Laureano
L lamo a Matilde, otra vez, camino de la empresa de los Ortiz-Melgar.
Sigue sin dar señales de vida. La he llamado más de cinco veces, y el teléfono ha pasado de dar tono a no darlo.
Contacto con su diario, y me dicen que ha pedido unos días libres por el excesivo trabajo que le ha dado la publicación de la noticia de Los papeles del Atlas.
Olga conduce sin decir nada. En la radio del coche, suena Radio Clásica.
Es sabido que varios psicópatas, a lo largo de la historia, fueron grandes amantes de la música clásica, y ella se empezó a aficionar de tanto escucharla.
Llegamos a la empresa de los Ortiz-Melgar alrededor del mediodía.
Nos encontramos a la secretaria fumando un cigarro en la puerta de la oficina. Al vernos, coge su móvil y marca.
— Jose —dice poniendo la acentuación en la o en lugar de la e, lo cual indica un trato familiar o amigable—, están aquí los civiles.
Ella se lo comunica, y escucha la réplica de José. Cuelga.
—Allí al fondo están José y Laureano; están revisando una máquina. Me ha dicho que pueden pasar ustedes solos.
—Gracias —le decimos.
—¿Los acompaño? —pregunta desconfiando de mi pericia.
Levanto la mano y la muevo, indicando que no es necesario.
Nos adentramos en ese pasillo de tierra con varias máquinas de la construcción en cada lado.
Quizá estos armatostes no deberían estar aquí, sino en alguna obra y luego me doy cuenta de que la crisis las tiene allí paradas y de que es muy posible que Porta tenga algo que ver en que lo estén…
por mucho tiempo que haya pasado. El calor es de justicia: más de veinticinco grados, que para estar en marzo son muchos grados.
Me sudan hasta las pestañas porque voy demasiado abrigado, pero me da pereza quitarme la americana.
Cuando vamos por la mitad del camino, una de las máquinas se mueve hacia adelante, y le falta poco para arrollarnos.
Olga grita que tengan cuidado, y de la cabina se asoma una cabeza con una cara que nos resulta familiar.
—Disculpen, señores guardias, no los he visto. ¿Están bien?
Es el menor de los Ortiz-Melgar; lo saludo con el pulgar en alto.
Él nos señala el lugar donde se hallan sus hermanos.
Continuamos nuestro camino y, unos veinte o treinta metros más adelante, vemos a dos hombres de mediana edad, de espaldas, debatiendo algo junto al capot abierto de una excavadora.
Nos oyen llegar por el ruido que hacemos sobre la grava y se dan la vuelta.
Veo por primera vez el rostro de Laureano.
Es un rostro duro, marcado por una cicatriz en la barbilla, que bien pudo ser de la infancia o de alguna pelea de adolescente.
Tiene un ojo extraño, como blanquecino. A medida que me acerco, me doy cuenta de que por ese ojo no debe tener mucha visión porque una especie de tela blanca con algunas venas le cubre gran parte de la pupila.
Más adelante, Olga me informará que es una afección ocular con el curioso nombre de pterigión.
—Buenos días —dice también José—, ¿me requieren para algo?
—¿Dónde está Florentino? Le pedí por teléfono que necesitábamos hablar con él.
—Lo siento, agente, otra vez su hijo. Ya le dije que tiene problemas.
—Dígame su dirección, y vamos cuando terminemos aquí.
—Se la apunto y se la doy al salir .
José se excusa y se marcha dando voces a Hipólito, que maneja la máquina excavadora con la que casi nos arrolla.
—Señor Laureano, debo hacerle unas preguntas de rigor —dice Olga.
Le expone las cuestiones del protocolo que tenemos establecido, y él nos cuenta lo mismo que nos contó su hermano: que estuvo en esa barbacoa y que ya nos dio su teléfono.
El tono de Laureano no es amigable, pero tampoco muestra reproche.
Es el de un hombre acostumbrado a que lo juzguen por su apariencia física, y cansado de ello.
—Señor Ortiz… —digo.
—Ortiz-Melgar, o Laureano, lo que prefiera —me interrumpe.
—Laureano, ¿cree que podrían haber acabado con la vida de Porta en aquella tentativa extraña hace unos años?
—Si llega a pasar por donde estaba yo, sí —contesta sin vacilación.
—Entonces, está diciendo que usted lo hubiera matado —pregunta Olga.
Laureano se gira hacia ella e insiste:
—Sí. —La subinspectora apunta en su teléfono móvil. Voy a decir algo, pero él se adelanta.
—. En aquel momento.
Se queda callado, como con ganas de seguir hablando, pero no lo hace.
—¿Y en este momento?
No responde; se da la vuelta, y observa a sus dos hermanos discutiendo.
—¿Laureano?
No contesta. Apoya el pie izquierdo un poco más adelante que el derecho, como si tomara posición para salir corriendo en una carrera. Se arrepiente, y se gira de nuevo hacia nosotros.
—Me alegro de que lo hayan matado.