El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Socializar
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I nvito a todo el equipo a comer en un restaurante próximo a la brigada, en el que ya hemos comido más veces. De esos de menú del día y de muchas raciones en la carta.

—Prohibido hablar del caso —ordeno.

—Del Olmo, ¿qué tal tus niños? —pregunta Toribio.

—Joder, hablar de mis hijos es casi hablar del caso —protesto; el subinspector sonríe—.  Ya sabes, siempre me andan preguntando por «cosas de maderos», como ellos las llaman. Están bien, cada día más grandes. ¿Y los tuyos?

—Pues con sus madres —replica, resignado—. No los veo mucho.

Me fijo en Olga que no está mirando el móvil, sino que tiene clavado los ojos en Insausti.

—Lucas, macho, la verdad es que hay que tener valor para tener dos hijos con dos mujeres diferentes —apunta precisamente Sergio—. No te me enfades, ¡eh!

—¿Yo, enfadarme por decir algo en lo que tienes más razón que un santo? Qué va, Insausti, qué va. La vida…

Olga se fija en Amaya, que es quien habla:

—Antes de que empecéis a preguntar a todos por los hijos y esos rollos, ya os adelanto yo que ni se os ocurra hacer el típico comentario de que cuándo voy a ser madre. Y lo mismo aquí con la subinspectora.

Olga amaga una sonrisa.

—Joder, Solís, relaja un poco, que hace tiempo que no comemos todos juntos —incide Toribio—. Y aprovecha que aquí el jefe ha pedido no hablar de curro.

Amaya suspira y apoya los codos sobre la mesa dirigiendo su cabeza hacia Sergio. Olga ahora mira a Pleite.

—¿Y de qué hablamos?, ¿de política? —dice Julio.

—No, por Dios —replica Toribio—; eso es casi peor que hablar de fútbol.

Todos reímos, y yo, con disimulo, vuelvo a fijarme en la subinspectora que, ahora, observa a Luis.

Pero Listín no dice nada, y yo suspiro aliviado, porque parecía que ella manejara el ritmo de la conversación, como si con su mirada ordenara quién habla y quién no.

Supongo que ha sido mera casualidad, o a lo mejor imaginaciones mías, y ella ha dirigido su mirada a la persona que comenzaba a hablar.

Como Luis es aún más tímido que Pleite; soy yo el que le pregunta.

—Luis, ¿tú tienes novia?

Él niega con la cabeza y, a falta de un ordenador, hunde sus ojos en el móvil.

—¿Novio? —dice Toribio.

Listín levanta los ojos del móvil, y se decide a hablar:

—No, pero y si lo tuviera, ¿qué?

—Joder, pues que me alegraría por ti, hombre, tranquilo —argumenta Lucas—. A ver si te piensas que aquí somos como en otras secciones del cuerpo. El inspector da fe de ello, ¿verdad, Del?

—Pues claro. Luis, no te sientas obligado a contestar; solo estamos charlando de la vida.

—No tengo ni novia, ni novio, y soy heterosexual. ¿Contentos?

Insausti, que está a su lado, lo agarra por el hombro y le mesa el pelo. Luis, junto a Olga, es el más hermético del grupo. Seguido de cerca por Pleite.

—Aquí el Listín seguro que liga un montón por internet.

—No me toques los huevos, Insausti —dice apartando la mano del oficial .

—Tranquilo, hombre, ya te han dicho que estamos de relax.

Luis suspira y vuelve a su móvil.

—Luis, no hace falta que cuentes nada, pero haz el favor de dejar el telefonito un rato. Si hasta la subinspectora lo ha dejado.

Luis se fija en Olga que, justo en ese momento, me mira.

Pagaría por descifrar lo que corre por su cabecita.

Estoy convencido de que ella sabe lo que hay en la mía; seguro que piensa que intento relajar la tensión que hay en la brigada, y la que hay entre ella y yo.

Cuando le cuente que he intercedido con Alamillos, todo llegará.

—Pues a ver, subinspectora —dice Listín —. ¿Tú tienes pareja?

Todos flipamos ante el hecho de que Luis se atreva a realizar esa pregunta. Hasta la propia Olga traga saliva por lo inesperado.

