Viaje a Gibraltar
N o me gustan los viajes largos en coche.
Por suerte, el caso es tan importante que nos pagan los billetes de AVE hasta Sevilla.
Nos cuesta convencer al comisario, pero conseguimos que nos autorice el viaje.
Nos cuesta porque tiene que ser él quien se comunique con Interpol y que la propia Interpol hable con la policía del peñón para que podamos indagar.
En Gibraltar, no están muy de acuerdo con que metamos las narices en sus asuntos.
Y menos en tema de bancos. Alamillos convence a nuestro DAO para presionar a Interpol y a la policía de Gibraltar. Consiguen que nos dejen investigar.
En Sevilla nos recibe un bofetón de calor nada más abandonar el refugio del aire acondicionado del tren.
Una furgoneta del cuerpo nos recoge para llevarnos hasta Gibraltar.
Al volante, una oficial de policía llamada «Sonia», un poco seria, nos conduce al peñón sin cruzar más de dos palabras sobre el motivo de nuestra visita.
La parte de atrás de la furgoneta es abierta, y los tres compañeros estamos sentados unos frente a otros, lo que da para debatir sobre el caso más de lo que la falta de privacidad del tren nos ha permitido.
—¿Qué te gustaría encontrar, subinspectora? —pregunto.
—Me gustaría ver con mis propios ojos cómo es esa pelota vacía.
—¿Por? —pregunta Insausti, más por compromiso que por verdadera curiosidad .
—Porque, en la foto que nos ha mandado la policía gibraltareña, no se aprecian bien los detalles. Hay que ver si tiene alguna inscripción, o algún otro dato del que podamos sacar partido.
Lo único que conseguimos vía telemática es una foto de dudosa calidad de la pelota en cuestión.
—Las firmas de los asesinos dicen mucho de ellos, ¿verdad subinspectora? —digo sonriendo, para afirmar su teoría.
Ella me devuelve la sonrisa, e Insausti no vuelve a hablar hasta que llegamos a la verja.
—Estos inglesuchos siempre dando por saco.
—Relaja, Sergio, que vamos a salir de España y mi madre decía que tuviera cuidado cuando viajara al extranjero —replico.
Nos traemos a Insausti para lucir músculo, porque no sabemos qué nos vamos a encontrar en el peñón. En efecto, lo primero que vemos es a un bobby de metro ochenta con cara de bulldog. Nos pide identificarnos, como si nuestra furgoneta policial pudiera estar falsificada.
—¿Qué los trae a Gibraltar? —pregunta en un buen español con algo de acento británico.
Como encargado del caso, bajo la ventanilla, me identifico, y le pido ver al comisario McGuiness, máxima autoridad de la Royal Gibraltar Police.
El día anterior crucé algunas palabras con él por teléfono y se ofreció (cómo no hacerlo después de las presiones de Interpol) a ayudarnos.
La cara del bobby cambia, y nos abre paso.
Llegamos a un curioso edificio con fachada de piedra, pequeño, de una sola planta; me choca que allí se lidie con todo lo que se cuece en un lugar como Gibraltar.
La oficial Sonia nos deja en la puerta trasera y accedemos a la comisaría por una rampa que agradezco.
Volvemos a identificarnos, y el comisario no nos hace esperar ni un minuto.
Sale a recibirnos, y nos estrecha las manos de un modo cordial.
Es un tipo casi tan alto como el bobby , con el pelo teñido de negro y con una perilla pasada de moda que me recuerda a la de Alamillos.
Lo escolta una mujer que bien podría ser su hija por la diferencia de edad. Se identifica como la traductora.
—Mi compañera ayuda en caso de que me falle alguna palabra —se excusa McGuiness
—Gracias a los dos por recibirnos —digo.
Accedemos a su despacho, donde Olga le explica detalles del caso para que vea la relación con lo encontrado en el banco: la teoría de los crímenes de los cuatro elementos. También le comenta lo del email del supuesto ladrón.
—Me gustaría ver la bola que dejó en la caja de seguridad.
McGuiness se levanta, y abre un armario que hay detrás de él. Espero que esa custodia de las pruebas tan de andar por casa no sea la tónica en el peñón.
—Sabía que quieren bola; tenga.
McGuinnes entrega el objeto, dentro de una bolsa de plástico transparente, a Olga, que lo examina con precisión.
—Supongo que no se ha encontrado ninguna huella.
—Sí, nada, zero —dice el comisario haciendo un círculo con su dedo pulgar e índice—. Tampoco hay nada en cajas de seguridad del banco.
El comisario se vuelve a levantar; del mismo armario saca tres bolsas pequeñas de plástico, dentro de las que hay tres papeles de colores: uno azul, otro naranja y otro marrón. No hace falta examinarlos en profundidad. Es obvio qué representa cada uno.
—También dentro de las cajas, papel azul en misma que bola…
—¿Las imágenes de las cámaras de seguridad? —interrumpo.
El comisario hace un gesto que no sé cómo interpretar. No sé si sonríe o si pone cara de pena.
—Se lo puedo enseñar, pero no se lo puedo dar —advierte McGuinness.
Me quedo mirándolo. Esta vez sí sonríe; teclea en su ordenador y habla con la traductora.
Creo escuchar un « Close the door », aunque mi inglés, algo por debajo del B1, lo tengo muy oxidado.
Cuando la puerta se cierra, McGuinness gira la pantalla de su ordenador, y lo que veo es lo más surrealista que me ha pasado en mis más de veinte años de carrera.