El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) Más datos
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E n la oficina conjunta nos reunimos con el grupo.

—Toribio, no hace falta que preguntes a los de la compañía eléctrica…

—Ya me han contestado y…

—Sí, lo sé, que la cámara estaba jodida —digo resignado—. ¿Habéis hablado con la viuda, Julio?

—Imposible, por lo visto, está drogadísima por la crisis de ansiedad que le ha dado.

—¿Y las hijas? —pregunta Olga, y se gana mi mirada de reprobación—. ¿Qué? Fueron las últimas que lo vieron con vida.

—Son pequeñas, Olga.

—¿La mayor tiene trece o catorce años? ¿Acaso no pudieron ver algo? ¿Son ciegas?

Medito unos segundos antes de decirle lo que se merece.

—Llama a la UFAM y que te manden a alguien experto en hablar con niños, pero hay que esperar un poco para preguntarles.

—En la Unidad de la Familia están también a tope; colaboran en el caso de las dos gemelas —dice Pleite.

—Tenemos la negra, jefe —dice Toribio cuando me ve mi gesto de abatimiento—. Los de criminalística no han encontrado una mierda. Bueno, miento: media huella, pero sin marca del calzado ni nada.

—Lo sé, hijo mío, lo sé .

—¿Vamos a ir al entierro, Del Olmo? —pregunta Amaya.

—Sí, montaremos un operativo.

—¡Toma!, ¿y eso? —pregunta Toribio.

—Pues porque tiene cariz de asesinato ritual, porque parece un asesino en serie y ya sabemos más o menos cuánto le gusta a esta gente el protagonismo.

—¿Y a Porta no lo entierran? —pregunta Insausti.

—Porta sigue en el depósito por si hay que volver a abrirlo. De Pereira no podemos sacar nada más.

—No hará falta ni incinerarlo. —Insausti mete la pata con el comentario.

—No jodas, Sergio; ahórrate el humor negro. No hace ni puta gracia —Amaya se me adelanta a la bronca que le iba a echar. El oficial levanta las manos, y pide perdón.

—Jefe, ya hemos intervenido el teléfono a Suchowolski —me comunica Pleite—. Si quieres, me encargo de la escucha.

—Gracias, Julio, te lo agradezco.

—Cuando terminemos con el entierro, tenemos que volver a hablar con los Ortiz-Melgar. Toribio, llámalos para ver si podemos acercarnos mañana. Amaya, ¿me puedes pedir grabaciones de las cámaras de donde desapareció, algún banco o algo cercano al colegio de los hijos?

—Claro, jefe. Una cosa: ¿y el coche?

—¿Qué coche?, ¿el de Pereira?

—Sí, ¿dónde está?

—Pues en algún barranco ardiendo o en un despiece de coches —contesto.

—Ya he cursado orden para ver si los de tráfico lo encuentran por la matrícula —dice Olga.

—Gracias, será complicado, pero habría que mirar más cámaras de los alrededores. Subinspectora, ¿te importa añadir a la pizarra el nombre de Fortunato Pereira, por favor?

Ella se acerca a paso lento, y observo sus piernas de exjugadora de voleibol, pero no me fijo en su culo, sino en la foto de la cara de Fortunato Pereira, que sitúa a la derecha de la de Armando Porta.

Debajo de Pereira coloca otra foto, muy parecida a la que cuelga debajo de Porta: el círculo incompleto, la firma del que los ha mandado al otro mundo.