Pisadas
—¿Y ?
—Que lo han pillado con casi cuarenta mil euros y se ha meado en los pantalones.
Olga quita la foto de Martens del panel, y yo me callo, como es debido.
—Toribio, ¿los científicos te han dicho algo del círculo de Roger? —pregunto.
—Lo mismo que en los otros: que no saben qué es. Y del resto igual que con los otros: ni ADN, ni fibras, ni la madre que lo parió. Han encontrado huellas de pisadas, pero adivina.
—No me jodas. ¿Ni una sola que nos sirva?
—Nuestro asesino se pone algo en los zapatos para jodernos vivos.
—¿El número de pie lo han sacado?
—Más o menos… entre el 40 y el 42. Dicen que tiene pinta de huella de hombre, pero no lo pueden asegurar.
—¡Joder! —protesto.
—Lo único así, que llame la atención, es que una de esas huellas está justo al lado del coche de Roger.
Olga y yo nos miramos.
—Jefe —interrumpe listín—, la jueza Torres ya ha autorizado que las operadoras nos pasen todos los datos brutos del repetidor más próximo al restaurante donde se reunían los jueves.
—Menos mal .
—Me han llegado hace cinco minutos los de dos de esas operadoras.
Por otro lado, de la lista esa de treinta y tres personas del informe de la UDEF, ninguna de ellas estuvo cerca del lugar de desaparición de Porta el día del secuestro.
La verdad es que se lo están currando, la jueza y esta gente de las telefónicas.
—Normal… con la que les están dando desde las alturas… —se queja Olga.
La miro y aprieto los labios.
—Luis, procesa los que tienes y repártelos aquí entre los compañeros; que se pongan a picar cuanto antes.
Listín asiente y sigue con su trabajo dándole a la tecla.
—¿Qué buscamos concretamente, inspector? —pregunta Pleite.
—Pues la cuarta víctima y también el culpable —contesto.
—¿Pero el metre contó algo de una cuarta persona? —objeta de nuevo el subinspector
—El metre dijo que, el jueves antes de la desaparición de Porta, estaban solo ellos tres, los que habitualmente se reunían.
Pero lo he llamado hace media hora, y después de preguntarle y sonsacarle, me ha contado que en alguna ocasión iba alguien más.
Nadie fijo. Un día uno, otro día otro. Y que estos unos y otros no comían con ellos, sino que llegaban a la hora de las copas —informa Olga.
—Sospechamos que estas personas pueden ser enlaces, colaboradores o dueños de empresas más pequeñas con las que estos tres tuvieran algún tipo de negocio o acuerdo —añado—, así que Luis está mirando los datos de semanas anteriores.
Listín me ignora y teclea.
—Amaya, ¿algo de los pinchazos a Suchowolski, Atilio Pereira y Catalina Sostres? —pregunto.
—Nada de momento. El polaco solo llama por comida para sus perros. Atilio muchas llamadas de negocios, pero como no hable en clave, no se puede sacar nada. ¿Verdad, Sergio?
Insausti le está echando una mano con las escuchas, y asiente con una mirada cómplice .
Se produce un pequeño silencio que aprovecho para observarlos; respiro profundo y doy gracias por el pedazo de equipo que tengo.
Me dirijo a Pleite.
—¿Huellas de vehículos, Julio? —pregunto.
—Nada reseñable; parece que el asaltante entró a pie.
—¿Y cómo se saltó la alarma y no hay nada en las cámaras de vigilancia?
—Del Olmo —interviene Olga—. ¿Por qué no te has leído el informe de criminalística?
—Porque para eso estáis vosotros, subinspectora. ¿Qué pasa?