El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) ¿Asesino serial?
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¿Asesino serial?

U n asesino serial.

Todo apunta a ello. Pero tenemos que seguir con el pico y pala habituales de nuestra brigada.

Investigar a los más próximos a las víctimas: familia, amigos y empleados.

Pero con mucha cautela porque todavía, y hasta nuevo aviso, impera la ley de silencio en el caso.

Por ello, mientras el equipo habla con los familiares y empleados más afines, Olga y yo nos reunimos con el inspector Cecilio Ávila, jefe del grupo de secuestros, alguien del que sabemos que no filtrará nada.

—Con este no te ha dado tiempo ni a maniobrar —digo.

—Si es que la mujer no había denunciado, porque se iba de viaje después de dejar a las niñas en el instituto. Por lo visto era algo habitual. Ha sido todo rapidísimo —contesta el inspector, cariacontecido.

Ávila es un tío de mi edad: más cerca de los cincuenta que de los cuarenta.

Pero, debido a la naturaleza de su trabajo, está en forma.

No es un tío guapo; yo no lo considero así, ni por cómo lo miran mis compañeras tampoco.

Es cierto que tiene algo en sus ojos que llama la atención.

Y pelo, mucho pelo. No es por esto, faltaría más, por lo que estamos distantes, sino porque hemos chocado en más de una investigación en la que él quería a toda costa buscar a una persona viva, pero yo estaba convencido de que debíamos buscar a una persona muerta. Y el enfoque es muy distinto.

—¿Cómo es que no sacaste nada de las cámaras de seguridad de la Casa de Campo? —pregunto.

—Porque las dos más próximas a la zona de la desaparición no funcionaban

—Espera, ¿qué dos? —dice Olga.

—La de la subestación eléctrica llevaba rota un mes; en la compañía me dijeron que era algo más que normal. Y la otra es la de la Torre del Guarda Forestal. Empañadísima por cómo amaneció el día. Se ve algo de movimiento que parece del propio Porta con los guardaespaldas, pero nada más

—He mandado a un agente a que pregunte a la empresa eléctrica.

—Ya preguntamos, Del Olmo, hombre, y nos dieron largas. Pasan de la cámara porque consideran que aquella subestación no tiene mucho valor. Por lo visto, si hay algún problema se puede derivar fácilmente la energía de otra cercana.

—¿Y por dónde lo sacaron de la Casa de Campo? —pregunta Olga para evitar mi reproche.

—Vamos a ver, subinspectora. Tenéis todo apuntado en el informe. Cuando te lo mandé no pusiste ninguna objeción. ¿Qué pasa ahora? —protesta Ávila, y me hace perder la paciencia.

—Pasa que tenemos a un tío carbonizado como un vampiro al mediodía —replico—.

Que esto tiene pinta de haberse hecho por más de una persona o incluso un grupo.

Que, aunque estemos investigando a familia y a allegados, lo hacemos por puro protocolo.

Y yo tengo que ceñirme a ese protocolo porque tenemos las putas manos atadas.

No necesito leer un puto informe en una pantalla de ordenador: necesito que el gran inspector Ávila, de Secuestros y Extorsiones, me aporte algo.

Ávila se queda callado unos segundos; al principio me aguanta la mirada, pero después la baja, y resopla. Se levanta.

—Del Olmo, no me hagas la pelota —se queja—.

Con el mayor operativo que yo he visto en mi vida, no conseguimos nada.

Se lo tuvieron que llevar por alguna de las salidas de la Casa de Campo.

Fuimos capaces de sacar algunas huellas de la zona, y nos indican que lo obligaron a caminar hasta la zona de la subestación eléctrica y suponemos que allí lo subieron a un vehículo.

—Solo las huellas de Porta. ¿Cómo es que no hay de nadie más? —pregunto.

—Sacamos alguna otra huella, pero sin marcas claras de pisada.  Como si llevara algo en el zapato para no dejar rastro de las muescas de la suela, ni de la marca del zapato, ni siquiera el número. Te lo puse en el informe.

—La conciencia forense de esta gente me asusta.

Ávila no dice nada, y prosigue:

—Como te iba diciendo, suponemos lo del coche porque las huellas desaparecen, pero no hay una puta marca de neumáticos.

Sí, tienen una conciencia sobre lo que hacemos que me da que pensar que lo mismo es alguien del Cuerpo —Olga abre los ojos—.

Entiendo que después salieron a la M-30 y se mezclaron con el tráfico.

Peinamos las cámaras, más de diez agentes durante doce horas, pero había muchísimo tráfico y poca visibilidad por una leve niebla.

No sacamos nada. Si hubieran funcionado la de la subestación eléctrica o la otra…

quizá. Quien lo haya hecho ha tenido suerte.

Olga mueve los labios, como si pensara que aquello es demasiada suerte.

—Gracias, Cecilio. —Me despido de él.

Ávila se marcha cabizbajo y mosqueado, como lo estoy yo. Olga, en cambio, teclea en el móvil.

—Vamos a ver al equipo.