El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El parking
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El parking

—H aga usted lo que considere oportuno. Un saludo, agente.

—Señorita, ¿usted se da cuenta de…?

No me da tiempo a terminar porque me cuelga como se le cuelga a un amante despechado.

Olga me invita a entrar al coche a toda la prisa que puedo darme. Enfilamos por la Castellana y ella se pone en modo piloto de carreras. Yo llamo por teléfono a la jueza Torres y tengo la gran fortuna de que me lo coge al tercer tono.

—Del Olmo.

—Luz, perdona, necesito que llames en persona a las operadoras de los números que te voy a pasar para que nos atiendan en el acto. Leopoldo Roger tiene pinta de ser la tercera víctima.

—Más despacio, inspector, más despacio. ¿Qué ocurre? —Le cuento todo, y ella suspira—. Esto no va a ser fácil gestionarlo en cuestión de minutos, inspector.

—Debemos intentarlo, señoría. De lo contrario, habrá que levantar el cuerpo.

—Dile que ya le he mandado el número que tenemos de Roger —dice Olga.

Se lo hago saber, y ella vuelve a suspirar. No sé si por mi comentario anterior o por la urgencia.

—Lo intento, Del Olmo.

—Si es posible, se lo pasa directamente a Luis, ya sabe, el teleco de mi grupo.

—De acuerdo. ¿Dónde estáis?

—Camino a la empresa del tal Roger, en el Parque de las Naciones.

—Entiendo; espero que lo encuentren. Suerte .

—Gracias, señoría.

Llamo a Toribio para que le meta un poco de presión a Listín por si puede hacer algo, pero Lucas me transmite que va a ser complicado.

—Amaya y Sergio ya han tirado hacia el Campo de las Naciones —dice.

—Averigua lo que puedas del tipo… redes sociales, lo que sea. Llama a los de la BIT. A la inspectora Silvia. A ver si saca algo. Pídele a Pleite que te ayude. A muerte, Lucas, a muerte.

Toribio promete quemar el teléfono, y la red wi-fi de la comisaría si hace falta.

Olga, con su destreza habitual, sale de la Castellana antes de llegar a las famosas torres y toma la M-30 en dirección al Campo de las Naciones.

—¿Qué vamos a hacer, inspector?

—Contactar con este hombre como sea.

—¿Y cuando aparezca el cadáver?

La miro por el retrovisor, y encuentro sus ojos. No hay desafío, no hay enfado, no hay nervios. Solo espera que le dé una orden.

—Saavedra —incido en su apellido—, vamos a seguir el protocolo, ¿de acuerdo?

—Del Olmo, no te enfades, pero estamos yendo dos o tres pasos por detrás del culpable de todo esto. Si quieres obtener resultados diferentes, no puedes seguir haciendo lo mismo.

—Subinspectora —levanto la voz—, no me venga ahora con frasecitas sacadas de internet. Vamos a contactar con ese hombre como sea, y espero que usted también desee que lo encontremos con vida.

Olga aparta la vista del retrovisor, pone la sirena y pisa el acelerador. Eso requerirá mayor concentración por su parte y me dejará tranquilo unos minutos. Unos minutos que necesito para pensar qué decirle al comisario antes de llamarlo.

Llegamos a la sede de Rego Terra. Es un edificio de oficinas gigantesco, al estilo de muchos de los que hay en esta zona de Madrid.

En el parking, Olga se identifica al vigilante que hay en la garita, que asiente y pregunta si puede ayudar en algo.

Ella le pide acceso y le comunica que vendrá otro coche con otros dos compañeros.

No nos da tiempo a esperarlos, Insausti acaba de llegar y nos pita para hacérnoslo saber.

El vigilante nos da paso, y nos indica cómo subir.

Ese tiempo de espera me irrita. Al menos perdemos cinco minutos con este trámite absurdo, y en estas circunstancias necesito todos los segundos que hay en el reloj.

Olga aparca tan deprisa que ocupa dos sitios. Insausti y Solís estacionan al lado.

—Subid los tres, y averiguad el domicilio y que te confirmen si Roger tiene más líneas de teléfono. Pregunta por Leire Muntaner.

—¿La que te ha colgado?

—La misma; con un poco de suerte, si la presionáis entre los tres, dirá algo. Hazle ver la gravedad de la situación sin entrar en demasiados detalles. ¿De acuerdo?

—¿Y tú?

—Yo tengo que hablar con el comisario que ya es bastante.

Olga asiente, y sale del coche; le da indicaciones a Insausti y a Solís, que me miran y me levantan la mano a modo de saludo.

Me quedo solo.