El fuego
Apuntes, teorías y suposiciones no oficiales de Del Olmo y Saavedra sobre el asesinato de Armando Porta Atilio Pereira.
P ereira era un tipo poco agraciado. Tanto que mucha gente afirmaba lo típico de que su mujer se había casado con él por el dinero. Ser feo no es algo malo; ser poco precavido, sí. Y lo raptaron de forma demasiado fácil.
Llevaba escolta en escasas ocasiones y le gustaba acompañar al instituto a sus dos niñas, que ya tienen doce y catorce años, y de niñas les queda poco.
Quizá por eso le gustaba apurar sus últimos días de lo que consideraba su infancia antes de que tuvieran otras prioridades.
Y las llevaba a un instituto público, porque Pereira, además de feo, había nacido pobre.
Del tipo pobre que se convirtió en rico y se dijo a sí mismo que no perdería sus valores de origen humilde.
Por eso no entendió que, después de haber dejado a sus hijas en el instituto, y justo antes de montarse en su Volvo híbrido aparcado en el garaje subterráneo de su urbanización, alguien le golpeara la cabeza y se lo llevara amordazado.
Por ese origen humilde no entendió que alguien le golpeara las piernas con saña para sacarle información.
—¡Yo te pago lo que quieras, lo arreglo ahora mismo si me das un móvil, pero no me pegues más!, ¡no puedo más, por favor! —suplicó.
Las súplicas no causaron ningún efecto en su captor, que le dio un bofetón en la cara. Dos bofetones, tres, cuatro. De esos tortazos que pican y suenan. Y, en la cochambrosa nave donde estaban, el sonido de los golpes reverberaba y multiplicaba su volumen .
¿Quién era Fortunato Pereira?
Hijo de inmigrante portugués. Su padre se casó con una burguesa venida a menos que renegaba de su familia, pero que no renegaba de la renta que le pasaban a escondidas sus dos hermanos.
Estas rentas de su mujer permitieron a Pereira padre fundar una pequeña empresa de muebles.
Pereira hijo convirtió esta pequeña empresa en una grande.
La número tres a nivel nacional y con visos de convertirse en la primera después de haber copiado el modelo nórdico de muebles automontables.
Se adelantó en el ámbito online, y se convirtió en la que más facturaba en venta por internet en su sector.
El captor torturó a Fortunato a base de bofetones, como si esos guantazos estuvieran clavados en su memoria, como si alguien en el pasado lo hubiera torturado así.
Aguantó dos días, pero finalmente no pudo más: cedió y le dio la información que el secuestrador buscaba.
La amenaza clara del captor hacia sus hijas lo doblegó.
Pereira no pudo llamar a sus escoltas ocasionales para que las protegieran.
Ni su mujer podría pagarles después de que él apareciera muerto.
Porque, a pesar de haber cedido y cantado la información, se dio cuenta de que iba a morir.
Lo único que esperaba era no sufrir mucho.
Algo complicado, porque el chasquido de un mechero, si uno está amordazado, no augura nada bueno.
El captor mostró a Fortunato un mueble metálico de tamaño considerable con una trampilla cuadrada en el centro.
Por ahí era difícil que cupiera un cuerpo humano, así que se imaginó que lo iba a trocear.
Dolería, pero moriría desangrado en poco tiempo.
Cuando el captor abrió la trampilla, tiró de la puerta y se deslizó una especie de camilla como las que hacen resonancias magnéticas, el mechero volvió a la mente de Fortunato, que se temió lo peor.
Encima de esa camilla deslizante sí que cabía un cuerpo humano, además, él no era demasiado grande.
El agresor sabía que, por las buenas, Pereira no se iba a subir al horno, así que le atizó varios puñetazos con saña en la boca del estómago hasta el punto de hacerlo vomitar.
Después lo golpeó en la parte posterior del cráneo con la ayuda de un trozo de madera plano y no incisivo.
No quería matarlo a golpes, sino solo dejarlo atontado para meterlo en la pira.
No sin un considerable esfuerzo pudo sacar su cabeza por la trampilla y dejarla colgando; de esta forma cuando deslizara la camilla hacia el interior del horno, la cabeza estaría fuera del horno y de lo peor del alcance de las llamas.
Cuando lo consiguió echó varios kilos de pélets de los buenos, que cayeron sobre el cuerpo amodorrado de Pereira.
Después vertió una garrafa de gasolina de la barata que se mezcló con los pélets y con la carne de Fortunato.
El empresario se espabiló un poco y quiso gritar, pero la mordaza de su boca no se lo permitió.
El olor de la gasolina se te mete tan adentro que desespera a todo aquel que lo siente sobre su propia carne.
Antes de prender fuego a la macabra pira, el agresor se acercó a Pereira, sacó una especie de lupa de un bolsillo y del otro una especie de linterna.
Apuntó a la frente del empresario que no entendía nada de lo que estaba haciendo.
Quizá pensó que todo había sido una advertencia, una amenaza por su comportamiento empresarial en los últimos tiempos.
Cuando el agresor dio por terminada su obra, untó la cara y cuello de Fortunato con un extraño líquido que resultó ser un producto ignífugo industrial y que Fortunato tuvo la mala suerte de saborear.
También le puso un collarín de un material resistente a las altas temperaturas.
Una vez preparado todo, encendió el mechero y lo acercó a la mecha de tela impregnada en gasolina barata que llegaba al interior de ese horno que en el pasado había dado despedida a cientos de animales.
Y es que Fortunato murió como un animal.
La muerte del empresario no fue rápida. Primero, los pélets quemaron su ropa, después, su piel y, para finalizar, el aumento de la temperatura quemó sus órganos. No tuvo la suerte de que su corazón dijera basta antes de que su hígado se cociera.
Antes de morir escuchó una conocidísima canción, y creyó ver a sus hijas; sin embargo, aquello era una imagen de sus niñas en la pantalla de su propio móvil, donde se reproducía dicha canción, y que el captor le mostró en un último acto de crueldad.