El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Palabras con palabras
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Palabras con palabras

—S i te atacan con palabras, te defiendes con palabras, ¿entendido?

Carlos repite el movimiento de cabeza hacia arriba y hacia abajo. Yo miro a su hermano.

—Eso va también por ti, ¿de acuerdo?

—Que sí —responde Víctor.

—Si el chico ese vuelve a provocarte, lo primero que tienes que hacer es ignorarlo. Si insiste, le dices que no tiene ni idea de lo que es ser policía, que ha visto demasiada televisión.

—Es un gilipo…

—Carlos —lo interrumpo, sin gritar, y miro hacia la puerta para verificar que su madre no lo ha oído —. Basta de tacos, hombre.

—Perdón.

Sigue con la cabeza agachada; me acerco aún más y le doy un abrazo, fuerte, que me corresponde con dudas.

—Recuerda: palabras con palabras, ¿estamos? —Miro a su hermano—. Y tú estate al loro de lo que pasa.

Víctor resopla, y se da la vuelta en su cama.

Les doy un beso a los dos, las buenas noches y salgo del cuarto.

Sofía está en el pasillo; me mira, me pone la mano en el hombro y me da un beso antes de encerrarme en mi despacho con Olga.

Da pared con pared con la habitación de matrimonio, donde mi santa lee en la cama.

Nos sentamos en mi escritorio.

—¿Como en los viejos tiempos? —digo .

—Bueno, seis meses no es tanto…

—Te vacilo, subinspectora

—Lo sé, inspector —responde —. ¿Todo bien con tus hijos?

—Sí, cosas de niños.

Nos miramos a los ojos, y se produce un pequeño silencio. Olga, al escuchar esas palabras, entiende que es mejor apartar el tema.

Nos metemos en materia. Han pasado seis meses del caso VERTE.

Entonces, Olga y yo nos reunimos una tarde en mi casa revisando las evidencias físicas.

Pero la tarde dio paso a la noche, en la que analizamos el perfil del que podría ser el inductor de los crímenes.

A pesar de que la silla fue la clave para detener al cómplice, llegamos al autor, al oftalmólogo, por el perfil psicológico que fuimos capaces de dibujar: persona acostumbrada a estar arriba en una jerarquía como la sanitaria, con algún tipo de carencia profesional porque, a pesar de la importancia de la oftalmología, no es una especialidad que salve —o quite— vidas, y una obsesión por la perfección muy común en muchos médicos.

Esas tres características nos llevaron hasta el médico, tanto como el dato de la silla hasta el cómplice pero, para el resto de compañeros, para mis superiores y para la prensa, fue mucho más jugoso el hecho de la evidencia física.

En la Unidad de Análisis de la Conducta, se están haciendo grandes progresos en este campo, pero el tema de la perfilación criminal en España todavía sigue siendo cosa de la ficción televisiva, cinematográfica o del FBI.

Quizá exagero, pero a la vieja escuela le cuesta.

Es uno de los principales motivos que me enfrentan a mi inspector jefe (que en su baja descanse).

Menos mal que al comisario sí lo hemos metido en vereda entre la UAC, Olga y yo, y por ello nos da un poco de manga ancha.

Pero nos la da cuando hay tiempo. Y, en este caso, no es lo que nos sobra.

Todo lo que repasamos es lo que Olga le ha contado al grupo en la brigada. Estamos analizando al que hemos llamado «El asesino de los cuatro elementos».

Toribio tiene razón; suena a serie de Netflix. Pero de momento se queda en el nombre de la operación policial que tenemos en marcha.

Con todas las pruebas físicas sobre el escritorio, parece bastante obvio que esa teoría de los cuatro elementos es certera.

Un asesino en serie con un modus operandi claro y con una firma meridiana.

Ese círculo incompleto que marca las dos y las ocho, que simula a nuestro planeta.

Este punto del rompecabezas es el que más me perturba.

—¿Cómo coño ha hecho estas marcas?

—No lo sé; ni el forense ni los de la Científica tiene una teoría clara. El doctor cree que puede ser algún tipo de pigmento y a los de criminalística les cuadra más algún tipo de quemadura —dice Olga.

—¿Y tú qué piensas?

—Que en el término medio está la virtud.

—Explícate.

—Puede que el culpable use algún tipo de químico y algo caliente para que se fije en la piel.

—¿Te has informado de ello?

—No, solo lo he deducido.

—¡Genial, Saavedra, genial!

—¿Y qué quieres, Del Olmo? En esto estoy tan perdida como tú. Si ni el mejor laboratorio de Policía Científica del país tiene una explicación, imagínate yo.

Arqueo las cejas y con una media sonrisa arrugo el labio hacia arriba. Ella resopla, y no me aguanta la mirada.

— Listín debería darnos una pista de la que tirar —dice.

—Vaya, ¿ya te rindes tan pronto de tus habilidades?

—No es rendirme, pero es cierto que la presión va en aumento, y el caso va demasiado deprisa. Necesito más tiempo para pensar.

—Presiones es poco: ayer la viuda, la herederísima, y el hijo mediano llamarían a Dios, y este debió de llamar al Director Adjunto Operativo, y ya sabes al siguiente que llamó el DAO.

—Pobre Alamillos

—De pobre nada. —Sonrío y vuelvo a lo que nos atañe—. Bueno, no te ha hecho falta mucho para elaborar la teoría esta de los cuatro elementos.

—Eso ha sido sencillo; hasta Insausti se habría dado cuenta.

Sonreímos los dos, y nos volvemos a mirar. En ese instante entra mi mujer con dos tazas de té y unos bombones.