El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) ¿Caballero?
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¿Caballero?

Y o no soy un caballero.

Y Atilio Pereira, menos.

El tipo se follaba a su cuñada y tuvieron una pelea unos meses atrás, lo que los había distanciado. Él estaba enamoradito, y quería que Catalina rompiera su matrimonio. Ella no estaba segura.

Su declaración coloca al menor de los Pereira como investigado, sobre todo porque Catalina Sostres, entre Valium y Valium, lo confirma.

Le dimos un día para descansar, pero la entrevista no podía dilatarse más en el tiempo.

Con las niñas, de momento, hay que esperar, aunque es poco probable que puedan aportar algo relevante.

Catalina Sostres tiene cuarenta y pocos, pecho operado, cara retocada (lo justo para que no se note y le quite al menos diez años) y cuerpo pulido por entrenador personal.

Como sigue un poco grogui por las pastillas, apenas aporta nada.

Al parecer, ella se fue a clases de pilates cuando su marido llevó al cole a las niñas, después a la piscina, y pasó el resto del día en una oficina de coworking trabajando en un proyecto personal enfocado en el sector de la moda.

Por la tarde regresó a casa, y las hijas ya estaban cenando con la cuidadora.

Como el marido viajaba por negocios ese mismo día, no le dio importancia a que no intercambiaran mensajes, ya que era algo habitual.

Su coartada es más que sólida. «Me da igual la coartada; le pinchamos el teléfono a estos dos, pero ya.

Luis, en breve te llegará la autorización de su señoría», digo.

Listín afirma sin levantar la cabeza del ordenador.

Poco después maldecimos la suerte de los dos adúlteros.

Atilio trabajaba en su oficina desde temprano, corroborado por sus empleados a los que entrevistamos por teléfono.

Solo falta confirmar las posiciones de los teléfonos móviles de los dos amantes, cosa que no tardará mucho.

Pero además tienen doble suerte: el nexo entre la muerte de Pereira y la de Porta es más que obvio.

La firma del círculo incompleto también parece descartar a los familiares, pero no podemos olvidarnos de esa línea de investigación por el momento.

—Ya ha matado a cuatro personas: ya es asesino en serie —afirma Insausti.

—Técnicamente, ha matado a tres —objeta Olga.

Insausti la mira desconcertado.

—El perro, Sergio, el perro —le aclaro.

Insausti abre la boca, pero se arrepiente, y calla.

Durante la siguiente hora seguimos debatiendo aspectos de la investigación y no llegamos a ningún avance.

No tenemos nada de las cámaras de la M-40, ni de las de Adif, ni de las cercanas al colegio de las hijas de Pereira.

Como indicaba el informe de criminalística, solo han encontrado media huella sin indicar la marca del calzado. Al parecer han empleado el mismo método de evitar que se impriman bien en el suelo. Y también parece seguro que han realizado un barrido para complicar aún más el rastreo.

De la autopsia solo sabemos que el hombre murió asado vivo, que su corazón y su hígado estaban cocidos. Y no hemos podido averiguar procedencias del collarín, ni del líquido ignífugo.

La investigación sobre el perro que mató al guardaespaldas de Porta también está parada. La Unidad Canina no puede ayudarnos más y no quiero contactar con Suchowolski.

Después de debatir todo esto se produce un silencio; me fijo en los integrantes de mi equipo:

Lucas remueve su café como si buscara un bicho.

Amaya acaricia su porra extensible como si acariciara la entrepierna de algún novio del pasado.

La subinspectora teclea en su móvil como si sus dedos fueran alas de un colibrí.

Insausti se toca los bíceps como si estuviera enamorado de sí mismo.

Pleite lee el expediente. Y Listín está sentado con un portátil, tecleando; parece ajeno a la charla.

—El comisario nos espera dentro de una hora, pero antes quería que habláramos nosotros.

Bebo un trago de agua, y me aclaro la garganta. Me muevo de mi mesa para repartirles una carpeta a cada uno con el dosier. En esta ocasión prefiero entregárselo impreso.