El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Runrún
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Runrún

¿Dónde está Matilde?

Me cuesta creer que, después de haberse publicado el notición de su vida, haya desaparecido sin más.

Pero me resulta más difícil pensar que su desaparición sea forzosa.

Se publican muchas noticias de corrupción en los medios, y no raptan o ejecutan a los periodistas.

Hubo algún caso extraño en el pasado, pero muy aislado y con otras connotaciones muy diferentes.

En este asunto, los principales inculpados están muertos, por lo que se hace difícil suponer que alguno de ellos haya tomado represalias. Pero ¿y si las han tomado por dejar escapar la gran exclusiva? Este camino también es enrevesado.

Vuelvo a llamarla, y su buzón de voz salta de nuevo. En la redacción insisten en que se pidió dos semanas de vacaciones. Jorge Martín dice lo mismo. Pero, para quedarme tranquilo, llamo a Pleite y le pido que me acompañe a su casa.

Cruzamos Madrid. Ella vive en el sur, en un barrio humilde, como es la Puerta del Ángel.

Siempre ha vivido allí, y siempre ha estado orgullosa de ello.

Por suerte, es uno de los pocos bloques de su calle en los que la acera daba juego para poner un ascensor.

Eso y que la puerta del portal está abierta nos permite la subida al sexto piso, donde ella reside para llamar al timbre en lugar de al telefonillo .

El ascensor hace más ruido que el deseado, y llego con nervios al rellano, un típico rellano con poca luz, suelo de terrazo y paredes blancas. Pleite es el que pulsa el botón. Sin embargo, no hay respuesta. Lo vuelve a intentar con idéntico resultado.

—Jefe, aquí no hay nadie.

—Espera un momento, hombre.

Me acerco, y pego la oreja a la puerta. No estoy seguro de si los ruidos que oigo provienen de su casa o de la de algún vecino, y decido jugármela.

—Matilde, mujer, abre, que me tienes preocupado.

—Vuelvo a pegar la oreja, y los ruidos se detienen.

Aporreo la puerta obviando el timbre—. ¡Matilde!

—Ahora sí se escuchan los pasos con claridad.

Pleite me toca el hombro, y me señala la mirilla, que se oscurece por un momento—. Matilde, soy Del Olmo.

Se escucha descorrer una cadena, y la puerta se abre. La cara de Matilde asoma por la pequeña abertura.

—¿¡Qué quieres!? —dice con un tono cortante. Tiene el pelo alborotado y los ojos hinchados. Su cara es una extraña mezcla entre no haber descansado mucho, pero al mismo tiempo estar feliz.

—Llevo tres días llamándote, y no das señales de vida.

—¿Debería?

—Matilde, no seas así, mujer.

—Del Olmo, déjame en paz, ¿vale?

—¿Puedo pasar?

—Pues claro que no.

—¿Por qué?

Matilde resopla y, cuando creo que va a abrir la puerta, hace todo lo contrario: cerrarla.

Al otro lado, se escuchan las voces de ella y de otra persona. Intento aporrear la puerta, pero Pleite me detiene.

—Jefe, ¿no se da cuenta de que está con alguien?

Lo miro y, aunque mi idea inicial es hacer valer mi autoridad, cedo porque escucho las risas de Matilde y de su acompañante. Eso, en parte, me tranquiliza, ya que mi amiga se está dando un homenaje por el trabajo bien hecho.

—Vámonos, Julio.