El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El vigilante de seguridad
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El vigilante de seguridad

E s curioso ver llorar a un tipo que mide casi un metro noventa y que tiene las espaldas tan anchas como una puerta de hospital de las que se abren por sensor.

En las entrevistas o en los interrogatorios, muchas veces, es necesario hacer llorar a las personas.

Aunque sean inocentes. Que se lo digan a Patricio Porta.

—Tranquilo, John. —Olga intenta calmarlo. Le ha tocado ser la poli buena—. Te voy a repetir lo que declaraste y acabas de ratificar aquí, y terminamos, ¿vale?

Rodríguez afirma con las manos hundidas en las cuencas de sus ojos.

—El pasado lunes, a las doce horas y tres minutos, Lukas Pulido accedió a la sala de las cajas de seguridad del UK National Bank de Gibraltar.

Se identificó en la puerta, comprobaste la veracidad de su identificación, y lo acompañaste a la sala.

Allí lo ayudaste a abrir las cajas, como manda el protocolo: accionaste primero tu llave, y después él usó las suyas para abrir las tres cajas.

Lo ayudaste a cargarlas hasta la sala privada, porque pesaban lo suyo y, una vez dentro, le diste la privacidad necesaria, tal como manda el protocolo.

Tardó en salir unos diez minutos. Cerrasteis de nuevo las cajas, y se marchó.

Llevaba un bolso tipo deportivo, pero no recuerdas exactamente cómo era.

Tampoco recuerdas algo peculiar de ese hombre porque por aquí pasan decenas de personas todos los días y repites la misma operación varias veces.

Has visto las imágenes de las cámaras de seguridad, pero no estás seguro de poder identificarlo si lo ves en otro sitio.

John dice un pequeño «sí» apenas audible.

—Ratificas todo esto.

El vigilante vuelve a afirmar.

—Está bien, disculpa las molestias. Nos marchamos.

Nos despedimos tanto de Emiliano como de John. Ambos nos estrechan las manos y no dicen nada.

En la puerta nos reunimos con Insausti.

—¿Has visto algo importante?

—No soy tan tonto como te crees y, como ya me mandaste a inspeccionar cámaras, he apuntado todas las que hay en la zona.

Sergio me enseña una libreta donde ha dibujado una especie de plano; tiene marcadas las cámaras de seguridad que ha ido encontrando y el nombre de los lugares donde están instaladas.

—Buen trabajo, hombre. Ahora vamos a llorar un poco a McGuinness.

Hace un bonito día soleado en el sur de España y disfrutamos de la ligera brisa del camino, camino que aprovechamos para comentar la jugada del banco.

—¿Qué piensas, subinspectora?

—No sé qué pensar, Del Olmo. No tengo claro nada.

—¿Y no será que te abstienes de pronunciarte porque lo quieres apostar todo a tu teoría ecologista?

Olga se detiene, me clava los ojos, y parece que el día soleado ha tornado a día tormentoso.

—No me fastidies, Del Olmo. ¿De verdad te crees…?

Levanto las manos pidiendo disculpas. Aunque se me haya pasado ese pensamiento por la cabeza, no debo formularlo así.

—Olga, te necesito centrada, aquí, ahora. Cuando volvamos a Madrid, tendrás tiempo para tu teoría. ¿Qué piensas de esos dos?

Ella coge el móvil, lo mira; está analizando lo que ha apuntado.

—Sinceramente, creo que no están implicados.

—No crees que podríamos pedirle a McGuinnes que los investigue.

—Hazlo si eso te tranquiliza. Pero mi opinión es esa: no los veo sospechosos.

Muevo la cabeza hacia abajo, y esbozo una sonrisa. En efecto, tenemos que llorar un poco a McGuinness.