Vigilancia
S onrío, aunque no debería.
Es cierto que los últimos crímenes que hemos investigado son de otro tipo: ajustes de cuentas entre bandas callejeras, o entre traficantes de poca monta, o violencia doméstica, de la que algún desgraciado pensó que la policía es tonta y que las mujeres jóvenes se caen por las escaleras, así como así.
El caso VERTE se remonta a cuatro años atrás, a pesar de que arrestamos al cómplice hace menos de uno gracias a la labor de la propia Olga. Y, antes de ese caso, solo recuerdo el del asesino de la baraja, cuyas pesquisas llevó Morcillo y que no consiguió resolver, para su pesar.
No creo que a Olga le guste la muerte, los crímenes en sí. Sin embargo, la apasiona esta especie de juego macabro: atrapar a una persona que se considera legitimada para acabar con la vida de otra, para ensañarse con ella, para quemarla viva.
—Una vez te pregunté si creías en Dios —digo.
—¿Y recuerdas qué te respondí?
—Que no lo tenías muy claro.
—Sigo pensando lo mismo —concluye la subinspectora.
—¿Crees que un Dios permitiría que esas dos niñas y esa madre pasaran por esto?
Olga me mira seria; yo la percibo por el rabillo del ojo porque no quiero perder la visión de las cámaras. Están metiendo el féretro en un pequeño panteón familiar .
—Depende del concepto que tengas de Dios —responde.
—¿Y cuál es tu concepto?
—El mío, y también el tuyo, que es por el que estamos aquí, es que la viuda es la principal sospechosa por mera estadística, y que puede que sus lágrimas sean teatro.
—Eso no es tu concepto de Dios. Eso es una puya que me quieres meter, subinspectora. Sabes de sobra que un crimen así no lo va a cometer su mujer.
—Te equivocas. Lo que quiero decir es que el concepto de deidad puede ser distinto para un ultracatólico, para un protestante o para un budista. Y la mujer siempre ha podido contratar a alguien.
—Pero vamos a ver, ¿ahora eres tú la que se aferra al protocolo habitual de homicidios? No te sigo, subinspectora.
—Si Dios existe, no tiene que ser una luz detrás de una nube, ni un anciano con barbas, ni un elefante con manos. Dios puede ser, simplemente, un sentimiento humano, una forma de energía, o la propia naturaleza.
—¿Y qué tiene que ver eso con que la viuda sea sospechosa por estadística?
—Puede ser que, a lo mejor, el concepto de Dios de esta señora sea el dinero. Puede que esté enamorada de otro y que ese otro tenga también alguna conexión con Porta y con el siguiente cadáver que nos encontremos y lo hayan organizado todo para quedarse con la pasta. Que es mucha pasta.
—Así que un tercer cadáver…
—Inspector, no te hagas el modesto. Sabes de sobra que habrá más víctimas.
Olga parece estar dentro de la mente de cada una de las personas que la rodean. Tiene esa capacidad para leer el lenguaje no verbal, la mirada, la forma de respirar, o lo que sea que ella analice con el fin de descubrir lo que otras personas están pensando.
Yo no estoy tan convencido pero, por la firma y por el modus operandi del asesino o asesina de Pereira y de Porta, es más que probable que haya más muertes violentas con el círculo en la piel del cadáver.
—Deberíamos estar investigando la conexión que hay entre los dos y, cuando la encontremos, si hay una tercera víctima potencial protegerla —incido.
—Pues en eso coincidimos, inspector, pero ahora fíjate en este señor —dice Olga.
Un tipo corpulento está en la cola para dar el pésame a la viuda de Pereira. Catalina Sostres, como se llama, ya ha cruzado una mirada con él y se ha girado noventa grados para no volver a verlo.
—Toribio, Pleite, os mando una foto al móvil con un posible sospechoso.
La subinspectora le hace la foto a la propia pantalla y la envía a los agentes.
—¿Qué hacemos, Saavedra? —responde Toribio.
—Acercaos todo lo posible a él y a la viuda, e intentad captar lo que dicen.
La cola de personas que le dan el pésame se acerca a su fin, y nuestro objetivo sigue allí; cuando le llega su turno, Catalina Sostres se gira y envuelve a sus hijas con la mano por encima de los hombros.
El tipo le toca un brazo, y ella lo elude.
La toca de nuevo y provoca una pequeña hecatombe: Catalina lo golpea con fuerza donde pilla: cara, pecho, brazos.
Él solo pone las manos para intentar detenerla.
El que debe ser el padre de la viuda se da cuenta y la abraza por detrás, hasta que consiguen separarla.
—Toribio, te me pegas al tipo como una lapa y, cuando se vaya a subir al coche, le das el alto y le pides amablemente que nos espere. Hay que entrevistarlo.
—¿Querrá colaborar? —pregunta Olga.
—Si no quiere, ya sabes: recursos ilimitados.