El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Florentino
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Florentino

P or mucho que odies a una persona, no es legítimo desearle la muerte. Sí, nuestras tripas nos lo piden en algunas ocasiones, pero eso no quiere decir que sea lo correcto.

—¿No va a responder a la pregunta? —insiste Olga.

Laureano la mira, y se acerca a ella. ¿Quiere intimidarla? Olga le saca media cabeza. No es fácil de intimidar a mi compañera.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Su pregunta.

La subinspectora le aguanta la mirada.

—Laureano, eso lo pone en una posición comprometida.

—¿Por qué? Ya le he dicho que es imposible de que yo estuviera en el lugar donde lo mataron.

A no ser que lo mataran aquí en el pueblo.

Y por lo que pone en el periódico fue en el Manzanares.

Que yo sepa el Manzanares es afluente del Jarama y no al revés.

Yo no es que tenga muchos estudios, pero un cuerpo que se tire al río aquí no creo que suba hasta Madrid.

Con esa lógica pretende molestarnos. Y lo consigue.

Listín había confirmado que ninguno de los teléfonos registrados a nombre de los Ortiz-Melgar estaban en el lugar de aparición del cuerpo de Porta, ni en el del rapto.

Nuestras pesquisas allí han concluido. Ese hombre odia con todo su ser a Armando Porta, pero eso no lo convierte en culpable. Al menos no tenemos nada contra él.

—Muchas gracias por su amabilidad, Laureano —digo antes de enfilar de nuevo el camino de grava hasta la salida.

—Tengan respeto con Florentino; no lo está pasando bien.

Dicho esto, vuelve a hundir su cara en el motor de la máquina que inspeccionaba.

Volvemos por el mismo camino, y los otros dos hermanos siguen enfrascados en una pequeña discusión.

Por lo poco que podemos escuchar, José lo está convenciendo de vender la máquina que maneja, pero Hipólito se resiste.

Debe de ser esa de la que nos habló el día que lo visitamos, a la que le puso un hombre.

—Inspector, ¿a qué es guapa mi ReVo?

—Impresionar, impresiona —le concedo.

—Y este animal la quiere vender. —Señala a su hermano.

José resopla, y le pide que no nos moleste con sus tonterías.

Nos acompaña a la oficina y nos facilita la dirección de Florentino, y nos vuelve a pedir el mismo respeto que Laureano.

Nos despedimos, y José nos dice que no hace falta que llamemos antes; que, si necesitamos cualquier cosa, podemos ir cuando queramos.

—Aquí no tenemos nada que ocultar, inspector —sentencia.

Olga y yo le damos la razón. No ocultan ni los deseos de asesinar a quien les mandó a la ruina.

Cogemos el coche, y vamos a la dirección que nos indica José.

Es un pequeño chalet adosado en el acceso al pueblo.

Olga sale del coche y llama. Tardan en contestar pero, ante la insistencia de la subinspectora, alguien abre la puerta.

Florentino Ortiz-Melgar es un hombre enjuto; no medirá más de un metro sesenta, pero parece que tiene la mala hostia concentrada por el gran tamaño de su cuello.

—¿Florentino?

Él emite un gruñido parecido a un sí. Olga se identifica y lo invita a acompañarla al coche donde yo espero.

—MariCarmen, echa un vistazo al niño, que tengo que salir un momento.

Florentino acompaña a Olga. Bajo la ventanilla, y lo saludo.

—Buenas tardes, Florentino. Soy el inspector Del Olmo .

—Ya lo sé, ¿qué quiere?

Me sorprende que sepa quién soy si nunca me ha visto, pero entiendo que sus hermanos lo han prevenido sobre mí.

—Aquí la subinspectora le va a hacer una serie de preguntas.

Su declaración coincide punto por punto con lo que sus hermanos han dicho ya por triplicado.

—¿Puedo saber qué le ocurre a su hijo, Florentino?

—Nada —responde seco.

Sopeso bien mis palabras.

—Florentino, como padre de dos hijos preadolescentes, le digo que no es ninguna vergüenza pedir ayuda cuando se necesita.

Cruzamos las miradas; me dan ganas de explicarle que mis hijos también tiene problemas. Me ayudaría a empatizar con él. Quizá no tenga nada que contarnos; su coartada y su teléfono móvil parecen descartarlo. Pero no sería bueno olvidarlo del todo.

—Usted no tiene ni idea.

No pierdo la compostura. Me ahorro las palabras sobre mis hijos.

—Florentino, ¿usted se alegra de que haya muerto Armando Porta?

Volvemos a cruzar miradas. Abre la boca con la intención de decir algo. Pero calla.

—¿Florentino? —pregunta Olga.

—¿Puedo irme ya?

Asiento.

Se marcha y, cuando cierra la puerta de su casa, nos dedica una última mirada.