El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Los papeles del Atlas
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Los papeles del Atlas

Así los ha llamado la prensa, en concreto, el diario de Matilde, que es el que se ha encargado de dar todos los pormenores de la operación en español.

Tal como dijo ella, otros medios internacionales han publicado también la noticia, en papel y en digital.

Después del adelanto de la competencia a instancia nuestra, no han querido que otros periódicos o televisiones especularan con la investigación y se les fuera todo al garete.

Salen a la luz dos nombres que captan poderosamente nuestro interés: Porta y Pereira.

De momento, Roger no aparece. Según la información publicada, ambos empresarios tienen una sociedad opaca con sede en Gibraltar.

No se han buscado ningún paraíso fiscal lejano: lo tenían bien cerca, a unos sesenta kilómetros de una segunda residencia que Pereira tiene en Marbella, residencia que se cita en dichos papeles y que, según la información, podría haberse construido de forma ilícita sobre el terreno recalificado de un bosque quemado.

Por el camino Olga pregunta:

—¿Me vas a dejar insistir al comisario con mi teoría?

—Sí, pero debemos seguir con el protocolo de los investigados que tenemos hasta ahora. Hay que buscar algún informante de fiar .

Olga tarda en responder. Busco sus ojos en el retrovisor, pero ella rehúye la mirada hasta que por fin se decide:

—De acuerdo. Por cierto, ha llamado la hija de Porta. Quiere que vayamos a verla; tiene algo importante que contarnos.

—¿Y por qué no viene ella?

—Porque ya sabes cómo es esta gente. Salió escaldada cuando encerramos a su hermano y no quiere pisar por la brigada.

—Esta tarde vamos, después de hablar con el comisario.

Llegamos a comisaría. Vamos directos a su despacho sin pasar por la oficina del grupo.

Olga ya lo tiene todo preparado. Se ha levantado a las seis de la mañana cuando la edición digital acababa de publicar la información, y ha estado buscando las posibles conexiones del caso Atlas con el nuestro: los crímenes de los cuatro elementos.

El diario se hace eco del nombre que le hemos puesto, y deja caer que puede estar todo relacionado.

—Tenemos una clave crucial en estos negocios opacos de las víctimas, señor comisario —avisa ella.

—Tengo el teléfono que echa humo, subinspectora Saavedra —protesta Alamillos.

El comisario apenas me dirige la palabra.

Está convencido de que el salto a prensa de nuestro caso va a perjudicarlo.

Y la verdad es que ya me da igual su imagen.

No ha intercedido con mis súplicas de más personal y más medios hasta que no se topa con la noticia publicada de los crímenes de los cuatro elementos.

Y ahora seguro que le han dado un toque de arriba, o bien Dios o Jesucristo o el Espíritu Santo.

—Señor Comisario, el culpable o culpables ya tienen lo que andaban buscando —insiste Olga.

—Sí, y ahora es más difícil que den un paso en falso, subinspectora.

—O no, o quizá, cuando aparezca el cuarto elemento, será algo tan grande que multiplique la publicidad que ya han obtenido —replica Olga—.

Necesitamos el apoyo de la UDEF y sus investigaciones sobre las tres víctimas.

Pero no un informe simple como el que nos dieron de Porta, sino meternos en las tripas de sus pesquisas.

Los papeles del Atlas tienen mucha información, pero es incompleta.

El comisario se levanta y se pasea por su desmesurado despacho, lleno de fotos con sus condecoraciones, de alguna que otra enciclopedia más vieja que sus primeros galones como oficial de policía, y de las banderas de España y de la CEE.

—Lo intenté, ya les dije que llamé a Abelardo, pero ahora en la UDEF están sobrepasados. Me ha dicho Comín que les costó casi un año tener esos informes simples, como usted los llama. Nos informarán cuando puedan.

—¿Y no serviría de acicate decirles que esa info era correcta, pero insuficiente? —digo intentando apoyar a mi compañera.

El comisario me ignora, y sigue paseándose. Vuelve a sentarse.

—Me va usted a llamar a su amiga la periodista y me la cita aquí para que charlemos amigablemente los cuatro.

—A la orden, mi comisario.

El hecho de que Alamillos cambie de tema me deja bien claro que no hay nada que rascar.

—Esta misma tarde, a cualquier hora. No pienso moverme de este despacho en lo que queda del día. Tengo mil llamadas que atender y mil explicaciones que dar.

Nos hace un gesto, invitándonos a marchar. No cabe duda de que no va a mover su cuerpo serrano nada más que para ir a pilates. Antes de irme le pido un último favor, a riesgo de que me grite, que por la rojez de sus mejillas no sería muy difícil.