El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El restaurante
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El restaurante

O lga conduce por las calles de Madrid como si lo hiciera por una pista de Hot Wheels, el juguete donde los coches circulan por carriles con barreras en los laterales para no salirse de la pista.

Usa el regulador automático de velocidad y lo pone siempre cinco kilómetros por encima de la permitida.

«El velocímetro tiene errores de calibrado, y lo que marca suele ser entre un dos y un tres por ciento menor que la real», me aclara en su día.

Es una conductora tan eficiente que, a pesar de que le gusta pisar el acelerador, no le ha causado daños a ningún camuflado ni cuando hemos tenido que perseguir a algún «bendito» a más de ciento veinte por hora.

Nos dirigimos al Restaurante Green Brasil, situado en el barrio de Azca, que resulta ser un asador de la carne más roja que se puede encontrar en un matadero.

¿Por qué?

Porque las habilidades de Listín nos han dado una pista magnífica: Porta y Pereira comen juntos el jueves anterior, justo un día antes de la desaparición del primero.

Al menos lo hacen en el mismo lugar: el Green Brasil.

Eso dicen las posiciones de sus móviles: están desde la una y cuarto hasta las cuatro y media de la tarde en dicho restaurante

Aparcamos casi en la puerta en una plaza de movilidad reducida.

—Olga. —Ella se gira, y me presta toda la atención que sus ojos castaños pueden prestar—. El caso va a saltar a prensa en cuanto hablemos con el metre .

—¿Qué piensa el comisario?

—Me ha dicho que le supliquemos que no cuente nada, que le hagamos entender que, por el bien de todos, incluso de la reputación del restaurante, es lo mejor.

—A ti te parece bien que lo llevemos tan oculto. Dime por qué.

—¿Seguro que no lo sabes ya?

—Porque el responsable de los crímenes quiere que sea mediático, y el hecho de que no lo sea le puede hacer dar un paso en falso.

Sonrío.

—Y si se convierte en mediático, ¿va a cambiar en algo? ¿No crees que podría sentirse más acorralado? —pregunta.

—La verdad es que no lo sé. Lo que sí temo es que Torres nos corte el riego con los seguimientos y con los pinchazos telefónicos.

Olga se coloca un mechón de pelo que le ha cubierto parte de la cara. Se lo lleva detrás de la oreja. El claroscuro que tiene en su rostro provocado por la luz que entra de fuera y la oscuridad que hay dentro del coche le da un aspecto de estrella del cine en una escena dramática.

—¿Tú no le dijiste al comisario que no hay que basar toda la investigación en ello? Parecía que te lo creías, y todo.

—Sí, pero, si estamos ahora aquí, es gracias al rastreo de los móviles de Porta y de Pereira. La rapidez con lo que hemos obtenido esto es algo fuera de lo normal.

Olga suspira, y da por finalizada la conversación.

Salimos del coche; en la puerta nos atiende un camarero. Olga se identifica, y el servicial trabajador borra la obligatoria sonrisa con la que ha de recibir a todos los clientes. Nos pide un momento para buscar al encargado.

Un tipo pequeño, enfundado en un esmoquin azul oscuro que le confiere un aire de pingüino, nos estrecha las manos y se presenta.

—Buenos días, agentes, soy Luciano, que hemos hablado antes por teléfono —dice—. Ruego que me acompañen .

Nos guía por un pasillo que deja a un lado el salón principal del restaurante.

Pasamos por delante de una puerta de la cocina y percibo un olor delicioso de carne asada que, instantes después de haberme deleitado, me repugna por recordarme al crematorio donde encontramos a Pereira.

Entramos en una oficina pequeña y desordenada, con paredes oscuras y con muebles de madera antiguos.

Varias fotos con famosos de todos los ámbitos decoran la mejorable estancia.

—Disculpen el desorden —se excusa Luciano, mientras trata de ordenar sin éxito los múltiples papeles que reposan sobre su escritorio —. Díganme en qué puedo ayudarles.

—Señor Luciano, antes de proseguir, le tengo que pedir que lo que aquí hablemos sea de carácter confidencial —exige Olga.

La subinspectora le exige confidencialidad hasta con su propia familia, y el pobre Luciano mueve los labios y no sabe cómo ponerlos.

No sabe si debe sonreír o quedarse serio.

Cuando escucha los nombres de nuestras víctimas, por un momento pienso que se va a desmayar.

La estancia es oscura, y la tonalidad de la piel de Luciano vira a blanco, tanto que podría decirse que se ha iluminado un poco—.

Luciano, sabemos lo que está pensando y solo queremos que nos confirme si suelen venir por aquí.

—Sí… claro, suelen venir un jueves sí y un jueves no desde hace unos meses —confirma y ya sé lo que está pensando mi compañera.

—No le vamos a pedir si escuchó algo de lo que hablaron, pero le tengo que preguntar qué tono opina usted que tienen esas reuniones. —Luciano nos mira a los dos sin entender—. Si usted diría que son reuniones de trabajo o de ocio.

—Ah, pues yo diría que fifty-fifty —explica Luciano, recurriendo al extranjerismo.

—Explíquese.

—Pues que suelen venir pronto, sobre la una o una y media —responde—.

Los pasamos al reservado, y allí, por lo que yo supongo, hablan de negocios, porque se enseñan cosas en sus móviles y sí, bueno, confieso que algo sobre la construcción de una urbanización o de un centro comercial escuché en su día.

—Bien, y ¿el otro fifty ?

—Cuando empiezan a comer, ya piden vino, y los tres acaban pidiendo una copa o dos cuando terminan el postre.

—¿Los tres? —Se sorprende Olga.

—Sí, perdonen, es que no les había hablado del señor Leopoldo.

Marco en mi teléfono el aviso de emergencia. Quizá podamos evitar que al tal Leopoldo le pinten un círculo en alguna parte de su piel.