El chalet
Los minutos previos han sido un intercambio de llamadas con el inspector Ávila.
Leopoldo Roger está fichado en nuestra base de datos, y estar fichado no significa que tengan un caso abierto sobre él.
Tan solo está en la órbita, seguro que de la UDEF, como lo están Porta y Pereira.
Ávila me facilita la dirección en Madrid de Leopoldo.
No me equivoco demasiado: Roger vive en Pozuelo de Alarcón.
Correr tanto no nos sirve para nada: el inspector jefe de Secuestros ha pedido por transmisiones que dos zetas se nos adelanten y están ya en la casa.
También, obvio, lo está el propio Ávila, en la puerta, como diciendo quién puede entrar y quién no.
La casa no está en una exclusiva finca con vigilantes de seguridad, barreras contra intrusos o cámaras de videovigilancia por todos lados pero, por el poder adquisitivo del dueño, tiene las suficientes medidas de seguridad para dificultar la entrada de asaltantes.
Al menos eso creía Leopoldo, otro gran empresario, con otro grado menor de cuenta bancaria.
Esto me lo explica el comisario antes de colgarme el teléfono metiéndome un poco más de presión.
Como si el culpable de esta masacre hubiera organizado una pirámide de poder adquisitivo de sus víctimas y hubiera empezado por arriba para ir descendiendo en sus objetivos.
Saludo a Ávila y le suelto un escueto «Gracias» que él ni responde.
Cuando nos encontramos con el cadáver, me recuerda a mis hijos jugando a enterrarse en la playa.
Su cabeza sobresale de una montonera de tierra y césped que le sirve de tumba prematura, en la que su asesino ha vuelto a recrear una escena del crimen trabajada y macabra.
No nos podemos acercar mucho porque la Científica todavía no ha llegado, así que, desde el perímetro que han delimitado los compañeros, observo lo que mi cansada vista me deja ver con la ayuda de mi linterna; ya ha caído la tarde, y se ve más bien poco.
—Marca del círculo en el cuello.
—¡Joder!, qué vista, Saavedra —digo.
—Tu linterna ayuda, inspector.
Sonrío, pero Olga ni me mira; solo teclea en su móvil. Yo no consigo alcanzar a ver bien la marca. Si ella lo dice, ahí estará. Solís e Insausti llegan en ese momento.
—¿Has hablado con Luis? —pregunto a Amaya.
—He hablado con Toribio; a Listín no se lo puede molestar —responde.
—Lucas viene de camino junto con Pleite —dice Insausti
Olga no para de teclear en su pantalla.
—¿Puedes dejar el móvil un momento y mirarme? —le exijo.
Levanto la cabeza tanto que el cuello me duele. Me encuentro con su mirada seca, como si se acabara de llevar un desengaño amoroso.
—No voy a soltarte un «Te lo dije», aunque te lo merezcas, Del Olmo. No tiene sentido. Ahora tan solo escucha. Mejor dicho: observa.
Me enseña en el móvil una imagen que, en un principio, no entiendo.
La miro. Intento preguntar pero, antes de que pueda hacerlo, escucho el paso inequívoco de un agente de la Científica: el ruido característico del roce del plástico de sus trajes al caminar los delata.
Nos saludan y acceden a la zona donde yace el cuerpo.
—Luego me explicas eso, subinspectora.
—Seguro que ya te has dado cuenta.
No encuentro soberbia ni en su mirada ni en sus palabras. Es una invitación sana a que piense y asuma lo que me ha enseñado.
Llegan Toribio y Pleite. Les pido que hagan una inspección exhaustiva de los alrededores en busca de cámaras, de marcas de neumáticos, y de cualquier otro indicio que nos pueda ayudar.
La casa es un unifamiliar de dos plantas, al más puro estilo modernista con grandes ventanales de formas rectangulares.
Por supuesto, una de las llamadas infinity pool (una piscina de esas de moda que parece que se va a desmoronar por un barranco) corona el jardín y deja caer el agua sobrante en una cascada que se recoge en una acequia junto a la que está el cuerpo, como si de una catarata se tratase.
Quizá lo último que Leopoldo Roger viera en su vida fuera esa cortina de agua caer desde su piscina.