El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El cabreo de Alamillos
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El cabreo de Alamillos

L a reunión con el comisario es aún más tensa de lo que me esperaba.

La bomba mediática explota unos veinte minutos antes de exponerle que estamos en un punto de la investigación en la que nos parecemos a un hámster que da vueltas en la bola de su jaula, esperando la magia de Listín o alguna otra casualidad.

No hay ni rastro de quién puede ser la próxima víctima, que debería morir volando, o por una dosis tóxica de oxígeno o similar, algo digno del elemento Aire.

Minutos antes de dicha reunión, el comisario me llama para hablar conmigo a solas.

—¿Alguien en tu grupo ha filtrado la noticia? Y no me mientas, Del Olmo.

—Nadie de mi grupo, señor comisario, y no le miento.

—¿Entonces?

—He sido yo.

Si existiera alguna tonalidad en la gama cromática para definir la piel del comisario Alamillos, en ese momento podría tomarse una muestra y usarse para colorear las caras del Superintendente Vicente cuando Mortadelo y Filemón le hacen alguna de las suyas.

Por fortuna, no me tira por la ventana ni me aporrea con un martillo gigante (aunque, por su expresión, ganas no le faltan).

—Necesitaba la ayuda de una colaboradora porque estamos bastante perdidos. Jamás pensé que me haría esta jugarreta. Lo lamento, señor…

—Tu amiguita Maturana. No me jodas, Del Olmo, no me jodas… ¿Qué hago? ¿Te suspendo de empleo y sueldo, como amenazamos al grupo al empezar este maldito caso?

El comisario apoya su destacable culo en su mesa, y sus genitales quedan más cerca de mi cara de lo que debería.

Se pasa la mano por la cara, aunque sospecho que querría pasársela por la axila si tuviera ahí su arma reglamentaria.

Creo que, de momento, le basta con obligarme a mirar hacia arriba e intimidarme antes de echarme una bronca a su manera.

—Comisario, como usted sabe, mi colaboradora maneja mucha información. Me ha prometido algo para mañana o pasado, como muy tarde. El vínculo entre los tres crímenes tiene un nexo tan claro como es el dinero, y ya sabemos que, a esta gente, el dinero no le cae del cielo.

—Lo que me faltaba, Del Olmo… que estés haciendo conjeturas sobre el patrimonio de empresarios que son el orgullo del país. —Lo dice con cierta sorna—. Haz el favor de cerrar la boquita y hacerme alguna detención.

—En ello estamos, comisario; en ello estamos.

—Haz el favor, y llama a tu equipo; dile a Saavedra que me exponga ella lo que hay.

—Está bien, señor comisario, pero debo insistirle con Delitos Económicos; tiene usted que presionar al director de alguna forma…

—¿Presionar yo al director? ¿Pero tú no me acabas de escuchar? Del Olmo, a veces no me creo que lleves aquí tanto tiempo trabajando.

—Digo al director de la UDEF, para que nos faciliten todo lo que tengan sobre las tres víctimas. Si no podemos acudir a informadores ni hablar con la prensa…

—¿Que no puedes hablar con la prensa? Del Olmo, no me toques más los cojones… el diario de tu amiga ya lo ha publicado y medio internet se ha hecho eco. Esta noche saldrá en todos los telediarios.

—No he filtrado detalles importantes; como ve, en la noticia solo son especulaciones sin confirmar.

—Especulaciones que resultan ser ciertas y que no podemos desmentir para no hacer el ridículo. Ni mentir a la opinión pública, claro.

—Comisario, le vuelvo a pedir que me solicite prioridad absoluta a Delitos Económicos para que nos facilite lo que tenga de las tres víctimas.

—Y yo te digo que, como no haya detenciones, pronto la cosa se va a poner muy fea.

—¿Detenciones? ¿Pero a quién quiere que detenga? Si ya le he dicho que…

—Que me da igual, que presiones a los investigados, que busques en la vida de la última víctima, lo que sea. Como no hagas una detención, el DAO me va a poner en una posición en la que ni tú ni yo queremos estar.

Sopeso mi contestación unos segundos. Mencionar al Director Adjunto Operativo en el tono en que lo hace el comisario no se puede obviar.

—Está bien. Deme algo de tiempo, y tendrá su detención.

Pero escuche atentamente, comisario Alamillos: si detenemos a alguien en falso y me tiene usted que interrumpir en medio del interrogatorio porque se ha encontrado a la cuarta víctima, como en la típica novela policiaca, luego no me haga culpable de ello.

El comisario abre la boca… un par de veces, pero no dice nada y me ordena una vez más que llame a mi equipo.

—Una última cosa, ¿podemos hablar ya con informantes?

—Antes de hacerlo, me dices qué «confites» son; ahora, por tercera vez, llama a Saavedra y a los demás.