La tierra
Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Del Olmo y Saavedra sobre El asesinato de Armando Porta, Atilio Pereira, Leopoldo Roger caso de los cuatro elementos.
L eopoldo Roger tenía un circuito de cámaras de seguridad y una alarma de última generación en su casa.
Un bonito chalé en una conocida zona residencial colindante a Madrid.
Lo que ocurrió fue que este circuito de cámaras no era tan seguro como le habían prometido: dejaba algunos puntos ciegos en los que era fácil esconderse.
El más evidente, el que había debajo de la piscina.
Un precioso lugar para refugiarse y para cavar una tumba.
El asaltante de Roger tenía una extraordinaria habilidad para abrir coches, y Leopoldo siempre dejaba la bolsa de deporte del gimnasio en el asiento de atrás. Por ello, el maletero era un lugar ideal para esconderse, y entrar en la casa con una alfombra roja puesta.
Si Leopoldo hubiera contratado un pack superior de seguridad, con algún escolta incluido, podría haberse salvado. Pero él quería vivir lo más libre posible, lo menos vigilado posible, y lo más rico posible. Aunque muchas veces estas cosas son incompatibles.
Una vez dentro, el agresor salió del coche por la parte delantera después de haber abatido uno de los asientos.
Se movió sin ser detectado por las cámaras ya que conocía su ubicación y se coló en el interior.
Allí se escondió detrás de una puerta y, cuando Leopoldo entró en la cocina, solo tuvo que golpearlo con fuerza en la boca del estómago.
Lo golpeó dos veces más: primero en un oído, y después en la sien.
Para rematar, le pegó un puntapié en el muslo derecho, que le dobló las rodillas.
Así fue más fácil amordazarlo y atarle las manos a la espalda.
Antes de arrastrarlo a la parte baja del jardín, burló la cámara de seguridad de una forma tan sencilla como colocar un pequeño artilugio, que fijó a la propia carcasa de la cámara.
El artilugio consistía en una lente de fotografía y una imagen impresa del jardín, modificada por ordenador para simular un aspecto nocturno.
La lente provocaba el efecto de que la foto estaba más lejos de lo normal y la dotaba de perspectiva.
Parecía una imagen real. Era un truco tan sencillo que se le podría ocurrir a un niño pequeño.
Lo colocó en menos de un segundo mediante anclajes magnéticos; ya había practicado en su casa con un modelo idéntico, y los resultados fueron satisfactorios.
Apenas se apreciaría un ligero corte en la imagen, y en la empresa de seguridad no había un vigilante pendiente las veinticuatro horas del día de esa cámara como si guardara La Mona Lisa del Louvre; tan solo se grababa lo que ocurría y, si había un aviso de alarma, un operario podía acceder a la imagen en vivo.
Una vez realizado esto, la parte más complicada de su plan, golpeó de nuevo a Leopoldo, que parecía recuperarse, y lo llevó a la zona de césped bajo la piscina, esa tan moderna y tan hortera.
Allí le preparó su propia tumba. La cámara apuntaba a la foto y la alarma estaba desactivada: se tomó todo el tiempo que quiso.
Al fin y al cabo, nadie esperaba en casa a Leopoldo, soltero y sin ganas de iniciar una nueva relación, porque de la última había salido escaldado.
¿Familia?
Poca y muy lejos.
El agresor le pegó otra vez: en la oreja, en la sien y en la boca del estómago.
Otro golpe fuerte en la nuca lo llevó al suelo y lo dejó medio grogui.
A pesar de ello, Leopoldo escuchó un ruido que le recordó a un animal escarbando en la tierra.
Cuando lo arrastró y lo depositó en el lugar que habría de ser su tumba, se dio cuenta de que estaba metido en un agujero en su propio jardín.
Miró hacia arriba, con la intención de ver la cara de quien lo había metido allí, pero solo encontró la cortina de agua que caía de su estupenda piscina.
Le cubrió los pies con tierra y Leopoldo notó el tacto seco en sus descubiertos tobillos.
Después sobre su ropa. Quiso gritar, pero no pudo: la mordaza tenía dos buenos nudos, imposible de aflojarse por una boca muerta de miedo y llena de babas.
Quería ofrecer dinero a quien le estuviera haciendo esa barbaridad, muchísimo más de lo que le hubieran pagado.
Porque alguien había tenido que pagar por aquello que le estaban haciendo.
No debió haberse metido en aquellos chanchullos.
Intentó lanzar un último grito, desesperado, justo antes de que la tierra le cubriera la cara.
Se removió y el instinto de supervivencia lo engañó: parecía que podría salir del agujero; sin embargo, recibió un fuerte golpe en la frente, que le provocó un dolor de cabeza tan grande que no pudo ni pensar.
Le tapó la cabeza con tierra, y Leopoldo se espabiló cuando se dio cuenta de que esa tierra le estaba taponando sus fosas nasales, asfixiándolo.
Hiperventiló y casi perdió la consciencia.
Por un momento pensó que sería mejor desmayarse y morir tranquilo. Al menos así dejaría de sufrir.
La tierra paró de caer sobre su cabeza. Se sintió eufórico; quizá podría tratarse de una broma de muy mal gusto, o quizá solo de una advertencia.
Se animó más cuando le quitó de encima la arena de la cara.
Abrió bien los ojos, y se fijó en una luz morada que le apuntaba; no supo identificar qué era.
La luz morada estuvo sobre su cara unos dos o tres interminables minutos en los que él no se movió porque lo había amenazado con volver a golpearlo si lo hacía.
Escuchó una conocida melodía. ¿Vendría de su equipo de música?
Imposible. Él no tenía ningún disco con esa canción.
Recibió una bofetada, y su captor le enseñó una imagen en un móvil.
Él entendió, entonces. Afirmó con la cabeza, y el asaltante lo amenazó: si gritaba, lo golpearía con mucha fuerza.
Cuando le quitó la cinta americana de la boca, inhaló fuerte, tembló y, ante la nueva amenaza, empezó a contar lo que el asaltante había ido a buscar, pero se detuvo.
Si cantaba todo, lo mataría. Miró a su agresor, que se quitó las gafas de sol y la braga de cuello que llevaba para que nadie le reconociera.
Leopoldo lo reconoció, y se meó encima, y lloró, y se maldijo a sí mismo por haber sido tan estúpido.
El agresor le insistió para que confesara; tenía que escupir toda la información.
Le mintió con la falsa promesa de no matarlo.
Lo golpeó de nuevo, varias veces, y por fin lo quebró.
Leopoldo contó todo.
Después no tuvo tiempo de gritar o de seguir llorando porque le volvió a tapar la boca con la mordaza, le volvió a dar un palazo fuerte en la nuca y volvió a cubrirle la cara con tierra y césped.
La presión en sus fosas nasales esta vez no disminuyó, sino todo lo contrario, y él se sintió cada vez más débil, hasta que llegó un momento en el que la tierra se le coló dentro de la nariz y se le metió en la boca y la paladeó.
Esa tierra mojada y ese césped húmedo y quizá con algún gusano que se adelantó a los que vendrían después, cuando ya no pudiera respirar y se convirtiera en abono para el césped de su propio jardín.