Resaca
La noche anterior tengo que llamar a Sofía para que venga a recogerme al bar.
Me echa una bronca de la que ni me entero a causa de mi elevado grado de alcohol en sangre.
Solo me había tomado tres tercios, pero es que no estoy acostumbrado.
Después del primero, el segundo entró solito y la sensación de bienestar me hizo animarme con el tercero.
La gente disfrutaba con los goles de su equipo, y me contagiaron la alegría.
La tercera cerveza entró peor, pero me la acabé por mero orgullo.
En casa intenté besar a mi mujer, que me hizo la cobra decenas de veces.
Me desvistió, me metió en la cama y agradecí que los niños no se enteraran.
Cuando me levanto, me doy cuenta de que me he meado encima.
—¡Sofía!
Por fortuna, mi mujer trabaja en casa. Es traductora profesional, lo que le permite hacerlo donde quiera.
Muchas veces hemos fantaseado con largarnos a la polinesia francesa.
El clima de allí es inmejorable para la vida, para los pulmones, y hay islas donde la vivienda es asequible.
Lo malo es que, allí, de policía de Homicidios no creo que me cogieran.
Tendría yo que asesinar y resolver al mismo tiempo, porque la criminalidad es muy baja.
Mi querida Sofía me echa la bronca mientras me ayuda a cambiarme con la delicadeza con que lo hacía con nuestros hijos cuando eran bebés. Me ayuda también a levantarme y a llegar hasta la cocina.
—Tómate un café —me ordena de mal humor.
—No, ponme lo que ya sabes, por favor.
No es que yo me coja muchas borracheras, pero de veinteañero pasaba las resacas con bebidas energéticas de primera generación y dulces. Y ahora mi querida esposa recuerda esos tiempos lejanos, y me planta un Red-Bull y un dónut, un poco duro, pero dónut al fin y al cabo.
A la media hora me encuentro mejor.
—¿Qué tal los niños?
—Bueno… no deberían haber ido hoy al colegio.
—Eso sería una batalla ganada para el otro.
—Le he dicho al hermano que no se separe de él en ningún momento del recreo.
Asiento, y procuro centrarme en mi trabajo. Repaso la prensa en mi móvil, y me encuentro con una noticia relativa a Los Papeles de Atlas, donde las dos viudas niegan conocer la participación de sus maridos en los hechos. Hay que hacerles una nueva visita.
Miro un mensaje de Olga en el móvil:
«Acabamos muy tarde, tengo información jugosa».