El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Cena en casa
46%

Cena en casa

O bservo con detalle las fotos de los tres cadáveres.

No son cosas que se deban ver después de una copiosa cena hecha con todo cariño entre mi mujer y yo: ensalada de patatas y filetes de pescado en salsa.

Esta noche hay invitada, y no hay tiempo para series; los niños protestan, aunque, por otro lado, les agrada tener a Olga en casa.

Estaban con los abuelos la primera vez que vino y flipan bastante al verla, sobre todo vestida de calle con sus pantalones infinitos y con sus tacones medios.

Es una mujer que, guste o no guste, no pasa desapercibida.

Mi hijo pequeño no deja  de mirarla, y es divertido ver cómo inclina el cuello hacia arriba.

Mi mujer ya conoce a Olga. Se muestra muy afable con la subinspectora; no ve en ella una amenaza a la que temer en el plano afectivo-sexual (o al menos no lo demuestra).

Demasiado alta para mí… seguro que piensa eso.

Termina la cena, y los niños invitan a Olga a su cuarto. Casi no entra por la puerta. Mi mujer me pide que la acompañe a la cocina. Algo ocurre.

—Me ha cogido por banda hoy una madre del cole.

—¿Y eso?

—Carlos ha pegado a su hijo.

—¿A quién?

—A Rubén, el chico repetidor.

—¿Al más grande, encima? ¿Y qué le has dicho tú?

—Pues le he preguntado si sabe el motivo. Dice que no, que su hijo ha llegado a casa con la camiseta dada de sí y con una marca en la mejilla.

—Madre mía —protesto—. ¿Y qué ha pasado al final?

—Me ha dicho que, como se vuelva a repetir, se quejará a la dirección y pedirá que expulsen al niño.

Me llevo la mano a la cara… las dos. Todos hemos tenido algún altercado en el colegio de pequeños y, por mucho que se diga que son cosas de niños, es preocupante. Sobre todo si llegan a las manos.

—¿Has hablado con él?

—Claro; le he preguntado, pero me da largas. Dice que solo se dieron unos empujones y listo. Víctor no ha visto nada, y que peleas hay de vez en cuando. Que ya vigilará él que nadie lo toque. Y yo le he dicho que ni que lo toquen a él ni que él toque a nadie.

—Me parece perfecto. ¿Quieres que se lo comente?

—Por favor —responde Sofía, seria.

Amo a mis hijos con toda mi alma y, aunque no estoy en el mejor momento para tener una distracción así, no puedo escaquearme de esto.

Me acerco al cuarto donde siguen con Olga.

La están cosiendo a preguntas, que ella sortea como puede: si su padre también era policía,  cuántos muertos ha visto, quién es el mejor policía…

—Sí, cuatro y vuestro padre —responde.

Sonrío, sobre todo por la última respuesta. Les interrumpo el pequeño festival preadolescente con mujer en su cuarto. Protestan, pero es innegociable.

—Olga, me esperas en mi despacho.

Ella asiente. Se despide; los niños no le quitan ojo cuando se marcha.

—A ver, figuras. Contadme con todo lujo de detalles lo que ha pasado hoy en el colegio. Y os pido, por favor, que no me mintáis ni le deis vueltas, porque tengo reunión de trabajo ahora con Olga —procuro mostrar la máxima empatía en mis palabras.

—A mí no me mires, que yo no he hecho nada. —Víctor levanta los brazos excusándose y se deja caer de culo en su cama.

Carlos agacha la cabeza. No le quito ojo de encima. Espero a que se decida, pero le cuesta.

—Hijo, solo quiero la verdad; no voy a enfadarme. Lo prometo.

Sigue sin soltar prenda, Víctor está expectante.

Como con ganas de contar algo, y eso que dice que él no sabe nada.

Me acerco a Carlos; le pongo la mano en el hombro.

A pesar de estar tan cerca, lo siento a kilómetros.

Es una sensación que no puedo evitar porque me pasaba lo mismo con mi padre cuando yo tenía problemas en el colegio.

No era yo muy pendenciero, pero alguna pelea tuve y siempre me callé.

Hasta que un día la directora reunió a mis padres con los padres de otro niño: el Salas.

Era mi compañero de pupitre y estábamos todo el día enganchados.

Unas veces acabábamos abrazándonos; otras, revolcados en el suelo del patio, dándonos de hostias.

Después de aquella reunión, la cosa se calmó.

Yo me llevé una bronca, y un castigo que ni me acuerdo, pero que supongo que funcionó.

Al siguiente año el Salas se fue de mi colegio y no volví a saber nada de él desde entonces.

Espero no encontrármelo algún día en una ficha policial.

—Hijo —insisto.

—El tonto ese, que dice que eres un inútil. —«Así que es eso», pienso. Lo típico de meterse con el padre—. Dice que no eres ni policía ni nada, que me lo invento.

—Pero ¿y tú para qué le dices que soy policía? —digo sorprendido.

—Pues porque la seño nos preguntó el año pasado. Todos en clase saben que eres policía.

Me llevo las manos a la cara de nuevo. La verdad es que preferiría que los compañeros de mi hijo no lo supieran; prefiero llevarlo con discreción.

—Está bien. Te voy a dar un consejo que espero no volver a repetirte, ¿vale? —Él asiente.