El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El Solitario
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El Solitario

L a traductora nos acompaña hasta el banco y se despide de nosotros.

—¿No entra? —pregunta Insausti, interesado.

—No, ahí todos hablan un perfecto español. —Sonríe y se marcha; el oficial se fija en su trasero.

—Insausti, que no estamos en el instituto.

Él calla, y se limita a abrirme la puerta para que entre.

Antes de hacerlo, miro a Olga, que está detrás de mí.

Lo que hemos visto en las grabaciones de las cámaras del banco podrían formar parte de una película de la saga de Ocean´s Eleven de Steven Soderbergh: una persona caracterizada con gorro, gafas de vista tintadas y bigote (no sabemos si real o postizo).

No es que fuera disfrazado, pero es cierto que el aspecto es más que llamativo.

Me ha recordado a las imágenes de El Solitario, un atracador de bancos que tuvo en jaque a la Guardia Civil y a algunos de mis compañeros en la UDEV durante más de una década.

El tipo se disfrazaba con una peluca, unas gafas y una barba postiza.

La persona que entró en el banco y se llevó lo que hubiera en las cajas de, en teoría, Porta, Pereira y Roger, tenía un atuendo similar.

Nuestra intención es hablar primero con el director y, segundo y más importante, con John Rodríguez, que no es el nombre de un cantante de moda de Miami, sino el vigilante de seguridad que asistió a esa nueva versión de El Solitario .

Nos identificamos ante el primer empleado que nos aborda. Pone gesto serio y nos pide un minuto. Al instante aparece un hombre de unos cuarenta años, poco más de metro setenta, corte de pelo impecable, al igual que su barba. Lo que los británicos podrían considerar un gentleman .

—Soy Emiliano García-Smith, el director de la sucursal —se presenta—; el comisario McGuinness me ha avisado de su visita.

Con un gesto de la mano, nos invita a seguirlo a su despacho. Miro a Insausti, y entiende que debe quedarse fuera.

—Echa un vistazo por los alrededores.

—¿Para qué?

—Usa un poco tu instinto, hombre.

Sergio se marcha murmurando algo que prefiero no saber.

En el anodino despacho con mesas marrones y sillas marrones y con estanterías marrones —igual que cualquier anodino despacho de oficina de banco en España—, el director se explica.

—Como le conté al comisario McGuinnes, no podía darle credibilidad a un email que podía ser cualquiera de los cientos que acaban en mi bandeja de spam…

—¿Es usted español o de Gibraltar, Emiliano? —pregunto.

—Tengo la doble nacionalidad. Nací en España, en Algeciras, pero llevo viviendo aquí más de treinta años. ¿Eso es relevante para el caso?

—Cualquier pregunta que le hagamos es relevante —ataja Olga antes de que yo pueda excusarme por mi curiosidad.

El tal Emiliano acepta la contestación con una mueca de incredulidad y de resignación.

—¿Está aquí John Rodríguez en estos momentos?

—Sí, supongo que lo quieren interrogar.

—Supone bien, señor García —dice Olga—. Dígame, ¿cuánto tiempo lleva de director de este banco?

—Casi tres años.

—No es mucho para los treinta que ha vivido aquí.

—Es que antes estaba ahí enfrente —Señala con el dedo hacia una ventana desde la que se divisa otro banco—. Entiendo que ustedes harían lo mismo si los llama la Interpol o la Europol, ¿no?

—No se crea; yo ya no estoy para esos trotes.

Me mira de arriba abajo y hace un amago de disculpa que se ve interrumpida por una nueva pregunta de Olga.

—Necesito que nos cuente todo acerca de John Rodríguez.

—Pues no tengo mucho que contar, básicamente porque no lo conozco en profundidad.

—¿Cree en su versión de los hechos? —apunto.

—¿Por qué no habría de creerla?

—Porque si se confirma la relación de esas tres cajas con los casos que estamos investigando, es muy posible que John pudiera haber facilitado el acceso a la persona que sale en las imágenes de las cámaras de seguridad.

Emiliano tuerce el gesto.

—No he visto nada anormal en esas imágenes.

—Emiliano —me inclino un poco hacia adelante—, en el hipotético caso de que su vigilante de seguridad estuviera implicado, no creo que fuera tan tonto de fumarse un cigarro con la persona en cuestión.

—Pero…

—¿Teme usted algo, Emiliano?

—¿Yo?

—Sí, que la reputación de esta oficina se vea manchada por lo ocurrido. Y que menos peces gordos dejen aquí sus dineros opacos cuando salte a prensa lo de este robo y la relación con los asesinatos de tres famosos empresarios.

—¿Esos asesinatos han sido aquí en Gibraltar? —pregunta el director que ha visto un resquicio para salir airoso.

Olga y yo nos miramos.

—Señor García, ¿vamos a poder contar con su colaboración? Dejando a un lado el tema económico, el hombre que accedió a esas cajas fuertes está relacionado con la muerte de tres personas —me atrevo a aventurar—. Y la vida de tres personas vale lo mismo en Gibraltar que en España, ¿no cree ?

—Si supiera algo…«oscuro» de la vida de John Rodríguez, créame que yo sería el primero en ponerles su cabeza en una bandeja. Pero, por lo poco que conozco de él, tiene dos hijos pequeños y tiene un buen sueldo como para andar complicándose la vida.

Pienso que muchos padres de hijos pequeños se han complicado mucho peor la vida, pero me ahorro el comentario.

—Está bien —doy por zanjado el asunto—, ¿me puede decir algo de Lukas Pulido?

—Pues, como ustedes comprenderán, no tengo el placer de conocerlo.

—¿Y por qué lo comprenderemos? —incide Olga.

—A ver… ese tal Lukas Pulido es cliente de este banco desde hace cinco años, y yo solo llevo aquí tres. El volumen de sus activos no es tan grande como para que lo haya tenido en cuenta. Y que tenga contratadas tres cajas de seguridad no le otorga un carácter especial como cliente.

Resoplo.

Lukas Pulido es el titular las cajas. En el informe que nos ha pasado McGuinness está todo reflejado.

También es titular de una empresa llamada «Lupul», con sede en el peñón.

Según Los papeles del Atlas, nuestro trío de víctimas tenía relación con dicha empresa.

Blanco y en botella. Lupul parece una de las muchas sociedades offshore; «en cristiano»: empresas fantasmas para evadir impuestos mediante ingeniería fiscal, que hay en Gibraltar.

La imagen de la persona que, con una alta probabilidad, dejó la pelota y los tres papeles en las cajas de seguridad es idéntica a la foto del documento de identidad que consta en el expediente bancario de Lukas Pulido.

Olga me da un leve codazo.

Hablar con Emiliano García no nos va a servir de mucho; es hora de pasar al plato fuerte.

—¿Puede usted llamar a John, por favor?