Tarde en casa
L lego a casa con ganas de abrazar a mis hijos y de hundirme en un maratón de series vespertino que me haga evadirme un poco de todo.
La comida de mi mujer, un suntuoso pollo asado a las hierbas con una patata también asada, ayuda.
Me siento en el sofá, y mis hijos me proponen ver una de aventuras de un famoso ladrón francés.
La disfruto porque consiguen adaptarla a la modernidad con mucho estilo.
Por la noche beso a mi mujer y el excesivo uso de la lengua le da a entender que tengo ganas de algo más que de descansar. El sexo no me obsesiona demasiado, pero mi etapa de vida sexual activa todavía no ha terminado. Sofía me sigue poniendo cachondo después de tantos años.
—¿Qué tal llevas el caso, amor? —pregunta con su cabeza apoyada en mi pecho.
Ella no suele hacerlo, pero mis ojos gritan que algo importante me tiene absorbido.
—Bueno, demasiada presión.
—Y ahora más…
—Eso parece.
—Matilde se ha pasado esta vez, ¿no?
La miro; ha leído las noticias, y ha atado cabos. Sus labios forman una mueca que no llega a ser una sonrisa, sino un gesto de cariño.
—No sé; quizá me he pasado yo también.
Antes de que me haga preguntas, le cuento lo sucedido con el comisario sin entrar en detalles del caso. Ella primero se asombra y después sonríe.
—Como se enteren los niños de estas peleas, van a alucinar.
—Tú no les digas nada por si acaso; sería demasiado suculento.
Reímos.
—¿Y qué tal tu compañera?
—Pues agobiada, como yo.
—Me refiero a la relación con Matilde.
—No sé a qué te refieres, Sofi.
—A ver, ¿tú no me has dicho que Saavedra no tiene novio y que piensas que puede ser de la otra acera?
—¿Yo?
—¡Ay, madre mía! Tú, claro que tú.
Busco en mi memoria el momento en el que le conté eso a Sofía, y puede que haya sido algún día que estuviera pasado de cervezas y haya surgido el tema. Y creo recordar que, si lo hice, fue para quitar cualquier suspicacia de celos.
¡Claro, por eso la trata tan bien y no se mosquea!
—Es lo que dicen algunos compañeros, pero yo no tengo ni idea; no sé, no lleva tanto tiempo en el grupo como para tener esa confianza conmigo. La vida privada es cosa de cada uno.
—Ya.
No sé interpretar ese «ya» de mi mujer. Una palabra monosílaba que puede enunciarse de demasiadas formas con significados distintos.
Para zanjar el debate, vuelvo a buscar la boca de mi mujer.
Y también el cuello y todo lo que sigue.
Después del segundo orgasmo, caigo exhausto.
Pero, a pesar de sentirme relajado, me siento tan cansado que me cuesta conciliar el sueño.
Sofía me abraza y, poco a poco, contando hasta siete e inspirando profundo, logro caer rendido.
La última hora que consigo ver en el despertador son las dos de la mañana.
Al día siguiente, pago las consecuencias del placer y del cansancio y no me despierto hasta las nueve y media.
Alguien aporrea la puerta de mi dormitorio y le digo alguna frase obscena pensando que es mi mujer.
Me estoy destapando cuando veo entrar a la subinspectora Saavedra; me vuelvo a tapar de inmediato.
—¡Joder, Del Olmo! —grita Olga dándose la vuelta—. Haz el favor de vestirte y me acompañas corriendo a la Brigada. Hay novedades.