—El hecho de que no hayan encontrado aún al culpable, ya me molesta.
Encajo el golpe. Debo centrarme en lo que he venido a hacer.
—Quería preguntarle por las declaraciones que salen en las noticias acerca de los negocios de su marido.
—Si lo ha visto ya, ¿para qué quiere preguntar más?
—Porque no es lo mismo declarar ante la prensa que ante la policía, señora Sostres —digo obviando su tono de reproche.
—Pues en respuesta a las preguntas que me ha hecho la prensa, a usted le contaría exactamente lo mismo, señor Del Olmo.
—De acuerdo. Aparte de esto… ¿tendría algo más que declarar? ¿Algo que haya recordado en estos días?
Catalina hace una pausa y dirige sus ojos hacia la parte derecha y superior de sus párpados.
—¿Han investigado a mi cuñado?
Sopeso mi respuesta .
—Sí.
—¿Y?
—No puedo darle muchos detalles más. ¿Y usted a mí?
—Lo llamé porque me sentí mal después del numerito del entierro. —La dejo hablar; tiene ganas de ello —. No me coge el teléfono.
—¿Eso es algo extraño?
—Como usted bien sabe, mantenía una relación con mi cuñado —dice con pesadumbre—. Él estaba enamorado de mí. Si alguna vez no me cogía el teléfono cuando yo lo llamaba, él me devolvía la llamada a los pocos minutos.
—Entiendo.
—Creo que no lo entiende. O le ha pasado algo, o se ha escapado por algún motivo.
Ella no sabe que le tenemos las líneas intervenidas. Quizá no se lo haya cogido por este motivo, porque Atilio Pereira es listo de sobra para darse cuenta. Hay que comprobarlo, pero no me quiero despedir sin hacerle una última pregunta.
—¿Usted sabe si Atilio tenía otro teléfono móvil aparte del, llamémoslo, oficial?
—Claro, y yo también. A ese es al que lo estoy llamando.