El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Nuevos sospechosos
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Nuevos sospechosos

G ervasio Lacroix es un activista ecológico. O un ecologista activo.

Vamos, que la va liando con una lancha, o con una manifa por los derechos del planeta. El hecho de que se reuniera con Pereira poco antes de su muerte y el cariz que toman las pesquisas tras la teoría de Olga lo convierten en investigado.

Como la subinspectora y el oficial no dan señales de vida, y no quiero incordiarlos a mensajes, uso mi tiempo llamando al tal Lacroix.

—Buenas tardes, ¿Gervasio?

—Sí, soy yo, ¿quién es?

—Soy el inspector Del Olmo, de la Policía Judicial. Gervasio Lacroix, ¿verdad?

Al otro lado del aparato no se escucha nada.

—¿Señor Lacroix?

—Sí, ¿por qué me llama?

—Estamos haciendo unas comprobaciones y me gustaría hacerle unas preguntas. Si no le importa.

Otro silencio.

—Pero ¿puede decirme por qué me llama?, por favor.

Su tono denota nerviosismo.

—Antes de empezar, quería advertirle que esta conversación la estoy grabando, pero necesito que usted me autorice a hacerlo.

—Si no me dice por qué me llama, no lo autorizo y le cuelgo ahora mismo.

—Tranquilícese, Gervasio…

—¿Pero cómo me voy a tranquilizar? ¿Le ha pasado algo a mi mujer, a mis hijos? ¡Dígame algo, por favor!

Su reacción nerviosa me tranquiliza a mí. Parece ser que el motivo por el que se ha alterado es distinto al que podría esperarse de un sospechoso.

—Nadie de su familia está en peligro, al menos que yo sepa —Escucho un resoplido al otro lado de la línea—. Lo llamo para preguntarle qué relación tiene usted con Leopoldo Roger.

—Entiendo, así que es eso…

—¿Qué es lo que entiende?

—Que, como me reuní con él antes de que lo mataran, me quieren colgar a mí el muerto.

—Nadie ha dicho eso, señor Lacroix. Antes de seguir, ¿me autoriza usted a grabar esta conversación?

—Claro que lo autorizo y, si fuera creyente, le pondría la mano sobre la Biblia.

—Gracias, seré breve. ¿Qué relación tenía usted con Leopoldo Roger?

Se produce otro silencio.

—Era una relación de amor-odio —admite.

—¿Eso quiere decir que se querían y se odiaban?

—Más o menos.

—¿Podría ser más específico?

—Lo quería como persona; lo odiaba por su vida profesional.

—Es decir, ¿tenían una relación amorosa?

Más silencio.

—Si se puede llamar «relación» a eso…

—Gervasio, voy a serle sincero. Aprecio mucho el hecho de que usted me haya contado esto. Pero debe acudir a comisaría a declarar.

—¿Por qué ?

—Porque cualquier persona que tenga una relación sentimental con una víctima de asesinato tiene que hacerlo, si así lo requiere la policía.

Gervasio protesta, e incluso gimotea. Me pide, me suplica que no puede salir nada en los medios de comunicación, que su vida se arruinaría.

Me imagino cómo trataría la calaña mediática a un ecologista casado y con una doble vida sexual que se acuesta con lo que ellos llaman «terroristas ecológicos».

—Por nuestra parte, no filtramos este tipo de cosas a la prensa; puede estar tranquilo. Pero, dada la relevancia del caso, tampoco le puedo garantizar al cien por cien que no llegue a malos oídos.

—Entonces, no pienso declarar nada.

—Entonces, dos agentes se presentarán en su casa para invitarlo cordialmente a que los acompañe.

—No, por favor, eso no.

Esta pequeña entrevista con Gervasio Lacroix me otorga pocas esperanzas de su implicación en el caso.

Pero tampoco puedo fiarme a ciegas de mi instinto.

Y menos sin haberlo entrevistado en persona.

Además, tengo que seguir el protocolo. Le hago ver que solo tiene la opción de declarar por voluntad propia. Finalmente acepta.

—Está bien, iré.

—Gracias, voy a hablar con la comisaría de su zona, y ellos lo llamarán para darle cita. No se preocupe, Gervasio: es mero trámite.

Me lo agradece sin convicción y cuelga.

Durante la charla telefónica que mantengo con Lacroix, me llega un mensaje de Olga:

«Para qué coño me mandas a Amaya y a Toribio?».

Pienso en qué contestarle; no lo hago. En su lugar escribo a Lucas y le pido explicaciones. A los pocos segundos me llama.

—Jefe, lo siento. No esperaba que estuvieran en la terraza del bar; hemos pasado para echar un vistazo.

—¿Y ahora qué hacéis?

—Pues, ya que nos ha visto, nos hemos sentado a tomar algo. El tal Berto ha ido con un acompañante.

—¿Ah, sí?

—Sí, un tipo un tanto extraño, muy desaliñado.

—Ya que estáis, a ver si podéis pegar la oreja, y me vas contando.

—Están lejos, y esto está lleno de gente.

Maldigo la mala suerte; me despido pidiéndole que me mantenga informado.

Pleite entra en mi despacho, desanimado, y me recompongo como puedo.

—He hablado con la secretaria del director de Maderas del Sol, un tal Enrique Gallardo.

Confirma que se reunió con Roger por negocios.

Parece que estuvo en Ceuta la semana de los raptos y de los asesinatos.

Me ha dado el nombre del hotel donde se alojó; he llamado y lo confirman. No parece ser un hilo del que tirar.

—Está bien; dale el teléfono y pídele a Luis que te confirme lo del viaje a Ceuta mediante el seguimiento de sus posiciones. ¿No has podido hablar con él?

—Me ha dicho que está de viaje y que le pasará nota de que hemos llamado.

—De acuerdo. Apunta los nombres en la pizarra; voy a hablar con Málaga. El otro teléfono era de un amante de Roger, sin una línea clara de investigación. Pero tiene que declarar allí y, con lo que nos manden, comprobaremos coartada.

Pleite apunta los nombres en la pizarra y les coloca la X roja de carretera sin salida.

Espero que los ecologistas nos abran una autopista.