El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Unas multas
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Unas multas

E s un parking semicubierto, agradezco que entre un poco de luz solar porque los aparcamientos subterráneos me saturan, me incomodan. Quizá me ocurra eso desde que investigamos y detuvimos a un violador homicida que actuaba en aparcamientos. O quizá sea de antes… no lo sé.

La luz que entra por las ventanas me anima y me da la calma que necesito para hablar con el comisario.

—Señor, es posible que tengamos otro cadáver.

—Del Olmo, estaba esperando tu llamada. Me he cruzado con Toribio y no me ha dado demasiados datos.

—Tampoco yo tengo mucho más que aportarle, mi comisario —digo, y me callo esperando sus palabras apremiantes.

—¿Quién es ese tal Leopoldo Roger? No me suena.

—A mí tampoco pero, por lo que nos ha contado el metre, tenía relación con Porta y con Pereira.

—¿Qué tipo de relación?

Le cuento al comisario las reuniones ocio-negocio; le explico dónde estamos: que he llamado a la jueza y que tengo a Listín trabajando y esperando a que las compañías faciliten los datos del teléfono de Roger.

—Señor comisario, es muy probable que esto ya salte a prensa.

No dice nada por unos segundos.

—Yo me encargo de hacer unas llamadas.

Entiendo que va a llamar, él, o el mismísimo Director Adjunto Operativo, a los principales medios del país, pero le aviso que ya no estamos en 1990.

—No se le pueden poner puertas al campo, señor.

—¿Qué quieres decir, Del Olmo?

—Pues que con Twitter, Youtube, Facebook y compañía, va a tener que hacer usted muchas llamadas, y no creo que Mark Zuckerberg le coja el teléfono, con el debido respeto.

Vuelve a producirse un silencio.

—Usted procure hacer el menor ruido posible.

—Lo siento pero, si no hacemos ruido, no vamos a encontrar a ese hombre con vida.

—¿Su compañera qué piensa?

—Que ya está muerto.

—Hágale caso: ella es muy sabia.

—Comisario Alamillos, voy a avisar a Ávila, de Secuestros.

—Lo que no sé es por qué no lo ha hecho ya.

Me cuelga, y con esa última frase me dan ganas de estampar el móvil contra el parabrisas del coche. Por pocas que sean las posibilidades de encontrar a Leopoldo Roger con vida, hay que agotarlas. Y que todo un comisario general de la UDEV asuma una muerte más me lleva al límite de estrés tolerable.

Me comunico con Listín .

—No puedo, jefe. Me ha llamado la jueza, pero el número pertenece a una empresa telefónica que no tiene sede fiscal en España. Me ha pasado la orden y estoy intentando contactarlos, por todos los medios, pero no va a ser fácil.

—Joder, ¿y qué podemos hacer?

—He encontrado a un Leopoldo Roger en un perfil de una red social profesional. Lo he contactado, sin respuesta por el momento.

—¿No tiene ninguna otra información en esa red social?

—Pone lo mismo que en la tarjeta esa que le han dado en el restaurante. Nada más.

Le agradezco el trabajo, y vuelvo a agarrar el teléfono con ansias de destruirlo.

Me siento inútil en ese aparcamiento; me dan ganas de salir del coche a gritar.

Me contengo y lo hago dentro, dándole de hostias a los reposacabezas de delante.

Inspiro y cuento hasta siete. Siete es un número mucho más efectivo que tres o que diez; no sé por qué las personas que se hacen llamar expertas en control del estrés siempre lo mencionan.

Siete inspiraciones después, me siento más tranquilo, tranquilidad que me dura poco porque me llama la subinspectora cuando yo lo que quiero es que se presente en el coche y salgamos volando a buscar a Leopoldo.

—Del Olmo, esta tipa no suelta prenda. Dice que son órdenes expresas de Roger ante una circunstancia así.

—¡La madre que la parió! Interroga a otra persona.

—Lo hemos hecho y nadie abre la boca.

—¿No te han dicho el segundo apellido del tipo, al menos?

Se produce un silencio y me parece escuchar algo de fondo.

—Leopoldo Roger Martínez —dice Olga por fin.

—Menos mal.

—Hay un despacho, pero sin una orden no podemos entrar. ¿Llamas a Torres?

Una cosa es pinchar un número y otra es pedir una orden de registro en un minuto. No creo que quiera colaborar y prefiero no tentar a la suerte. Hace mucho tiempo que no siento tanta impotencia. No pienso tolerarlo. Le pido a la inspectora que baje al parking con Insausti y con Solís.

No me apetece, pero me veo obligado: marco en mi móvil el número del inspector Ávila.

—Dime, Del Olmo.

—Necesito una dirección, un teléfono, lo que puedas. Hay un tipo desaparecido. Es más que probable que esté en peligro.

—¿Has hablado con el comisario?

—Claro, y me ha dicho que no sabe por qué no te he llamado ya. Pero no hay tiempo de montar un operativo; es urgente que localicemos el domicilio de esta persona. Te lo pido a ti como compañero, si lo salvamos, te cuelgas todo el mérito; me da igual.

Ávila no dice nada .

—¿Cecilio? —pregunto impaciente.

—Mándame el nombre, cojo a un compañero y lo busco.

—No, dime los datos; coges a tu compañero y nos vemos en la casa del tipo, o donde quiera que podamos encontrarlo.

—Te estás extralimitando; si el tipo está vivo, no tienes ninguna competencia en este asunto.

—Si está vivo, es porque yo he dado con él.

El inspector se vuelve a callar.

—Pásame el puto nombre y te llamo en cuanto sepa algo.

—¿Lo prometes?

—Que sí, Del Olmo, que sí.

—Cuento contigo, Cecilio.

Cuelgo y le paso la foto de la tarjeta que me facilitan en el restaurante.

Olga, Solís e Insausti llegan al parking.

—¿Qué hacemos, Del Olmo? —pregunta Olga.

No sé qué decir; estoy sudando y me quito la chaqueta a duras penas. Miro a la subinspectora.

—Sube al coche; vamos a ganarnos unas multas.