El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El entierro
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El entierro

Montamos el dispositivo de vigilancia en el sepelio con los seis del grupo ( Listín no está para estos curros) que estamos en el caso, más otros cuatro policías del grupo de Secuestros que he podido conseguir gracias a las súplicas al comisario y a un mensajito a Ávila.

A pesar de que sea un entierro en teoría privado, ya se sabe que, por estadística, los primeros sospechosos en casos de asesinatos pertenecen al entorno de la víctima.

Y porque siempre puede colarse alguien que no pertenezca a ese entorno por muchas medidas de seguridad que se pongan.

Nosotros hacemos lo contrario: pedirles a los policías que relajen dichas medidas; hemos mentido a la viuda y a familiares, pero es necesario.

Eso sí, periodistas ni de lejos, porque tampoco se ha informado de nada a prensa.

Aunque es casi seguro que alguien del entorno de la familia se habrá ido de la lengua, y los compañeros tendrán que dar largas a más de un plumilla que venga a cotillear.

Saavedra y yo esperamos en un furgón negro camuflado con el nombre de una funeraria.

Hemos montado cuatro cámaras de vigilancia en diferentes partes del cementerio, y los cuatro ojos que las observamos deberán bastar para advertir si hay algo sospechoso.

Insausti y Solís están en el aparcamiento tomando nota de todas las matrículas y vigilando si alguien llega tarde.

Toribio y Pleite están cada uno en una punta de la comitiva fúnebre, fijándose en todos los detalles.

Las otras dos parejas de policías deambulan por el cementerio con flores en busca de una tumba imaginaria de un muerto que no les pertenece. Con los pinganillos bien ajustados por si tienen que salir a correr detrás de alguien.

—No sé, Saavedra, tengo mis dudas. ¿Crees de verdad que el que hace esto necesita venir al entierro? —pregunto.

—¿Si no estabas conforme por qué no te has opuesto a montar el dispositivo? —responde, molesta.

—¿Hubiera servido de algo?

En realidad, la idea del operativo en el entierro es de Olga.

—Inspector, ¿tú tienes algo mejor de donde tirar?

—Habría que hablar con la UDEF y pedirle el mismo informe que nos dieron de Porta, o uno similar con todo lo que tengan de Pereira.

—Eso ya está solicitado —contesta seca—, ¿algo más?

—Hay que tomar declaración a la viuda lo antes posible.

—Claro, cuando no esté hasta las cejas de Valium y pueda responder algo coherente.

—Y a más familiares; hay que preguntar por los que han venido al entierro.

—Y a las niñas; te recuerdo que a las niñas también, inspector —añade Olga, condescendiente

—Y hay que volver a donde los Ortiz-Melgar.

Olga suspira, como diciendo que ya sabe que ambos asesinatos están conectados y debemos comprobar sus coartadas.

De todas formas, Saavedra tiene toda la razón con este operativo. Como buena aspirante a analista de la conducta, sabe que el tipo de asesino al que nos enfrentamos puede acudir a los entierros de sus víctimas a ver el resultado de su obra. Me cuesta rebatirle nada.

—¿Qué opinas de la firma, subinspectora?

—Que tenemos un asesino en serie ritual después de mucho tiempo.