El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Las cajas
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Las cajas

Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Del Olmo y Saavedra sobre El caso de los cuatro elementos.

Las encontró donde confesó Porta: en una caja fuerte escondida en un lugar secreto en Gibraltar. Pudo abrirla gracias a la combinación que facilitó Pereira antes de morir abrasado. Y la llave de ese lugar secreto se la llevó del chalé de Roger, escondida en otra caja fuerte.

Una vez allí, se sentó y disfrutó de unos segundos de silencio.

Tenía tiempo… pensaba. Aunque no lo prolongó en exceso; no quiso regodearse.

Abrió las tres cajas. Empezó por la de Porta que, según sospechaba, debía de ser la que mayor tesoro albergara.

En efecto, estaba repleta de tacos del billete de la corrupción, ese billete que en su día llamaron «Bin Laden».

Claro que quien había inventado ese apelativo sería alguien del pueblo.

Eso no valía con tipos como Porta, acostumbrados a contar sus ganancias de seis cifras para arriba.

Es ridículo el volumen que ocupa un millón de euros en BinLadens: poco menos que tres cartones de leche, y pesa poco más de dos kilos. Es decir, caben de sobra en una bolsa de Calvin Klein de tamaño mediano.

Aparte de esos dos kilos y tres cartones de leche, había algo con mucho más valor: un par de hardware wallets, es decir, dos pendrives llenitos hasta los chips de criptomonedas. Bitcoins, Ethereum, y alguna más.

En las cajas de Pereira y de Roger también había un suculento botín: más billetes de quinientos y dos paper wallets, una especie de tarjetita con las claves pública y privada de los monederos de criptomonedas.

Así, a ojo, calculó que el botín rozaría los dos millones de euros en billetes, más todas las criptomonedas que, por lo que había podido averiguar, serían al menos dos millones más. Estas monedas virtuales también pueden ser billetes de la corrupción, y los profesionales del sector lo saben.

Cuando llenó la bolsa de Calvin Klein, el trabajo podía darse por finalizado.

El círculo, nunca mejor dicho, se había completado.

Solo faltaba, en efecto, eso: el círculo, esta vez convertido en esfera.

Vacía o llena, según se mirara. La pelota de plástico transparente comprada en un chino cualquiera de un barrio de La Línea de la Concepción con el que remataba la obra y el juego con la policía.

Aunque todo aquello no era solo un juego, sino algo mucho más importante: un aviso para los que tratan al planeta como su propio Monopoly.

Dejó la pelota en la caja central, la de Porta, al que responsabilizaba por encima de los otros dos de las fechorías del terceto.

Unas fechorías que habían pagado con la vida y con esos millones que tenían escondidos en un paraíso fiscal dentro de la península ibérica.

Era su parte; se la había ganado, aunque había que compartirla.

No se quedaría más que con lo necesario para vivir de una forma digna.

Con la bolsa llena de dinero corrupto, se marchó del UK Gibraltar Bank, no sin antes haber saludado al vigilante.

Estaba exultante cuando terminó su tarea. Se había cubierto muy bien las espaldas, en sentido metafórico y real. Nada podía estropearlo.

¿Nada?