Atilio
E l tipo sí quiere colaborar y accede a subir a la furgoneta. Gesto serio, impresionado por el dispositivo de cámaras y por la propia Olga Saavedra que va muy de negro, y muy maquillada.
—Los compañeros nos han dicho su nombre, pero no sus apellidos —digo.
Olga disimula, aunque se sorprende igual que yo.
—Bien, ha de saber que esto no es un interrogatorio. Hemos preferido hacer el trámite aquí, ya que en la calle podríamos ser objeto de muchas miradas. Además, así no tiene que acudir a comisaría y le ahorramos su valioso tiempo.
—Se lo agradezco —responde—. ¿Cómo se llama usted para poder dirigirme a usted?
El tipo es educado, tanto que no cae en su propia redundancia.
Parece más una persona de atención al cliente de cualquier compañía telefónica que el hermano de un gran empresario y, por lo tanto, forrado como él o algo parecido.
Aunque quizá no. Sin duda, es un tipo atractivo; el traje negro de más de quinientos euros le da el aspecto elegante y serio que pretende.
Su estatura de más de metro ochenta, sus anchas espaldas y su pelo peinado hacia un lado con estilo informal lo hacen merecedor de las atenciones de muchas féminas. Y de muchos hombres.
—Soy el inspector Del Olmo. Lo primero que tengo que transmitirle es mi pésame por la muerte de su hermano .
—Gracias, inspector. Debo decirle que no tenía una buena relación con él y que supongo que ya saben el incidente con mi cuñada.
—Precisamente por eso estás aquí, Atilio —interviene Olga.
Él la mira a la cara con sus pequeños ojos oscuros, aunque nunca ha dejado de hacerlo, de reojo o a hurtadillas.
—Bien, debo pedirles una cosa —dice él.
—Adelante.
—Yo sé que lo que acaban de ver me deja en mal lugar, y lo que les puedo contar todavía más pero, si quieren que colabore, tienen que prometerme que no filtrarán nada a la prensa y que investigarán el asesinato de mi hermano de la forma más discreta posible.
Resoplo. Otra vez nos piden discreción, y esta vez no es el Dios del que habla el comisario. Es un pringao que se cree que puede negociar con la policía como si estuviera en una película.
—Esto no es una película, señor Pereira. ¿Va usted a colaborar? —Se queda callado. Se frota las manos y mueve los pies—. Si quiere, mejor para todos. Si no, pues es libre de marcharse. Ya le citaremos formalmente en comisaría.
Mueve los pies más rápido aún; ya no sabe dónde mirar.
—Entonces le pido, como caballero, que lo que yo le diga no se lo cuente más que a las personas que usted considere imprescindibles para la investigación del caso. Le pido que la prensa nunca se entere.
Miro a Olga y me pregunto qué pensará ella acerca de eso de «caballero».
Puedo imaginármelo.