El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Algo en el corazón
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Algo en el corazón

—E stoy segura.

Le pido a Olga que apunte el número y escriba a Listín .

—Una cosa más, Georgina —digo—. ¿Usted sabe si su padre tenía algún otro teléfono móvil aparte del, digamos, oficial?

—Tiene uno en la oficina. Supongo que seguirá allí.

La subinspectora se adelanta:

—Necesitaríamos que nos lo facilitara.

—Se pueden pasar por la oficina a recogerlo.

—Ah, ¿se refiere al propio terminal? —dice Olga, sorprendida. Georgina asiente.

—Lo tiene en un cajón con llave, creo. Luego mando un mensaje a Olvido, su secretaria,  para que lo tenga disponible para cuando se pasen.

—Gracias, Georgina, ¿tiene el número de ese teléfono?

Vuelve a su móvil, lo busca y nos lo enseña. La subinspectora toma nota.

—¿Hay algo más que nos quiera comentar? ¿Alguien más de quien sospeche? —pregunto para finalizar.

—No.

—Bien; le desea a su madre lo mejor de nuestra parte. Si alguno de ustedes quiere hablar de nuevo, no dude en llamarnos.

Georgina nos hace un ademán como de agradecimiento, y nos acompaña hasta la puerta.

—Inspectores —dice—, sigan investigando a Sebastián. Algo aquí me dice que él… —Se señala el corazón y para de hablar .

Está convencida de que el corazón roto de Sebastián fue el autor de la muerte de su padre.

Cree a ciegas que le guarda un rencor cerval, y diez años en la cárcel lo ha multiplicado por mil.

Como si el odio que Suchowolski sentía por Armando Porta estuviera también contaminado por el desamor de su hija.

Abandonamos la casa, y tenemos que conducir a veinte por hora para que los amortiguadores del coche no sufran más de la cuenta por los resaltos de la lujosa urbanización en la que viven los Porta-Acevedo. Cuando dejamos atrás aquella tortura, Olga mira el móvil por un aviso que le ha llegado.

— Listín corrobora la llamada; yo ya tenía el número de Suchowolski, y coincide.

—¿Te hubiera gustado que fuera otro número, eh?

—Y a ti también —dice Olga, burlona—. De las escuchas a este tipo sigue sin haber nada, ¿verdad?

—No. Mira que no me resultaba sospechoso, pero ahora tengo una ligera duda. Cuando se meten las pasiones por medio, ya es otra cosa.

—¿Y por eso se va a cargar a los otros dos? —apunta ella.

—El corazón, Saavedra, el corazón —digo mientras me señalo el pecho. Consigo arrancar una sonrisa a mi compañera.

—Mañana voy yo a por ese teléfono de su oficina. Por cierto, ¿no te parece curioso que la hija tenga un teléfono que la propia mujer de Porta no tenga? En el listado que nos dio ella, este número no aparece.

—Curioso es... —sopeso mis palabras—. Pero recuerda que Georgina es el cerebro de la empresa.

—¿Y no habría que poner en aviso a la UDEF cuando termine todo esto?

—Lo pensaré, subinspectora. Lo pensaré.

Cuando estamos por enfilar la carretera de A Coruña, recibo una llamada en el móvil.

—Del Olmo, ¿dónde estáis? —pregunta Toribio.

—Saliendo de la casa de los Porta.

—Venid corriendo a la brigada; tenemos una movida buena .

—¿Qué pasa, Toribio? Déjate de «movidas», y dime.

Olga mira por el retrovisor, nerviosa, expectante.

—Interpol nos ha mandado un comunicado. Se ha liado una muy gorda en Gibraltar.

—¿En Gibraltar?

—Creo que ha aparecido el Cuarto Elemento.