Venganza malentendida
—E res un sinvergüenza asqueroso; no me vuelvas a dirigir la palabra en tu puta vida. —Matilde Maturana ladra al teléfono, al que le tenemos puesto el altavoz, y en el que estamos grabando la conversación.
—Matilde, lo siento. Son órdenes de arriba —me excuso—. Después del escándalo, tuve que dar explicaciones.
—¿Explicaciones? ¿Tú sabes que has puesto en peligro mi vida, gilipollas?
—A ver, Matilde, sosiega. La noticia que se ha publicado en la competencia no da nombres, ni menciona a ningún otro periodista. Solo deja caer que hay una investigación y nos cita como fuente. No te pongas en plan conspiranoico .
—Vete a la mierda, Del Olmo.
—Está bien, entiendo tu enfado. ¿Tú entiendes el mío?
—Que yo no he filtrado nada; te lo he jurado mil veces. Que esa información que ha publicado sucesos no es por mis informaciones; que no sé qué coño ha podido pasar.
—¿No es demasiada casualidad que la noticia saliera en tu periódico, no en el de la competencia, no, tan solo unas horas después de que te contamos de qué iba nuestra investigación? —interviene Olga.
—Disculpa, subinspectora, pero estoy hablando con el inspector. Me vas a permitir que siga hablando con él.
Matilde está muy aguda apelando a los cargos de cada uno, y Olga no tiene más remedio que callarse.
Por orden del comisario filtramos a un diario de la competencia del de Matilde que varios medios internacionales están realizando una investigación a escala mundial a políticos y a empresarios.
Sin dar demasiados detalles, porque tampoco los tenemos.
Sin embargo, el hecho de que venga de una fuente como la policía, otorga mucha credibilidad, y la noticia trasciende a todos los medios.
Si el día anterior los telediarios abrieron con la relación entre los crímenes de los tres famosos empresarios, en el día de hoy abren con esta noticia.
—Nadie sabe de tu reunión con nosotros, Matilde, no tienes por qué preocuparte.
—Te lo repito por última vez para que te quede claro: yo no he filtrado nada a mi periódico sobre lo vuestro con Porta y con los otros dos.
Si me preocupo, es porque es posible que alguien os estuviera siguiendo y nos hayan escuchado hablando en el restaurante.
Ahora vete un poquito a tomar por culo y no me vuelvas a llamar más.
Como me pase algo, caerá sobre tu conciencia.
—Matilde, te puedo poner protección si quieres…
Me cuelga con la palabra en la boca, y Olga me dedica una mirada compasiva.
Me pone la mano en el hombro como diciendo: «calma, estoy contigo y, en el remoto caso de que eso pudiera ocurrir, yo también asumo mi culpa».
Pero las palabras de Matilde me dejan descolocado, y el compañerismo de Olga no me ayuda mucho.
Si hay algún responsable de esto es el comisario y su obsesión con vengarse de la periodista y de su diario.
Volcar las culpas sobre Alamillos tampoco me ayuda a sentirme mejor.
—¿Crees que alguien nos podría estar siguiendo? —pregunto.
—No lo creo, la verdad.
—Por si acaso vamos a estar más al loro; díselo al equipo.
—Lo haré. ¿Por qué no te tomas el resto del día libre?
Ya es tarde para ir donde los hermanos Ortiz-Melgar, y también para hablar de nuevo con Atilio Pereira.
Mientras esperamos que el comisario obre su magia con la UDEF, lo que nos traigan Toribio y los demás, y lo que pueda encontrar Listín, no hay mucho que hacer aquí.
—Quizá podría echar una mano con las llamadas —digo sin convicción.
Su mirada me invita a acatar su consejo como si fuera una orden. Abandono la brigada como un perro apaleado. La investigación está haciendo más daño del que podría esperar. Quizá he perdido a una amiga de toda la vida, y espero que la pérdida sea metafórica.