—Luis, de todos los hombres de la unidad, de ti es del que menos me esperaba que me preguntaras eso.

—Y la respuesta es… —insiste Amaya intrigada.

—Que sois una panda de cotillas —contesta Olga, divertida.

Sonrío; parece que he conseguido mi objetivo, y el ambiente se relaja.

Pedimos un poco de todo para compartir: raciones variadas de oreja, solomillo cortado, croquetas, y también ensaladas para los menos carnívoros. Y pido jarras de cerveza y sangría.

—Esta tarde nos la vamos a tomar libre; mejor dicho, la pasaremos aquí, charlando de la vida, como decís.

—¿Y si el comisario te llama? —pregunta Toribio.

—Reunión de trabajo —contesto.

Insausti se levanta con una copa de cerveza en la mano:

—Por las reuniones de trabajo en La pringue .

—Que esto no es la pringue, pesado... —dice Amaya, antigua trabajadora de la brigada de Policía Judicial de Madrid. La auténtica pringue .

—Será que aquí no pringamos… —replica Sergio.

Me alargo todo lo que puedo y choco las copas con Toribio, Insausti, Listín y con Olga, que se acerca también para brindar conmigo. Cruzamos una mirada. Espero que sea de reconciliación.

Olga se lanza y cuenta que tuvo pareja hasta un año atrás, y que ahora no tiene ganas de nada. Pero no indica el género de esa pareja, con lo que la incertidumbre sigue en el aire.

Comemos y bebemos en abundancia, y rezo para que ningún compañero se pase por el restaurante y le vaya con el cuento al comisario.

Es divertido ver cómo los policías de homicidios cambian unas horas el trabajo de investigar lo peor del ser humano por una charla animada de amigos.

Como consecuencia normal, se achispan (yo me controlo tomando solo un vaso de sangría) y se ríen sin pudor contando viejas batallitas.

Listín cuenta algunas anécdotas de lo que se ha llegado a encontrar investigando por internet; Toribio recuerda una detención equivocada…

hasta Pleite cuenta un chiste de la cigüeña y de los niños que vienen de París, más soez de lo que se espera de él.

Olga sonríe; me encanta verla así.

Sobre las siete de la tarde, Amaya se marcha, porque tiene que sacar a la perra, e Insausti se ofrece, solícito, a acompañarla. A los pocos minutos, Toribio también se marcha, junto con Pleite y con Listín .

Me quedo a solas con Olga. Sospecho que ella lo estaba deseando, y hasta quizá se lo haya pedido por mensaje a los miembros del grupo.

Se acerca a mi lado, muy cerca.

—¿Qué voy a hacer contigo, inspector Del Olmo?

—¿Perdona? Esa frase es muy de padre viejo.

Sonríe.

—Estaba muy mosqueada cuando hemos salido de la reunión con el comisario.

—¿Y por qué te crees que he organizado este tinglado?

—Pues mira que he venido porque ha sido una orden, que si no…

—Olga, confío en ti, lo sabes. —Apoyo mi mano sobre la suya y me doy cuenta de que la situación se vuelve tensa; es algo que no quiero, así que se la suelto como si quemara.

—Lo sé, Del Olmo, lo sé.

—No se puede ganar siempre, ¿lo entiendes, verdad?

Ella asiente, y se levanta.

—Venga, te llevo a casa.

—Te cuento una cosita en el coche.

Por el camino le cuento que el comisario ha transigido y le va a permitir investigar su teoría. Ella me lo agradece de forma más fría de lo que yo espero. Me fijo en el retrovisor, y no me devuelve la mirada.

Me deja en la puerta de mi bloque, y antes de despedirme, le hago una petición.

—Mientras nos llega o no lo de Gibraltar, consígueme evidencias claras de tu teoría para restregárselas a Alamillos por la cara. Aunque haya entrado por el aro, necesitamos refutarlo todo.

—Por la perilla —dice ella desde el coche sonriendo.

Le devuelvo la sonrisa, y me quedo mirando cómo el camuflado se marcha en la noche. Espero que mi mujer no esté cotilleando desde la ventana.

Vivimos en un primero.