El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Favores
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L e pido al comisario que me deje pincharle el teléfono a la hija de Porta. Se niega en rotundo. No voy a enzarzarme en una pelea dialéctica con él; voy a hacerle caso como buen subordinado y escuchar con atención a la herederísima. Luego ya veré si hablo con la jueza Torres sin pasar por su aro.

Antes de irnos, Olga expone de nuevo su teoría sin contar conmigo.

—Comisario Alamillos, vamos a seguir con los investigados que tenemos hasta ahora.

Luis está con todo el tema de rastreos telefónicos, y el resto del equipo ayudándolo y mirando cámaras de seguridad.

Pero la clave está en la relación de las tres víctimas, los Papeles del Atlas y sus negocios opacos.

Y en algo más que trasciende a todo eso.

—¿Qué más?

—Tengo que consolidar mi teoría antes de exponérsela, mi comisario.

—Entonces, cuando la tenga consolidada, viene con ello; no me tire la piedra para esconder la mano, subinspectora.

—Perdone, mi comisario, pero aquí los únicos que esconden son ellos: es más que obvio  que los tres tenían una relación comercial.

—Repito: cuando tenga algo más sólido, me lo trae. Tiene mi puerta abierta.

—Gracias, señor comisario —digo mientras invito a la subinspectora a marcharnos .

Nos despedimos de Alamillos, y nos dirigimos hasta la sala de nuestro grupo. Olga no habla; está mosqueada, pero quiero creer que no conmigo. Se sienta en su mesa, y se pone a trabajar en el ordenador.

Yo me voy a mi despacho y aviso a Listín para que venga.

—Luis, trae tus gafas aquí.

Mientras espero, llamo por teléfono a Matilde, pero no me lo coge.

Cuando llega Luis, le informo:

—Nos van a autorizar, supongo, a que pinchemos la línea de un par de personas. Va a suponer aún más trabajo en el tema de las escuchas, ¿necesitas alguien que te apoye?

—Pues claro, jefe; ya estoy bastante hasta arriba.

—Me llamas a alguno de los asistentes de la BIT, ¿puedes? —digo, y él se encoge de hombros—. ¿Sigues con otras tareas, aparte de lo nuestro?

—Obvio, con lo del seguimiento de posiciones de los móviles no me dejáis vivir —se queja—.

¿Tú sabes la cantidad de datos con los que tenemos que lidiar?

Ya le he pasado al equipo más de trescientos números para rastrear llamadas y para cruzar posiciones.

Solís e Insausti están hartos. A ti no te dicen nada, pero a mí me tienen frito a indirectas.

Créeme que son muchos números, porque se hacen muchas llamadas y muchos mensajes.

Y el programa nuevo es mejor, pero hay que cogerle el tranquillo. Y encima las escuchas, y las cámaras…

—Me hago cargo, Luis. Ten a mano los teléfonos de estas personas —le entrego un papel— y, en cuanto consiga la autorización de la jueza, le pides a tu asistente que te apoye.

Y, cuando lo tengas todo listo, me avisas que yo mismo me puedo encargar de algunas escuchas —.

Listín se encoge de hombros y se levanta—.

Luis, sé que es meterte presión, pero tu trabajo es lo único sólido que tenemos ahora mismo.

Él asiente, y se marcha a trabajar.

—Por cierto, jefe. La posición del móvil de Roger el día de su asesinato revela que fue de un gimnasio a su casa. Lo he subido todo al sistema .

No me da tiempo a darle las gracias. Llamo a Toribio

—Lucas, dos cosas: mira en el sistema el gimnasio al que acudió Roger el día de su asesinato. Listín lo ha subido. Llamas y pides las grabaciones de seguridad de las cámaras. Y la segunda: me vas buscando informantes de esos guapos que tú conoces

—A la orden, jefe.

Olga entra en el despacho.

—Vamos a comer algo, y después visitaremos a los Ortiz-Melgar y a la hija de Porta —dispongo.

—Ya sabes que yo no estoy de acuerdo y que estamos perdiendo un tiempo valioso. No me has apoyado mucho con Alamillos.

—Olga, te digo exactamente igual que el comisario…

—Vale, no me lo repitas. Con lo que tenemos, se puede encargar el resto del equipo. Si después de las visitas que hagamos tú y yo esta tarde no sacamos nada en claro, me voy a poner a trabajar en lo mío. Si consigo algo, ¿me apoyas de verdad?

—Por supuesto, ya lo sabes.

—Entonces vámonos a perder el menor tiempo posible.

Hace especial énfasis en «perder el tiempo». Cuando la subinspectora quiere tocarme la moral, lo consigue a conciencia.