El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El cuarto elemento
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El cuarto elemento

U na pelota vacía. O llena de aire, según se mire.

Eso es lo único que aparece en una caja de seguridad de un banco gibraltareño. Al lado derecho y al lado izquierdo de esa caja, otras dos, vacías, sin pelota.

—Por lo visto, el día después de que encontramos el cadáver de Roger alguien envió un email al banco advirtiéndoles del robo —me cuenta Toribio.

—No me jodas.

—Sin joder. El director no le dio bola pero, después de que saltara la noticia aquí en España de nuestro caso, ya sí que se mosqueó y habló con la policía del peñón, que a su vez habló con un juez de allí, y ejecutó la orden para poder abrir la caja.

—Anonadado me hallo.

—Y yo, y yo —replica Olga.

—Eso fue ayer; el Comisario General de allí habló con Interpol y, después de sopesarlo bien, nos lo han comunicado hace dos horas. El director de la sucursal está en la comisaría de allí, del peñón.

—¿Huellas, grabaciones de seguridad?

—Sí, pero de momento no nos lo envían.

—¿Y por qué?

—Lo tenemos que tramitar todo con Interpol.

—¿Lo sabe ya el comisario ?

—Sí, le avisé después que a ti.

Me sorprende que no me haya llamado a su despacho y me alegra al mismo tiempo porque me da un margen de maniobra para decidir qué hacer. Suspiro.

—Bien, en veinte minutos nos reunimos nosotros y después vamos con la cantinela al comisario.

Toribio se levanta de su mesa para buscar a los demás. Le digo a Olga que me acompañe, pero gesticula con la mano pidiendo tiempo. O calma. Se lo concedo; yo no he podido echarme mi minisiesta en el coche y, aunque ya sea tarde, necesito cerrar los ojos. Demasiadas emociones y demasiado cansancio.

Cuando no han pasado ni cinco minutos, Olga entra y me saca de mi breve ensoñación. Casi le pego un grito.

—Quiero exponer mi teoría.

—Sí, pero ahora tenemos que centrarnos en esto del peñón, Olga.

—He subido un informe al sistema. Estoy segura de que lo del peñón es obra de la cabeza pensante.

—¿Me has oído, subinspectora?

Ella se resigna, o quizá su gesto es de enfado. Como no estoy del todo lúcido, no lo tengo claro.  Me dispongo a salir de mi despacho, pero ella continúa hablando:

—Mi idea es investigar, infiltrarse en organizaciones ecologistas pequeñas. Grupos de redes sociales, de Telegram, si es posible de Whatsapp.

—¿Pequeñas? —Me detengo antes de salir—. Si lo de Gibraltar está relacionado con esto, no sé cómo se las apañaría una organización pequeña para robar tres cajas de seguridad en un banco —rebato.

—Habrá que revisar bien todo el material que nos dé la policía de Gibraltar. Y sabes tan bien como yo que está relacionado

—Antes de afirmarlo a ciegas habrá que confirmarlo in situ .

—Entonces, hay que ir hasta allí.

—Tengo que hablarlo con el comisario para que mueva sus hilos.

—Cuando confirmemos la relación, hay que buscar en entornos ecologistas.

Siento sus ojos clavados en mi cogote. Me giro, y me encuentro con su mirada. Suspiro, resignado.

—Vamos a ver al comisario; haz el favor.

Abro la puerta, y el resto del grupo nos espera en la sala común. Hago un gesto a Toribio y él les cuenta todo lo que me ha contado a mí y a Olga. Las expresiones de sus rostros, sus muecas, sus ojos abiertos denotan sorpresa. Me miran pidiendo explicaciones. Resoplo.

Del resto de la reunión sacamos en claro que hay que ir a hablar con la empresa de seguridad de Roger, que hay que encontrar un confidente fiable que sepa algo acerca de los Papeles del Atlas, y que tenemos que viajar a Gibraltar sí o sí.

Les dejo encargado el trabajo a los compañeros, y me marcho con Olga a reunirme con el comisario.

Si Alamillos lo autoriza, al día siguiente toca viaje hacia el sur.