El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) La bomba
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La bomba

M atilde nos revela una bomba.

Se está realizando una gran investigación periodística a nivel internacional, con varios medios de al menos doce países, entre estos el de la propia Matilde.

Los objetivos de esa investigación son políticos y empresarios corruptos.

Nada novedoso, pero no deja de ser indignante cada vez que sale a la luz algo similar.

Y lo que se pretende es que el periodista se adelante al investigador policial, y así invertir el orden de las cosas. Aunque tampoco sería una gran novedad.

—¿No me vas a contar lo de Ibiza? —pregunta Olga, ya en el coche.

—No es relevante para la investigación, subinspectora.

—¿Y cuando acabe la investigación? Además, tenemos pendiente lo que tú ya sabes. Y no me des más excusas con lo del momento adecuado.

Clavo mis ojos en el espejo retrovisor, y Olga me aguanta la mirada.

Mi vida personal nunca ha estado en boca de nuestras conversaciones.

Quizá sea una curiosidad morbosa  (inevitable, por la forma en la que Matilde y yo hemos hecho esa especie de «pacto de sangre») lo que provoque a Olga a este extraño interés.

—Ya hablaremos entonces; ahora hay que centrarse en lo que nos ha contado, que ya es mucho.

—Bah, no es tanto. Solo nos ha dado una parte.

—Si nos diera más, ya sabes —digo mientras hago el gesto de pasarme el dedo por la garganta como si fuera un cuchillo.

—Exagera, exagera muchísimo. No ha dado nombres, ni siquiera delitos. Solo nos ha hablado de lo que están gestando. Nada más.

—Bueno, puede ser, pero una operación de ese calibre, a nivel internacional con los medios de comunicación tan grandes que ha mencionado…

—Sí pero, de ahí a que le pueda costar la vida, va un trecho. ¿Quién la va a matar? ¿Los políticos corruptos que revelen con la investigación? Siempre suelen ser de segunda fila; los más gordos nunca salen a la luz.

—¿Y el de las siglas? ¿Todo un presidente del Gobierno no te parece lo suficientemente gordo?

—Sabes de sobra que, al final, el de las siglas quedó en agua de borrajas.

—¿Y el de los brazos largos?

—¿Quién?

—El que dicen que se suicidó con una escopeta.

—Me suena, pero no lo recuerdo bien; fíjate si no será uno de los gordos que ni me acuerdo del todo. Sea como fuere, insisto: no es para tanto.

—A lo mejor, ella, por verse envuelta por primera vez en algo así, lo siente peligroso. No podemos juzgar el peligro que una persona percibe —sentencio.

Olga y yo llegamos a la brigada. Insausti está fumando en la puerta.

La subinspectora detiene el coche, y le pide el favor de aparcarlo porque tiene que arreglar no sé qué papeles antes de la reunión con el comisario.

Al oficial le falta tiempo para ofrecerse, solícito, a la tarea, por lo que me bajo del coche y le doy las gracias antes de enfilar la rampa de subida a la entrada.

Olga toma las escaleras, y nos encontramos ya dentro, donde ella vuelve a elegir las escaleras, mientras que yo el ascensor.

Está muy en forma, y me molesta un poco que me abandone, aunque sea unos segundos.

La reunión con el comisario va a ser temible.

No tenemos gran cosa que ofrecerle y de momento no podemos hablarle de la investigación confesada por Matilde.

Ni tampoco de la teoría de Olga. Por el contrario, tengo mucho que pedirle, y esta situación es la que un simple inspector como yo quiere evitar a toda costa: deberle favores a un superior.

Olga está en su escritorio tecleando a velocidad de hiperespacio.

—¿Algo que debamos repasar antes de entrar a partirnos la cara con Alamillos?

—Estoy recopilando todo; dame unos minutos.

La dejo tranquila, y me dirijo a mi despacho.

Queda media hora para la reunión con el comisario, y tengo la intención de emplearla cerrando los ojos los diez minutos diarios que necesita mi cerebro para proseguir las tareas en la jornada vespertina.

No me quiero hartar a Red Bulls por aquello de las recomendaciones desde el punto de vista cardiológico. Y con el corazón no se juega.

Cuando voy por el segundo minuto de ojos cerrados, la puerta de mi despacho se abre sin llamar. Y esto solo lo tienen autorizado tres personas en la Brigada: el comisario, el inspector jefe y Olga. Si interrumpe mis diez minutos de siesta, es que hay algo gordo que contar.

—Tu amiga es una hija de puta de las buenas.

Abro los ojos y, por las palabras de mi compañera, me hago una idea de lo que pasa.