El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Georgina
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Georgina

D espués de comernos un olvidable cocido en un olvidable mesón de carretera, llegamos a la mansión de los Porta. Por el camino, comento lo ocurrido con la subinspectora.

—¿Los descartamos ya, Del Olmo?

—A todos, menos a Florentino.

—¿Por qué?

—Si tiene un hijo con problemas, su ira se multiplica por cien.

Olga, soltera, sin descendencia, decide callar.

Llegamos a la mansión de los Porta, donde nos recibe Georgina.

Nos conduce a un despacho que hay en la parte trasera de la villa.

Al entrar, descubrimos que la luminosidad contrasta con el resto de la casa: es como si fueran sus ojos.

Unas vistas impresionantes a la sierra madrileña y un ambiente blanco minimalista invitan a pensar que allí están, no solo los ojos, sino el cerebro de la ingeniería fiscal del conglomerado Porta.

—Mi hermano ingresa mañana en un centro terapéutico. —Olga y yo nos miramos perplejos. Lo desconocíamos y no sabemos qué decir—. ¿Y bien? Después de la que ha montado la prensa, ¿la cosa está peor o mejor? —pregunta Georgina.

—Ni mejor, ni peor —digo.

—Eso no parece ser bueno.

—Tampoco es malo.

—¿Investigaron los nombres que les di ?

—Venimos de hablar con el que nos faltaba de los Ortiz-Melgar. No tenemos nada contra ellos.

—¿Y Suchowolski?

—Tampoco hay ninguna prueba que nos haga sospechar de él. Quizá lo llamemos para que nos asesore en un asunto.

—¿Puedo saber en cuál?

—Se ofreció a ayudarnos en temas de mordeduras de perros.

—Ah, entiendo —dice ella y baja la mirada—: Sebastián es todo un experto, sí.

El hecho de que lo tutee me pone en alerta, al igual que a Olga.

—¿Lo conocía?

Georgina Porta suspira. Abre su cajón, y coge un paquete de tabaco.

Saca un cigarrillo y antes de encenderlo nos hace un gesto como pidiendo permiso, aunque no espera que se lo concedamos.

Se levanta, abre una ventana y se enciende el pitillo.

Entra una corriente de viento que la desmelena lo justo para convertirla en una escena de película.

—Señor Del Olmo, debí haberles contado esto antes —admite, y da una calada del cigarro—, Sebastián Suchowolski y yo tuvimos una relación en el pasado.

Olga lo apunta en el móvil antes de preguntar:

—¿Qué es pasado para usted?

—En la época en la que intentó matar a mi padre. Estuvimos más o menos un año saliendo.

—¿Su padre lo sabía? —pregunto.

—Se lo imaginaba.

—¿Y nos señaló su nombre por algún tipo de venganza? —Olga no mide sus palabras.

Georgina se vuelve, y la mira con severidad.

—No, inspectora; se lo dije porque intentó matar a mi padre.

—Eso no es lo que él afirma.

—Claro, no lo va a admitir así por las buenas —replica Georgina—, pero un juez ya lo condenó por ello, así que son hechos, no su opinión.

Parece que hoy es el día en el que nuestros investigados nos van a revolcar por todas partes.

—¿Y por qué nos lo dice ahora? —pregunto.

Da otro par de caladas, profundas, echa el humo hacia la ventana, el viento se lo devuelve y tiene que mover la mano para apartarlo de su cara en un gesto torpe.

—Porque estoy convencida de que él está implicado —dice—. No es normal lo del ataque de los perros, lo de la muerte violenta, lo de los otros hombres relacionados con mi padre muertos de una forma parecida.

Olga me mira; no sabe qué decir, ni yo tampoco.

—¿Tiene algo más contundente que nos pueda reforzar esa teoría?

Georgina se queda callada. Vuelve a fumar.

—Me llamó poco después de que ustedes lo visitaran.

—¿Y qué le dijo?

—Que si yo los había mandado allí. Le dije que no, que había sido él mismo cuando había intentado matar a mi padre hace diez años.

—¿Hablaron algo más?

—Se puso violento.

—Defina «violento» —dice Olga.

Georgina cierra la ventana; vuelve a su escritorio y apaga el cigarro.

—Me dijo que era una rencorosa de mierda y que no volvería a la cárcel,  al talego como él lo llama, y que, antes que volver, se llevaría por delante todo lo que hiciera falta.

Olga apunta en el móvil al mismo tiempo que pregunta.

—¿Podría indicarnos el número de teléfono desde el que la llamó?

—No sé, sí, supongo.

—¿Podría hacerlo ahora?

Georgina mira en el móvil; busca en su lista de llamadas y tras un minuto me enseña el número.

—Creo que es este —dice.

—¿Cree o está segura?

Vuelve a revisar su teléfono; se fija en un calendario que tiene en el escritorio y me mira.