El rastreo de posiciones
L a primera página del informe recoge la foto del cadáver carbonizado de Pereira. Mejor dicho, de la cara no carbonizada, que es lo único que el asesino ha dejado sin quemar.
—Joder, jefe, menuda bienvenida —protesta Toribio.
—Ahí tienen la firma —comento.
—El mismo círculo que había en el pecho de Porta —apunta Amaya.
Asiento, y vuelvo a mi escritorio.
—Igual que con la primera víctima, el entorno y familia de Pereira han pedido la máxima discreción. Al principio no querían, pero por consejo de su abogado lo han pensado mejor.
—No me extraña con la que tienen esos dos —dice Solís con sorna.
—Del Olmo —interrumpe Saavedra—, ¿no crees que eso puede indicar algo?
—¿El qué?, ¿que estén liados y no quieran que lo sepa nadie porque la opinión pública los va a crucificar?
—No, hombre —protesta Olga—. Porta es uno de los empresarios más poderosos del país. Pereira, no a un nivel tan alto, pero se le acerca. Lo del hermano con la cuñada podría ser puro teatro. Los dos patriarcas asesinados de forma violenta… ¿No parece un poco de Omertá ?
Listín para de teclear. La palabra capta su atención.
Cuando trabajé en la UDYCO en Galicia, al inicio de mi carrera, descubrí el significado de este término. Por supuesto que no la llamábamos así, pero el cine y la literatura la pusieron de moda: la famosa Omertá , el pacto de silencio de las mafias siciliana y napolitana.
—Vienes hoy con ganas de marcha, ¿eh, Saavedra? —digo—. Esa palabra es casi una palabrota.
—¿Por qué?
—Decir que hay un pacto de silencio, Omertá , como tú lo llamas, puede sugerir que hay un delito que ocultar. Y decir que lo del hermano y la cuñada es teatro…
—Olvídate de eso. ¿No parece bastante claro que hay vínculos entre los crímenes?
—Que haya conexión entre los crímenes no quiere decir que las víctimas tengan delitos que ocultar.
—¿Y lo de Suchowolski? —insiste.
—Algo que no está probado de un tipo que acabó en el talego.
Olga asiente y vuelve a teclear en el móvil.
—Como iba diciendo, seguimos con las manos atadas y estamos a la espera de la magia de aquel señor que está al fondo dándole a la tecla.
—¿Hay lista de posibles personas con motivos para cargarse a Pereira como con Porta? —pregunta Amaya
—Estamos a expensas de la mano del comisario con la UDEF. Si tienen algo en común, pues ya tendríamos algo muy sólido donde agarrarnos —responde Olga.
—De momento, insisto: aquel máquina es nuestra máxima esperanza.
Listín ha vuelto a sus quehaceres y ni se inmuta cuando lo menciono de forma indirecta hasta dos veces.
—Eh, Cortocircuito, ¿algo para nosotros?
—¿Cortocircuito? —pregunta Amaya sorprendida—. ¿Otro mote?
—No, que el inspector que es más viejo que las paredes —se burla Lucas.
— Cortocircuito es una película de los ochenta, con un robot muy inteligente que se lee libros con solo hojearlos, como si fuera un folioscopio —aclara Olga.
—¿Y qué coño es un folioscopio? —pregunta Insausti.
Olga no está para explicaciones; teclea algo en su móvil y se lo enseña al oficial que solo expresa un «Ah».
—Os ha dado por las pelis antiguas, sí —replica Amaya.
Me acerco a la mesa que ocupa Listín . Entre él y yo hay un código: si avanzo hacia su lado del escritorio y no para de teclear, es que me deja ver su trabajo porque, o ha terminado, o está en buen camino de ello.
No hay que interrumpirlo cuando está en el ordenador; puede perder la concentración, y perder la concentración puede suponer la pérdida de todo el trabajo que está realizando, así que avanzo despacio, como un coche que quiere adelantar a otro en doble fila, pero apenas queda espacio para hacerlo.
No le quito ojo de su gesto. Si me deja pasar, son buenas noticias.
Atravieso la línea imaginaria sin su reprobación y me dan ganas de darle un beso.
En la pantalla hay un mapa de Madrid. Acaba de introducir unos dígitos en el software que usa para verificar las coordenadas de los repetidores que nos mandan las compañías telefónicas y, muchas veces, podemos precisar las posiciones con margen de metros.
Listín teclea y, en una segunda pantalla, aparecen números de teléfonos.
Son las listas de llamadas de los últimos días de las víctimas.
Hay dos puntos en tonalidad roja. Los dos puntos están muy próximos entre sí, casi tocándose.
—¿Ese es el programa nuevo?
Él mueve la cabeza arriba y abajo. Un software de última generación para cribar las posiciones de los teléfonos. A los pocos segundos, para de teclear. Sonríe. Me mira y, si antes tenía ganas de darle un beso, ahora me gustaría estamparle un morreo. Lástima que sea tan poco atractivo.
No hará falta esperar al informe de la UDEF.