La búsqueda
L eopoldo Roger.
Así se llama la persona que parece destinada a ser la tercera víctima.
Luciano, el metre, insiste en que los tres llevan varios meses reuniéndose en semanas alternas en su restaurante; esas reuniones fifty-fifty negocios-ocio.
Luciano pregunta qué ocurre; seguro que está al tanto de la muerte de Porta, pero no debe de saber nada de la de Pereira.
Y así tiene que seguir siendo. Nos entrega una tarjeta de Leopoldo, y Olga llama al teléfono que figura.
Apagado o fuera de cobertura. En la tarjeta, Roger aparece como CEO de una constructora: Rego Terra S.L.
No tenemos toda la identidad del empresario, por lo que no puedo solicitar a la jueza que nos autorice a buscar su teléfono.
Contacto con Listín para que haga su magia e intente averiguar el segundo apellido y completar así su identidad, pero la magia no es inmediata.
Nos despedimos de Luciano y nos encaminamos al coche; le pido que esté localizable y acepta con resignación.
Olga encuentra el número de Rego Terra en internet, y yo llamo por teléfono; me lo coge un chico que se identifica como Arturo.
Le expongo mi nombre y mi cargo, y le pido que me ponga con el señor Roger.
Arturo no está autorizado a pasarme con él; tiene que hablar con su superior.
El superior tarda en comunicarse conmigo tres larguísimos minutos y, mientras espero, le pido a Olga que busque la dirección de la empresa, cosa que ella ya tiene buscada y que me recochinea enseñándome el móvil.
También le pido que hable con Insausti, que coja un coche, y que junto a Solís se dirijan a la dirección de la empresa: un edificio situado en el Parque de las Naciones.
—Buenos días, soy Leire Muntaner, me comentan que es usted de la policía. Dígame qué ocurre.
—Señorita Muntaner, quiero hablar con el señor Roger lo antes posible. Es muy importante.
—Lo lamento. No se encuentra aquí. Dígame su mensaje, y yo se lo haré llegar.
Suspiro profundo, y Olga arranca el coche.
—Necesito hablar con él y solo con él. ¿Sabe dónde está?
—No estoy autorizada a facilitarle esa información, agente.
Me dan ganas de gritarle.
—Señorita: si no me da un teléfono, una dirección o un lugar donde encontrar a Leopoldo Roger, la voy a acusar por delito de obstrucción a la justicia.
Se escucha un silencio al otro lado.