Pelea
M e encuentro mi casa en silencio total, algo extraño porque suele estar encendida la televisión, o el reproductor de música, dependiendo de la hora y del estado de ánimo de mi familia. Atravieso el pasillo; la puerta del cuarto de los niños está cerrada.
—¿Hola? —digo antes de abrir.
Cuando abro, el panorama está servido: Víctor hace los deberes en su mesa. Carlos yace en la cama boca abajo. Su madre, junto a él, consulta el móvil; gira la cabeza, y sus ojos tristes dejan claro que ha vuelto a pasar algo en el colegio.
—¿Qué ocurre?
—Imagina.
—Otra pelea.
Ella afirma, y hace un gesto con su cabeza señalando al niño. Le pongo una mano en la pierna. Ni se inmuta; imagino que se ha hartado de llorar. Sofía levanta la mano, la pone en horizontal y la mueve arriba y abajo en el gesto inconfundible de que ha pasado algo grave.
—Carlos, hijo, date la vuelta.
El niño permanece quieto. Se me revuelve un poco el estómago imaginando que tendrá un ojo morado, o la nariz partida, o lo que es peor: un diente fuera.
—Carlos —insiste Sofía.
Poco a poco, el niño se gira. En su ojo derecho no tiene nada.
Asoma su nariz, y tampoco. El izquierdo tampoco lo tiene morado.
Se incorpora y observo una herida en el labio inferior con sangre reseca; también un moratón en la frente y un arañazo justo al lado.
Suspiro. Siento rabia. Y alivio al mismo tiempo.
Tiene «heridas de guerra»; sin embargo, no parecen demasiado importantes.
Me acerco para darle un abrazo. Esta vez sí me corresponde, me abraza fuerte mientras solloza y dice que son unos gilipollas, unos gilipollas y unos cobardes.
Miro a la madre por si siente el deseo de vetar sus palabrotas, pero ella tiene los ojos clavados en el suelo y le tiemblan los labios.
Me lo cuentan todo: por lo visto, lo han cogido entre dos (Rubén, el chico repetidor y un compañero suyo de sexto).
El compañero no le ha hecho nada, si es que no hacer nada es evitar que se escapara y vigilar por si alguien venía.
El tal Rubén lo ha cogido desprevenido y lo ha tirado al suelo por la espalda.
Ha empezado a patearlo. Carlos se levanta la camiseta y me enseña un par de moratones en el costado.
Sofía dice que han estado en el médico y que no tiene nada roto ni fisurado; solo los golpes.
Yo, mientras escucho el relato de los hechos, aprieto con fuerza los puños y estiro el cuello, como intentando crecer o salirme de mi propia piel.
Carlos se ha conseguido levantar, y le ha pegado un bofetón al chaval, y el chaval le ha devuelto un puñetazo, que ha sido el que le ha roto el labio.
Después han vuelto a forcejear y Carlos, más pequeño, ha acabado otra vez en el suelo.
El desgraciado de Rubén le ha dado una patada en la tripa para finalizar, y han huido él y su amigo como ratas.
—Son unos cobardes, papá —solloza Carlos.
—Porque yo no me enterado; que, si no…—dice Víctor desde su asiento—. Cuando los coja mañana, van a flipar.
—Relaja, Harry El Sucio. —Bajo los ánimos de mi otro hijo; solo me faltaba que se liaran los dos a palos como si fueran unos pandilleros.
En una pelea nunca sabes qué puede suceder.
Lo mismo el pequeño le da una patada en los huevos al grande, y se acaba el asunto, o el grande ejerce su superioridad física, se sienta de golpe de rodillas sobre el pecho del débil, y lo mata.
Como ocurrió hace años con un portero de discoteca y con un pobre muchacho .
—¿Ahora también me tengo que defender con la palabra? —protesta Carlos.
Suspiro; no sé qué contestarle. Sofía resopla y mira hacia el techo con los ojos brillantes.
—No, hijo, ahora es cuando denunciamos a esos dos ante la dirección del colegio.
—¿Y por qué no los denunciamos a la policía? Así se dará cuenta de que no eres un inútil.
Me pone en un aprieto.
—Mañana pregunto a los compañeros de la Unidad de Familia y veo qué se puede hacer, ¿vale? De momento iremos a hablar con la directora y le contaremos todo. ¿Os ha visto alguien?
—No, me he quedado solo porque me han mandado recoger el material de gimnasia.
Estoy a punto de preguntarle por qué se ha tenido que quedar solo sabiendo cómo están las cosas. Pero eso sería cargarle con parte de culpa. Y por supuesto que no tiene ninguna. Solo ha tenido mala suerte.
—Qué coincidencia, ¡joder!
Él se limpia las lágrimas y los mocos que suelen acompañar a estos berrinches. Le doy un beso en la frente, y le meso el pelo.
—Anda, vamos a cenar y vemos una serie o una peli si queréis. —Miro a Víctor.
—Víctor se ha comido un bocadillo ahora mismo. Hemos llegado hace una hora o así del médico.
—A mí no me apetece —rechaza Carlos, y se vuelve a tumbar.
—¿Quieres que me quede aquí un rato?
—No hace falta.
Le doy otro beso, y después a su hermano. Antes de salir del cuarto, les digo que me llamen si me necesitan. Salgo y me abrazo a mi mujer. Vamos a la cocina.
—¿Qué coño hacemos? —pregunto.
—Pues lo que has dicho: mañana llamo al centro a ver cuándo nos atiende la directora. ¿Lo de la UFAM va en serio?
—Lo consulto para quedarnos tranquilos .
Sofía me dice que pique algo de jamón que acaba de cortar, que necesita una ducha.
Se marcha, y me quedo solo en la cocina.
Siento que me asfixio. Me aprieta el cuello de la cazadora que llevo.
No quiero estar allí. Me gustaría irme al cuarto de mis hijos y acostarme con ellos como cuando eran más pequeños.
Y hartarme de hacerles cosquillas, que era la forma de calmarles y de que sonrieran cuando se ponían tristes.
Ya se sabe: niños pequeños, problemas pequeños; niños grandes…
Tomo una decisión que me puede costar una buena bronca con Sofía, pero es lo que me pide el cuerpo: me voy al bar.
Al de al lado de mi casa.