El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Misma medicina
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Misma medicina

L a primera en entrar es Olga, que lleva varias carpetas en la mano, que trata con un mimo propio de una matrona a un recién nacido; la subinspectora me otorga una mirada piadosa.

Llegan Insausti, Solís, Toribio, Pleite y hasta Listín, al que llamo en un acto de desesperación propio del que no tiene mucho que perder.

Quiero que le restriegue al comisario el ingente trabajo que exige el filtrado de las llamadas y números que las operadoras le han pasado.

—Tres crímenes rituales conectados por un mismo modus operand i y una firma muy clara.

—Saavedra entrega al comisario uno de los informes, en el que aparece la foto detalle del círculo en los tres cadáveres—.

Es una representación de la tierra. Cada una de las tres víctimas representa uno de los elementos que componen nuestro planeta: agua para Porta, fuego para Pereira y tierra para Roger.

El comisario asiente sin sorpresa porque la explicación es más que obvia.

—Cabe pensar que habrá una cuarta víctima. Cuando supimos de la segunda, estaba claro que habría una tercera y, al descubrir la forma de morir de Roger, todo parece indicarlo.

—Entiendo que el siguiente también debería ser un empresario de éxito, ¿verdad, subinspectora? —pregunta Alamillos.

Olga se encoge de hombros, y asiente. El comisario me mira y parece que, por una vez, me entiende.

—Aparte del hijo de Porta, ¿creen que alguna de las personas con las que han hablado podría meterse en algo tan grande como esto? No sé, ¿los de las excavadoras? ¿El de los perros?

—Suchowolski pudo matar a Porta en el pasado de una forma mucho más fácil y menos enrevesada.

No le veo sentido a que monte algo así. En las escuchas que le hemos puesto, no hay nada, de momento.

Está claro que el hijo de Porta no. Ya sabe lo de Martens.

Y tengo alguna duda sobre los Ortiz-Melgar, pero tampoco cuadra.

No tiene sentido que hayan matado también a Pereira y a Roger.

—¿Han investigado si estaban relaciona…?

Alamillos cae en la cuenta de su error. Está claro que están relacionados, pero para ello necesitamos la ayuda de la UDEF que le he pedido. Le clavo mis ojos y respondo yo:

—Que sepamos, los Ortiz-Melgar no tienen nada contra Pereira o contra Roger. Que sepamos.

El comisario ignora mis quejas metidas con calzador, y mira a Olga de nuevo.

—Y del hermano de Pereira, el que se tiraba a la mujer, ¿qué me dice?

—Que su coartada es firme y que en las escuchas no hemos obtenido nada. Y que tampoco tiene móvil contra Porta o contra Roger —responde Olga—. Señor comisario, tras haberlo debatido con el inspector Del Olmo, y haber contrastado la data de la muerte, es casi seguro que hay más de un responsable.

—¿Tres asesinos, subinspectora?

—Tengo la teoría de que hay alguien que coordina y otros que ejecutan.

—Señor comisario —intervengo antes de que Olga suelte lo de su teoría ecologista—, es vital averiguar quién puede ser esa cuarta víctima y para ello necesitamos la colaboración de Delitos Económicos.

Y la ayuda de mi colaboradora. Insisto. Luis, de momento, no ha encontrado nada con lo que le han facilitado las telefónicas.

Y los compañeros no paran de picar números, echarles horas a las escuchas y a las pocas cámaras de seguridad que pueden darnos algo.

Tendríamos que seguir investigando por si alguna de las víctimas tuviera algún otro teléfono no declarado, como hemos encontrado a Pereira.

—¿Algún otro teléfono? —Se sorprende el comisario.

—Sí, como Heisenberg —dice Toribio a medio tono.

Alamillos lo mira y sonríe. Parece que ha entendido la broma.

—Así que un número «culebra» —dice—. Del Olmo, pon a tu equipo a preguntar a todo Dios que conociera a las víctimas si saben algo de ese posible segundo teléfono —se aclara la garganta—. Voy a llamar a Abelardo.

Sonrío sin que se me note demasiado. Abelardo Comín es el director de la UDEF.

Si colabora, es factible que encontremos a la cuarta persona aunque, si la teoría de la subinspectora acerca de la data de la muerte de los otros tres es cierta (parece obvio que sí), no tengo muchas esperanzas de encontrar a ese cuarto en discordia con vida.

Al menos es una buena noticia, pero se me agría el carácter cuando el comisario nos pide a Olga y a mí que nos quedemos.

—Del Olmo. Yo sé que no le habrías soltado nada a tu amiga sin algo a cambio, así que dime qué tienes para darle la misma medicina —sentencia el comisario Alamillos ante mi estupor y ante el de mi compañera.