El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Teorías
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Teorías

S i había un momento para que ella se mostrara suspicaz, ha elegido el mejor.

—Teína y azúcar, estimulantes de la mente —dice Sofía—. ¿Todo bien por aquí?

—Sofi, si los niños te han mandado de avanzadilla no es el momento —protesto.

Mi mujer se tapa la boca como haciéndose la ofendida.

—Os dejo con vuestras cosas de maderos.

Se va, y yo respiro un poco más tranquilo.

—Teorías, subinspectora.

—Más de una persona; me atrevería a decir que mínimo tres.

—¿Por qué tres?

—La data de las muertes. Según Paz, Porta murió el fin de semana del veinticuatro al veintiséis de marzo. Pereira la noche del veintiocho al veintinueve, y Roger, el día treinta.

—Tiempo hay; no son simultáneos.

—No, pero tirar el cadáver de Porta al Manzanares la noche del domingo y raptar a Roger la mañana del lunes… Torturarlo durante dos días e ir a por Roger justo después…

Me toco la cara porque, aunque viable, es difícil.

—Entonces, no nos enfrentamos a un solo asesino, sino a un grupo.

—Yo creo que hay una cabeza pensante y unos ejecutores.

—Tu cabeza sí que es pensante, subinspectora —digo, clavando mis ojos en los suyos .

Ella sonríe, y parece que, incluso, se ruboriza. Para atajar la situación prosigue.

—Megalómano, narcisista y con recursos económicos.

—Las dos primeras te las compro; se supone que los asesinos se parecen a sus víctimas.

—Siempre que parecerse signifique ser la cara opuesta de la misma moneda, sí.

—De acuerdo, y lo de que es alguien con dinero, ¿por qué?

—Planear estos crímenes no se hace en el descanso del bocadillo.

—¿Y?

—Pues que debe de ser alguien con el suficiente tiempo libre para orquestar toda esta cacería. Dime, Del Olmo, ¿en todos tus años de carrera has visto algo parecido?

Callo. Tiene razón; quizá sea lo más extraño y complejo a lo que me he enfrentado.

Complejo no por la dificultad del caso, sino por todo lo que lo rodea: ese silencio mediático impuesto, esas limitaciones en cuanto a personal y, a la vez, esos grandes recursos tecnológicos que disponemos lo convierten en un caso extraordinario.

—Te concedo lo de la complejidad del caso, pero sigo sin ver lo de que sea alguien con dinero. Es más que probable que los esté matando por dinero. ¿No crees?

—En la casa de Roger no falta ni una botella de whisky de las de doce años que tenía en un aparador bien visible.

—¿Y no te has planteado que el dinero de esta gente esté en otro sitio?

Olga sonríe. Debo de haber dicho algo que estaba esperando.

—¿Qué ocurre, subinspectora? No juegues conmigo. No en este caso.

—Dijiste, no hace mucho, que esta gente no tenía por qué estar delinquiendo por el hecho de que sus familias pidieran tanta discreción.

Touché . Me la ha clavado hasta el fondo.

Lo estaba buscando, y ha conseguido lo que quería: que me doblegue.

Intento que no sea tan evidente y le doy un par de aplausos sin golpear con fuerza las manos, como los que se dan por cortesía después de presenciar un espectáculo que no te ha gustado mucho.

—Está bien. Entonces, una vez más, hay que tirar de Delitos Económicos. Lo malo sabes qué es, ¿no?

—Ilústrame.

—Que va a ser lento, muy lento. Tan lento que el comisario nos despide antes de que le insistamos en esa vía de investigación.

—¿Y eso por qué?

—Porque, después del primer informe de los enemigos de Porta, y después de todo lo que rodea a este caso, cualquier filtración les puede joder sus investigaciones.

—¿Y el señor comisario no aligeraría esa lentitud?

—Quizá, mañana mismo se lo pido. Pero, insisto, aparte de la influencia que tienen con el tema político, se les va a juntar con lo que les salpica de este caso. Y el jefe va con pies de plomo por ambos temas.

Olga se muerde el labio de pura rabia. Suspira y por fin habla.

—¿Qué pasaría si hubiera otra línea de investigación que aún no hemos barajado?

—Dime, Saavedra.

—Yo tengo otra teoría. Creo que es bastante evidente y que deberíamos ponernos con ella ya mismo.

—Dispara ya.

—Ecologismo. Asesinatos por un móvil ecologista.

—Explícate.

—La firma. No he conseguido saber cómo la hacen, pero sí he encontrado información sobre lo que representa.

—Parece obvio lo que representa, ¿no?

—Sí, pero no que se haya usado un símbolo parecido para reivindicar algunas acciones llevadas a cabo por grupos ecologistas.

Olga me enseña un par de imágenes en su móvil donde aparece un símbolo muy parecido a la marca de nuestras víctimas. Ambas imágenes corresponden a pintadas por parte de grupos ecologistas .

—Bueno, tiene su lógica —concedo.

—Tiene mucho más que lógica. Aparte de esto, están los cuatro elementos…

—Espera, Olga. ¿Es una teoría que rumia tu prodigiosa mente, o tienes un informe hecho con indicios?

—Del Olmo, no me fastidies. Si es un grupo ya organizado, es mucho más fácil coordinarse para cometer los asesinatos de forma casi simultánea.

—No te fastidio, subinspectora. Si quieres tirar por esa teoría tuya, que, de partida, tiene sentido, primero reúneme todos los indicios y elabórame un informe. Mientras tanto hay que seguir las líneas que tenemos ahora.

Se produce un silencio. Ambos nos echamos hacia atrás en nuestras sillas. Nos tomamos el té y ella se come un bombón mientras consulta su móvil. Yo miro las fotos. Pasan unos minutos y levanto la cabeza para fijarme en su cara. Ella está embutida consultando su teléfono y no me devuelve la mirada.

—Subinspectora, ¿a ti te gusta el cine clásico?

—No está mal. ¿Por qué?

—Es por otro asunto que me ronda la cabeza, pero que de momento no te voy a contar porque…es un poco peliculero, y no quiero que el comisario se entere

—Yo no voy a decir ni pío.

—Lo sé, pero prefiero darle otra vuelta antes de contártelo.

—Como quieras, ¿por eso lo del cine clásico, por lo de peliculero?

Afirmo.

Callamos de nuevo.

—Mientras tanto, picaremos teléfonos, cámaras y meteré presión para ver si la UDEF se estira.

—¿Y qué hay de tu amiga?

Me encojo de hombros; no sé a dónde quiere llegar. Ella arquea las cejas.